Mundo ficciónIniciar sesiónUn año, un anillo de mentira y una sola regla: no matarse bajo el mismo techo. Alexandra firmó el contrato matrimonial para salvar su agencia de la quiebra; Caleb, el arrogante y sarcástico CEO al que ella detesta con el alma, lo hizo para asegurar el control de su imperio familiar. Era un negocio frío y calculado, hasta que se cerraron las pesadas puertas del penthouse y comenzó la verdadera guerra. El acuerdo no advertía qué hacer cuando el mismo hombre que le amarga la existencia con su sarcasmo en el desayuno es el que, por las noches, la acorrala en la penumbra del pasillo con una mirada oscura, posesiva y hambrienta. Entre insultos ingeniosos, eventos de la alta sociedad y roces "accidentales" que incendian la piel, Alexandra está a punto de descubrir la trampa más peligrosa de su peor enemigo: Caleb la vuelve loca de día, pero está dispuesto a devorarla de noche, demostrándole que, aunque su matrimonio sea de papel, el deseo entre ellos es peligrosamente real. —«Firmaste un contrato para ser mi esposa, Alexandra» —le susurró él una noche, atrapándola contra la encimera de la cocina, su aliento rozando sus labios—. «Que te saque de quicio en las mañanas no significa que vaya a permitir que alguien más te mire en las noches. Eres mía. Y créeme, voy a encargarme de que no lo olvides.»
Leer másSi alguien me hubiera advertido que el día más feliz de mi carrera sería el prólogo de mi propia destrucción, me habría reído en su cara.
Apreté la botella de Dom Pérignon contra mi pecho, sintiendo el cristal frío a través de la tela de mi abrigo, mientras marcaba el código de seguridad de nuestro penthouse. El pequeño piloto parpadeó en verde y la puerta de roble macizo cedió con un suave clic, dándome la bienvenida al santuario que tanto me había costado construir.
Había pasado las últimas setenta y dos horas a base de café negro y pura adrenalina, cerrando el contrato más ambicioso en la historia de Vance & Rivera PR. Todo el sacrificio, los cumpleaños perdidos, y el dinero invertido en levantar la empresa por fin habían valido la pena. Ahora, no solo seríamos los reyes de las relaciones públicas, sino que por fin tendría la tranquilidad financiera para cubrir los altísimos costos de la clínica especializada donde mi madre recibía su tratamiento cardíaco.
Y en exactamente dos meses, caminaría hacia el altar para convertirme en la esposa de Mateo. Todo era perfecto.
—¡Mateo! —llamé desde el vestíbulo, pateando mis tacones a un lado con un suspiro de alivio—. ¡Lo conseguí! ¡Firmaron el acuerdo!
El silencio del inmenso apartamento fue mi única respuesta. Una quietud densa y pesada que me erizó la piel.
Fruncí el ceño. Las luces estaban apagadas. Mientras avanzaba hacia la sala, la punta de mi pie tropezó con algo suave. Bajé la vista. Era un vestido de seda roja, un charco de tela escarlata arrojado descuidadamente sobre nuestra alfombra persa. Unas bragas de encaje negro descansaban a un metro de distancia.
Mi corazón dio un salto errático. Un nudo frío se instaló en la base de mi estómago. Esa ropa no era mía.
Entonces lo escuché. El sonido húmedo de piel chocando contra piel, arrastrado, constante, seguido de un gemido agudo y obsceno que rompió la quietud de la noche. Venía del final del pasillo. De nuestra habitación.
El peso de la botella de champán en mis manos de repente se volvió insoportable. Caminé con pasos ciegos, sintiendo que el oxígeno me abandonaba. La gruesa puerta de la suite principal estaba entreabierta.
Empujé la madera con dedos temblorosos.
La luz de la luna bañaba la inmensa cama King Size, y la escena que se desarrollaba sobre nuestras sábanas fue un golpe brutal directo a mi estómago.
Mateo. Mi Mateo. El hombre que me había puesto un anillo de diamantes en el dedo, embestía con fuerza el cuerpo desnudo de otra mujer. Sus manos le apretaban las caderas con una posesividad salvaje, y la respiración ronca de él llenaba el espacio que solía ser nuestro. Las largas piernas de la mujer estaban enredadas en la cintura de mi prometido, arqueándose hacia él mientras gemía su nombre con descaro.
