Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando Liyeth, una guerrera angelical quebrada por la culpa, se arroja desde el cielo para morir, su caída incendia la ciudad… y la vida de Jaik. Herida, humana y peligrosa, descubre que en la tierra no solo la persiguen los demonios, sino también emociones prohibidas: deseo, venganza y un amor que podría condenarla. Entre la luz que abandonó y la oscuridad que la reclama, Liyeth deberá elegir si su corazón pertenece al hombre que la hizo despertar… o el infierno que quiere poseerla. Un ángel caído. Un humano marcado. Un vínculo tan ardiente como mortal.
Ler maisCada día me resulta más difícil cuidar de Kimy. Tiene apenas 18 años, es tímido, introvertido y posee una mirada dulce que me recuerda a un gato rescatado. Como su protectora, comienzo a sentir el peso del agotamiento. Otra noche más en la que los demonios lo rodean —a veces veinte a la vez—, y mi espada ya muestra desgaste por intentar mantenerlos alejados. Sus ojos lucen tristes y llenos de dolor; la ausencia de su madre, Mayeth Sun, lo consume lentamente. Ahora camina con un cigarrillo en una mano y una botella de brandy en la otra. Ya lo he salvado de un accidente, de una caída al vacío y de un demonio clase IV que esperaba beber su sangre justo en el instante de su muerte. Si tan solo pudiera verme… si pudiera saber que estoy aquí.
Soy Liyeth, guerrera celestial de rango 1°. Kimy es mi primer humano asignado, el premio después de tantas batallas y de haber ganado mis alas. Todo mi propósito se reduce a él. Mis superiores advirtieron que su futuro sería complejo, demasiado para una guerrera novata. ¿Qué tan difícil podría ser?, pensé entonces. Me aferré a la esperanza, decidida a ayudarlo con cada fragmento de mi existencia. Hoy logré alejarlo de un humano al que él llama Luck Simons, un ser rodeado por demonios clase II que lo inducen a perder el control y arrastran a Kimy a beber y drogarse más de lo que su frágil cuerpo puede soportar. Kimy está tan débil que, algunas veces, tengo que inducirle sueño con mi encanto angelical. Si mis superiores lo descubrieran, me desterrarían de su lado. Pero no puedo permitir que sufra tanto. Cuando duerme, parece en paz… parece entero, como si su alma no estuviera rota. Para mí, sigue siendo mi pequeño: un joven de mirada curiosa y espíritu que alguna vez fue luminoso. Hoy es un día difícil para ambos. Se cumple un año desde la muerte de Mayeth. Kimy aún duerme bajo el efecto de mi encanto celestial. Su teléfono suena; él se incorpora sobresaltado, mira el calendario… y rompe en llanto. La devastación que siento es casi física. Quisiera tomar forma humana y abrazarlo, pero está prohibido. Si descendiera en un cuerpo mortal, moriría. Hace mil años, un guerrero lo intentó y jamás se supo qué ocurrió con él. Ese guerrero era mi abuelo, Dorht, quien mató a una legión de demonios clase V para salvar a toda una población humana. Saco de mi mente ese recuerdo y vuelvo la vista hacia Kimy. Ha salido de la ducha; está vestido y afeitado. Habían pasado días sin hacerlo, entendible ante la profundidad de su depresión. Sonrío con tristeza al verlo frente al espejo, ensayando unas palabras para decirlas en la ceremonia. Siempre ha dicho que no cree en nada que no pueda tocar; confía más en la ciencia que en la espiritualidad. Miles de veces suplicó que su madre no muriera. Nadie le respondió… o al menos eso cree. Lo que Kimy desconoce es que sus oraciones retumbaban en el cielo, inquietando al Ser Superior. Pero el destino de Mayeth estaba sellado. Ella hizo un pacto con un demonio clase V para concebir un hijo, y el precio fue su vida. Dieciocho años junto a él… ni un día más. Cuando el tiempo se cumplió, el espectro del mal subió a la corte celestial, reclamando lo que le pertenecía. Estábamos presentes todos: santísimos, guerreros, guardianes. No pudimos romper el pacto; estaba sellado con sangre, palabra y voluntad. Fue desgarrador escuchar al ser infernal declarar, con deleite: —Agradezco al cielo su cooperación con mis deseos. Y así terminó la audiencia, dejándonos un sabor amargo imposible de olvidar. En la ceremonia luctuosa solo se encontraban su padre y algunos allegados. Lein, un hombre severo y enigmático, amaba a su hijo, pero no sabía cómo ayudarlo. No podía ver el abismo en el que Kimy se hundía. La ambición lo había cegado: él fue el beneficiario del jugoso seguro de vida tras la muerte de Mayeth, un hecho que su hijo desconocía por completo. Kimy entró al salón, saludó mecánicamente a los presentes. Los odiaba en secreto a todos, especialmente a su padre. Estaba a punto de iniciar su discurso cuando un nuevo invitado cruzó la puerta sin previo aviso, provocando un murmullo de inquietud entre los presentes. Mi instinto se activó al instante. ¿Quién es ese hombre que llegó sin invitación?Horas después del encuentro, cuando el Príncipe creía que ella dormía, Liyeth se levantó en silencio. El vientre le quemaba, no con dolor, sino con una pulsación rítmica, como si un segundo corazón estuviera intentando sincronizarse con el suyo. Se deslizó hasta el baño y, bajo la luz mortecina de la luna, se despojó de la camisa de seda. Allí estaba. Justo encima de su vientre, la marca ya no era roja; ahora era un trazo de un negro tan profundo que parecía absorber la luz de la habitación. No eran simples cicatrices, eran runas , el lenguaje prohibido de los Caídos. Aunque Liyeth nunca había estudiado lo oculto, su sangre de ángel reconoció la blasfemia. La marca se dividía en tres verdades aterradoras que empezaron a grabarse en su mente como susurros de ultratumba: El sello de posesión de Aztharoth: El trazo superior, que rodeaba su ombligo como una corona de espinas, significaba que su alma ya no pertenecía al Reino de la Luz. Ella había sido reclamada. Para el Infierno,
