El alba comenzó a teñir la habitación con hilos de una luz pálida que el Príncipe del Infierno detestaba. Para él, la luz siempre había sido una intrusa era apenas soportable por estar en el cuerpo humano de Jaik. Sin embargo, mientras observaba el cuerpo de Liyeth envuelto en las sábanas, esa misma claridad le permitía ver lo que tanto ansiaba: la pureza que estaba profanando y, al mismo tiempo, adorando.
Habitar el cuerpo de Jaik era una tarea mundana, casi claustrofóbica para una entidad