Pero lo que fracturó mi alma en mil pedazos irremediables no fue la imagen explícita de la traición. Fue el rostro de la mujer cuando echó la cabeza hacia atrás por el placer.
Isabella.
Mi mejor amiga. La modelo principal de nuestra agencia. La mujer a la que yo consideraba mi hermana desde la universidad, la misma que me había ayudado a elegir las flores para mi boda.
Mis manos perdieron toda su fuerza. La botella de Dom Pérignon se resbaló de mis dedos.
El cristal estalló contra el suelo de madera con un estruendo ensordecedor. El líquido dorado y las esquirlas salpicaron mis tobillos.
Mateo e Isabella se congelaron en el acto. Ella ahogó un grito, apartando a Mateo con brusquedad para tirar frenéticamente de la sábana y cubrirse los pechos desnudos. Mateo se giró despacio. Su cabello castaño estaba alborotado y su torso brillaba por el sudor.
Me quedé allí, clavada en el umbral. Mi mente esperaba el pánico en su rostro, el terror absoluto de haberme perdido. Esperaba que cayera de rodillas suplicando perdón.
Pero Mateo no hizo nada de eso.
Con una calma que me heló la sangre, se sentó en el borde de la cama, completamente desnudo. Suspiró con pesadez, pasándose una mano por el rostro, mirándome como si yo fuera una simple empleada que había interrumpido una reunión inoportuna.
—Llegaste temprano —murmuró, su voz desprovista de cualquier atisbo de arrepentimiento.
El dolor que me atravesó el pecho fue tan agudo que me robó el aire.
—Mateo... ¿qué es esto? —Mi voz salió como un hilo roto, ahogada por las lágrimas—. Isabella... ¿por qué?Isabella apartó la mirada, pero no pude pasar por alto la pequeña y cruel sonrisa de triunfo que asomó en la comisura de sus labios.
—No lo hagas dramático, Alexandra —respondió Mateo. Se puso de pie con una tranquilidad aberrante y comenzó a buscar sus pantalones—. Eres brillante para los negocios, sí. Una máquina de hacer dinero. Pero como mujer... me asfixias. Eres perfecta, inalcanzable, y me haces sentir como un maldito inútil en mi propia empresa todos los días. Castras mi autoridad con tu intelecto. Un hombre necesita a alguien que lo admire, que gima su nombre como si fuera un dios, no a un puto contador en falda que solo piensa en márgenes de ganancia.
Las palabras fueron puñaladas calculadas, diseñadas para desangrarme.
—¡Te di cinco años de mi vida! —grité, y el sonido desgarrado de mi propia voz me asustó—. ¡Construí nuestra empresa desde las cenizas para nuestro futuro! ¡Me pediste que me casara contigo!Mateo soltó una carcajada seca y abrochó su cinturón. El sonido metálico fue escalofriante.
—¿El anillo? Cariño, esa fue la mejor inversión que hice. Era la única forma de mantenerte motivada mientras levantabas la agencia por los dos. Eras mi perro de presa. Y ahora que acabas de asegurar nuestro contrato internacional... francamente, ya no te necesito.La humillación cedió paso a una furia incandescente.
—Vete al infierno —escupí, cerrando los puños hasta clavarme las uñas en las palmas—. Recoge tus cosas y lárgate de mi casa. Mañana a primera hora hablaré con mis abogados. Voy a disolver la sociedad, Mateo. Te voy a dejar en la ruina.Mateo se detuvo en seco. Ladeó la cabeza y una sonrisa oscura, absolutamente sádica, transformó sus facciones. Caminó hacia la mesa de noche, abrió el cajón y sacó una carpeta manila. Me la arrojó a los pies, sobre los cristales rotos.
—Léelo, genio de las relaciones públicas. Pecaste de algo imperdonable: confiaste en mí.
Me arrodillé con movimientos rígidos y abrí la carpeta. Las letras bailaron ante mis ojos, pero la firma al pie de la página estaba clara. Era mía. Eran los infames documentos de "reestructuración fiscal" que Mateo me había pedido firmar con urgencia hace dos semanas, alegando que él ya los había revisado.
