Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Liyeth, una guerrera angelical quebrada por la culpa, se arroja desde el cielo para morir, su caída incendia la ciudad… y la vida de Jaik. Herida, humana y peligrosa, descubre que en la tierra no solo la persiguen los demonios, sino también emociones prohibidas: deseo, venganza y un amor que podría condenarla. Entre la luz que abandonó y la oscuridad que la reclama, Liyeth deberá elegir si su corazón pertenece al hombre que la hizo despertar… o el infierno que quiere poseerla. Un ángel caído. Un humano marcado. Un vínculo tan ardiente como mortal.
Leer másA las afueras del jardín del Edén:Liyeth sintió el quiebre antes de verlo.No fue una imagen.Fue una intrusión.El vínculo, que hasta entonces había vibrado como un canal estable, se tensó de forma antinatural, como si algo lo recorriera en sentido contrario. Liyeth se detuvo en el aire, con las alas extendidas, mientras la luz a su alrededor temblaba sin desobedecerla.Jaik.La sensación no era dolor. Era más precisa que eso.Alguien lo estaba tocando.Cerró los ojos y dejó que su conciencia descendiera por el vínculo, no como antes —cuando se encontraban—, sino como quien sigue una grieta recién abierta.Y entonces lo sintió.No a Jaik primero.Al otro.Una presencia conocida por la forma en que la luz se replegaba a su paso. Antiguo. Calculado. Íntimamente consciente de los bordes entre deseo y voluntad.—Príncipe… —susurró, con una mezcla de reconocimiento y rabia.El vínculo reaccionó al nombre.La imagen se formó sin permiso.Jaik, respirando con dificultad. Su esencia abierta
El vínculo se estremeció. No como un llamado… sino como una respuesta. Jaik cayó en el sueño sin transición, como si alguien hubiera retirado el suelo bajo sus pies. No hubo oscuridad. Hubo descenso. Despertó —si eso podía llamarse despertar— en un espacio que no reconocía, pero que su cuerpo aceptó con una inquietante familiaridad. El aire era tibio, cargado de un aroma metálico y dulce a la vez. El suelo reflejaba una luz rojiza, pulsante, como un corazón expuesto. —No te resistas —dijo una voz. Jaik giró bruscamente. El Príncipe del Infierno estaba allí. No encadenado. No encerrado. Libre en la forma que adoptan las pesadillas cuando son invitadas. Su presencia no era violenta. Era cercana. Demasiado. Como si hubiera aprendido la distancia exacta para no activar defensas. —Esto no es real —dijo Jaik, retrocediendo. El Príncipe sonrió apenas. —Todo lo que te cambia es real. Con un gesto lento, el entorno se transformó. El Jardín del Edén apareció ante
En el cielo: La prisión celestial no castigaba con dolor. Castigaba con recuerdo. Cada sello suspendido en la cámara estaba diseñado para mantener viva la memoria de lo que había sido tocado… y de lo que ya no debía repetirse. Símbolos antiguos giraban lentamente alrededor del círculo de contención, inscripciones de obediencia grabadas con luz absoluta. Pero el Príncipe del Infierno no parecía afectado. Caminaba dentro del confinamiento como quien recorre un lugar familiar, con la calma de quien sabe que ninguna jaula es eterna. Cuando los regentes radicales cruzaron los umbrales de luz, él ya los esperaba. —No necesitan explicar por qué están aquí —dijo con voz serena—. El cielo solo viene a mí cuando algo ha dejado de obedecerles. El líder avanzó un paso, rígido. —Queremos una alianza. El Príncipe sonrió, lento. —Claro que sí. Se acercó a los sellos y la luz se tensó, reaccionando a su cercanía. —Yo estuve allí —continuó—. En el santuario. No como observador
El cielo no estaba en calma. Aunque brillaba. Una reunión secreta se llevaba a cabo por los recientes acontecimientos, todo dentro de lo perfecto tenía una mancha, un desvío, una abdominación. En lo más alto del firmamento, donde la luz no consuela sino que vigila, los Regentes Celestiales se reunieron lejos del Jardín, lejos del oído del Altísimo. No todos eran rebeldes, pero todos estaban inquietos. Y eso bastaba. Sus armaduras blancas reflejaban una luz dura, sin calidez. No tenían alas visibles; las habían retraído como símbolo de control. Allí no se mostraba devoción, solo autoridad. —El Tribunal fue humillado —dijo uno de ellos, con voz afilada—. Nunca había ocurrido. El todopoderoso siempre a respaldado nuestras decisiones... —Fue corregido —respondió otro, aunque su tono carecía de convicción. El líder de los regentes radicales avanzó un paso. Su presencia no imponía amor ni respeto. Solo orden, frialdad y algo de cinismo. —No —dijo—. Fue desautorizado. Y eso cambi
Jaik:De un momento a otro solo supe que, de pronto, volví a respirar.El primer aliento fue brutal, como si el mundo me entrara a la fuerza en los pulmones. Caí al suelo del santuario destruido, tosiendo, con el cuerpo convulsionando mientras la realidad se recomponía a su alrededor. No hubo luz. No hubo voz. Solo el golpe seco de estar otra vez encarnado.Había estado en la nada.Un lugar sin tiempo, sin forma, sin arriba ni abajo. Allí no existía el dolor… ni el alivio. Solo una conciencia suspendida, sostenida por algo que se negaba a soltarlo.El vínculo.Fue eso lo que me trajo de regreso. Rode sobre mi espalda y mire el techo derrumbado del santuario. Sus manos temblaban. Su pecho ardía, no como herida, sino como si algo latiera más profundo que su corazón.—Liyeth… —susurró, sin saber si ella podía oírlo.La marca respondió.No con palabras, sino con una presión constante, firme, como una mano invisible anclándolo al mundo. Comprendió entonces que no había vuelto intacto.H
Liyeth:El Jardín del Edén no era paz.Era contención.Liyeth caminaba entre árboles imposibles cuyos frutos brillaban con luz propia. Cada hoja parecía observarla. El aire era perfecto… demasiado. No había viento sin propósito ni silencio sin intención.Había sido salvada.Pero no perdonada.Sus alas estaban intactas, restauradas con una luz más profunda, más antigua. Sin embargo, cuando intentaba elevarse, algo invisible la retenía. No cadenas. Conciencia.El cielo no le hablaba.Y eso era peor que un castigo.—Has sido preservada —dijo una voz etérea desde la distancia—, no restituida.Liyeth no respondió. Ya lo sabía.El Edén no era refugio.Era antesala.Entonces, el jardín cambió.La luz se volvió más densa. Las sombras se alargaron en direcciones imposibles. El agua de los ríos se detuvo como si el tiempo contuviera la respiración.Y Él estuvo allí.No descendió.No apareció.Simplemente… siempre había estado.Liyeth cayó de rodillas sin que nadie se lo ordenara. Su cuerpo reac
Último capítulo