A las afueras del jardín del Edén:
Liyeth sintió el quiebre antes de verlo.
No fue una imagen.
Fue una intrusión.
El vínculo, que hasta entonces había vibrado como un canal estable, se tensó de forma antinatural, como si algo lo recorriera en sentido contrario. Liyeth se detuvo en el aire, con las alas extendidas, mientras la luz a su alrededor temblaba sin desobedecerla.
Jaik.
La sensación no era dolor. Era más precisa que eso.
Alguien lo estaba tocando.
Cerró los ojos y dejó que su conciencia descendiera por el vínculo, no como antes —cuando se encontraban—, sino como quien sigue una grieta recién abierta.
Y entonces lo sintió.
No a Jaik primero.
Al otro.
Una presencia conocida por la forma en que la luz se replegaba a su paso. Antiguo. Calculado. Íntimamente consciente de los bordes entre deseo y voluntad.
—Príncipe… —susurró, con una mezcla de reconocimiento y rabia.
El vínculo reaccionó al nombre.
La imagen se formó sin permiso.
Jaik, respirando con dificultad. Su esencia abierta