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Cada día me resulta más difícil cuidar de Kimy. Tiene apenas 18 años, es tímido, introvertido y posee una mirada dulce que me recuerda a un gato rescatado. Como su protectora, comienzo a sentir el peso del agotamiento. Otra noche más en la que los demonios lo rodean —a veces veinte a la vez—, y mi espada ya muestra desgaste por intentar mantenerlos alejados. Sus ojos lucen tristes y llenos de dolor; la ausencia de su madre, Mayeth Sun, lo consume lentamente. Ahora camina con un cigarrillo en una mano y una botella de brandy en la otra. Ya lo he salvado de un accidente, de una caída al vacío y de un demonio clase IV que esperaba beber su sangre justo en el instante de su muerte. Si tan solo pudiera verme… si pudiera saber que estoy aquí.
Soy Liyeth, guerrera celestial de rango 1°. Kimy es mi primer humano asignado, el premio después de tantas batallas y de haber ganado mis alas. Todo mi propósito se reduce a él. Mis superiores advirtieron que su futuro sería complejo, demasiado para una guerrera novata. ¿Qué tan difícil podría ser?, pensé entonces. Me aferré a la esperanza, decidida a ayudarlo con cada fragmento de mi existencia. Hoy logré alejarlo de un humano al que él llama Luck Simons, un ser rodeado por demonios clase II que lo inducen a perder el control y arrastran a Kimy a beber y drogarse más de lo que su frágil cuerpo puede soportar. Kimy está tan débil que, algunas veces, tengo que inducirle sueño con mi encanto angelical. Si mis superiores lo descubrieran, me desterrarían de su lado. Pero no puedo permitir que sufra tanto. Cuando duerme, parece en paz… parece entero, como si su alma no estuviera rota. Para mí, sigue siendo mi pequeño: un joven de mirada curiosa y espíritu que alguna vez fue luminoso. Hoy es un día difícil para ambos. Se cumple un año desde la muerte de Mayeth. Kimy aún duerme bajo el efecto de mi encanto celestial. Su teléfono suena; él se incorpora sobresaltado, mira el calendario… y rompe en llanto. La devastación que siento es casi física. Quisiera tomar forma humana y abrazarlo, pero está prohibido. Si descendiera en un cuerpo mortal, moriría. Hace mil años, un guerrero lo intentó y jamás se supo qué ocurrió con él. Ese guerrero era mi abuelo, Dorht, quien mató a una legión de demonios clase V para salvar a toda una población humana. Saco de mi mente ese recuerdo y vuelvo la vista hacia Kimy. Ha salido de la ducha; está vestido y afeitado. Habían pasado días sin hacerlo, entendible ante la profundidad de su depresión. Sonrío con tristeza al verlo frente al espejo, ensayando unas palabras para decirlas en la ceremonia. Siempre ha dicho que no cree en nada que no pueda tocar; confía más en la ciencia que en la espiritualidad. Miles de veces suplicó que su madre no muriera. Nadie le respondió… o al menos eso cree. Lo que Kimy desconoce es que sus oraciones retumbaban en el cielo, inquietando al Ser Superior. Pero el destino de Mayeth estaba sellado. Ella hizo un pacto con un demonio clase V para concebir un hijo, y el precio fue su vida. Dieciocho años junto a él… ni un día más. Cuando el tiempo se cumplió, el espectro del mal subió a la corte celestial, reclamando lo que le pertenecía. Estábamos presentes todos: santísimos, guerreros, guardianes. No pudimos romper el pacto; estaba sellado con sangre, palabra y voluntad. Fue desgarrador escuchar al ser infernal declarar, con deleite: —Agradezco al cielo su cooperación con mis deseos. Y así terminó la audiencia, dejándonos un sabor amargo imposible de olvidar. En la ceremonia luctuosa solo se encontraban su padre y algunos allegados. Lein, un hombre severo y enigmático, amaba a su hijo, pero no sabía cómo ayudarlo. No podía ver el abismo en el que Kimy se hundía. La ambición lo había cegado: él fue el beneficiario del jugoso seguro de vida tras la muerte de Mayeth, un hecho que su hijo desconocía por completo. Kimy entró al salón, saludó mecánicamente a los presentes. Los odiaba en secreto a todos, especialmente a su padre. Estaba a punto de iniciar su discurso cuando un nuevo invitado cruzó la puerta sin previo aviso, provocando un murmullo de inquietud entre los presentes. Mi instinto se activó al instante. ¿Quién es ese hombre que llegó sin invitación?