La oscuridad de la habitación no era un vacío, sino una presencia que pulsaba al ritmo de sus respiraciones. Cuando Jaik —o la entidad que habitaba su envase— deslizó sus dedos sobre la espalda de Liyeth, no solo estaba tocando piel; estaba recorriendo los mapas de un cielo que él había perdido hace eones. Para él, cada roce era una contradicción violenta. Al presionar sus labios contra la curva de su hombro, sentía el sabor de la luz, una esencia de jazmín y divinidad que debería repelerlo, pero que lo encadenaba con más fuerza que cualquier grillete del abismo. Tocar el cuerpo de Liyeth era como sostener una llama blanca entre las manos: le quemaba la sombra, le recordaba su propia caída, y aun así, no podía soltarla. En su mente, el Príncipe libraba una guerra. «Es solo un instrumento para el heredero», se decía una parte de su conciencia fría y milenaria. Pero otra parte, una más oscura y posesiva, rugía en silencio al sentir el alma de ella. El alma de Liyeth no era una prop
El alba comenzó a teñir la habitación con hilos de una luz pálida que el Príncipe del Infierno detestaba. Para él, la luz siempre había sido una intrusa era apenas soportable por estar en el cuerpo humano de Jaik. Sin embargo, mientras observaba el cuerpo de Liyeth envuelto en las sábanas, esa misma claridad le permitía ver lo que tanto ansiaba: la pureza que estaba profanando y, al mismo tiempo, adorando. Habitar el cuerpo de Jaik era una tarea mundana, casi claustrofóbica para una entidad de su magnitud ya eran dos seres independientes, desde que el altísimo lo encerró y fueron separados, tenia el control porque él es un ser poderoso, aunque se encontraba, en el infierno podía controlar la voluntad y el cuerpo de Jaik. De esa manera, Liyeth lo hacía soportable. Ella era un ancla de fuego en su océano de vacío. El deseo y la necesidad No era solo la misión. Sí, el Infierno exigía un vástago; un puente entre los dos mundos, una criatura con la fuerza del abismo y la gracia del ci
En el cielo: Un plan se llevó a cabo bajo las manos de regentes radicales... El Infierno no tembló cuando el Príncipe volvió. Se abrió ante él como un cuerpo que reconoce a su dueño, aunque estuviera herido. La huida había sido silenciosa, casi indecente. No por miedo. Por traición. El portal se cerró detrás de él con un susurro de luz celestial extinguiéndose, y durante un instante, el Príncipe sonrió. No era una sonrisa de victoria, sino de comprensión amarga. —Siempre es uno de ustedes —murmuró. El regente celestial no lo siguió. No habría testigos. Solo la deuda sellada en silencio: un favor entregado no por misericordia, sino por cálculo. El Cielo no quería a Jaik destruido… lo quería definido. El Príncipe avanzó por los corredores infernales, y cada paso devolvía algo que había perdido. No su poder completo. No aún. Jaik había sido más que un recipiente. Había sido un fragmento. Un ancla. —Te crees libre —susurró, cerrando los ojos—. Pero sigues soñan
El cielo se nubló de repente. No fue un fenómeno natural. Fue una advertencia. La luz comenzó a espesarse, a perder transparencia, como si el firmamento estuviera cerrando los ojos ante lo que estaba a punto de ocurrir. En la mente de Liyeth solo quedó un torbellino de preguntas, todas clavándose a la vez: ¿Cómo puedo llegar a Jaik? ¿Cómo puedo evadir al Cielo sin provocar una guerra abierta? ¿Qué parte de Jaik será la que sobreviva… cuando todo termine? Las ideas se atropellaban unas a otras, enredadas entre el deber que aún pesaba sobre sus alas y el impulso que siempre la había llevado a desobedecer. El hacer y el obedecer chocaban con violencia dentro de ella. Porque, aunque ahora lo entendía, aunque su poder había despertado, una culpa seguía respirando en su pecho. Nada de esto habría llegado tan lejos… si ella no hubiera elegido sentir. El recuerdo del santuario regresó, nítido, sin juicio. El instante en que su luz no se apartó. El momento en que supo que
A las afueras del jardín del Edén:Liyeth sintió el quiebre antes de verlo.No fue una imagen.Fue una intrusión.El vínculo, que hasta entonces había vibrado como un canal estable, se tensó de forma antinatural, como si algo lo recorriera en sentido contrario. Liyeth se detuvo en el aire, con las alas extendidas, mientras la luz a su alrededor temblaba sin desobedecerla.Jaik.La sensación no era dolor. Era más precisa que eso.Alguien lo estaba tocando.Cerró los ojos y dejó que su conciencia descendiera por el vínculo, no como antes —cuando se encontraban—, sino como quien sigue una grieta recién abierta.Y entonces lo sintió.No a Jaik primero.Al otro.Una presencia conocida por la forma en que la luz se replegaba a su paso. Antiguo. Calculado. Íntimamente consciente de los bordes entre deseo y voluntad.—Príncipe… —susurró, con una mezcla de reconocimiento y rabia.El vínculo reaccionó al nombre.La imagen se formó sin permiso.Jaik, respirando con dificultad. Su esencia abierta
Último capítulo