Entre sueños oigo la voz de un hombre. No siento nada, no hay dolor físico, —eso es lo que creo—. Lo último que recuerdo antes de precipitarme al suelo es el rostro de un humano. Parecía asustado y temeroso al verme caer de una manera tan estrepitosa. Corrió a ver qué había pasado; allí vi su rostro preocupado, sus ojos dóciles, su quijada temblando con el asombro de ver tanta sangre —supongo, quizá también por ver a un ser divino—. Su expresión de compasión al ver mi aflicción me conmovió a ta