Horas después del encuentro, cuando el Príncipe creía que ella dormía, Liyeth se levantó en silencio. El vientre le quemaba, no con dolor, sino con una pulsación rítmica, como si un segundo corazón estuviera intentando sincronizarse con el suyo. Se deslizó hasta el baño y, bajo la luz mortecina de la luna, se despojó de la camisa de seda.
Allí estaba. Justo encima de su vientre, la marca ya no era roja; ahora era un trazo de un negro tan profundo que parecía absorber la luz de la habitación.