La oscuridad de la habitación no era un vacío, sino una presencia que pulsaba al ritmo de sus respiraciones. Cuando Jaik —o la entidad que habitaba su envase— deslizó sus dedos sobre la espalda de Liyeth, no solo estaba tocando piel; estaba recorriendo los mapas de un cielo que él había perdido hace eones.
Para él, cada roce era una contradicción violenta. Al presionar sus labios contra la curva de su hombro, sentía el sabor de la luz, una esencia de jazmín y divinidad que debería repelerlo,