—Traspasaste el cien por ciento de tus acciones de la agencia a mi nombre —explicó Mateo, disfrutando cada sílaba—. También me cediste los derechos de este penthouse. Y usando el poder notarial que me diste, pedí un préstamo de dos millones de dólares a tu nombre. El dinero ya está en las Islas Caimán.
Levanté la vista hacia él. El horror puro se abrió paso en mi garganta.
—¿Me has endeudado por millones?—Estás en bancarrota —sentenció, acortando la distancia hasta mirarme desde arriba—. Y antes de que pienses en ir a la policía, debes saber que vacié la cuenta conjunta. Sí, Alex. El fondo para la clínica de tu madre está en cero. El viernes la echan a la calle si no pagas la mensualidad. Y si haces un escándalo en la prensa, el banco irá tras de ti por fraude y te pudrirás en prisión mientras tu madre se muere por falta de atención médica.
Isabella se levantó de la cama, envolviendo su cuerpo desnudo en mi bata de seda blanca. Se aferró al brazo de Mateo, mirándome con frialdad.
—Toma tus cosas y vete, Alex. Estás manchando la alfombra nueva con tus lágrimas.No tengo ningún recuerdo de cómo logré salir de ese edificio.
Mi mente activó un protocolo de emergencia. Cuando volví a ser consciente de mi entorno, estaba de pie en medio de la acera, bajo una lluvia helada que había comenzado a azotar la ciudad. El agua empapaba mi abrigo y se mezclaba con mi llanto silencioso.
No tenía dinero. No tenía empresa, ni un lugar al que llamar hogar. Y lo peor de todo: la vida de mi madre acababa de ser arrojada al vacío por el hombre al que yo amaba. Mateo no solo me había roto el corazón; me había arrancado las extremidades y me había dejado sangrando para alimentar su frágil ego masculino.
Me abracé a mí misma, temblando incontrolablemente bajo la tormenta.
Pero entonces, mientras alzaba la vista hacia el cielo encapotado buscando aire, mis ojos se encontraron con la cúspide del edificio más alto y oscuro del distrito financiero. Una imponente aguja de cristal negro coronada por letras plateadas que brillaban con arrogancia en medio de la noche: NAVARRO HOLDINGS.
Caleb Navarro.
El magnate más implacable del país. Un hombre tan letal y despiadado en los negocios que la prensa lo había bautizado como "El Diablo de Wall Street". Y, sobre todo, el mayor enemigo corporativo de Mateo. Era el único hombre en la ciudad al que mi exsocio le tenía un terror genuino.
De repente, a través de la neblina del dolor y la desesperación por mi madre, una chispa de lucidez venenosa se encendió en mi mente.
Todo el mundo en la élite financiera sabía que Caleb Navarro tenía un talón de Aquiles: su estricta abuela estaba a punto de destituirlo. Necesitaba demostrar estabilidad mediante un matrimonio antes de finalizar el mes, o perdería su imperio. Él necesitaba una esposa con tanta urgencia como yo necesitaba dinero e inmunidad para salvar a mi madre y destrozar a Mateo.
El temblor de mi cuerpo se detuvo. El dolor en mi pecho se solidificó, transformándose en una armadura de hielo puro.
Mateo creía que me había dejado rota y obediente. Pero no se dio cuenta de que, al amenazar a mi madre, me había quitado el miedo a los monstruos.
Apreté los puños, ignorando la lluvia helada. Mañana por la mañana, entraría a la guarida del león y le vendería mi alma al Diablo.
Perspectiva: AlexandraEl estudio de Valerian Frost en Soho estaba bañado por la luz blanca y cruda del mediodía, filtrándose a través de los inmensos tragaluces industriales. Había huido de Westchester al amanecer, dejando atrás las sábanas frías y el eco opresivo de la sentencia de Caleb. Mi cuerpo aún temblaba por la sobreestimulación no resuelta, una herida fantasma latiendo en mi bajo vientre, y mi mente era un campo de batalla devastado.Valerian me esperaba. Llevaba unos pantalones de lino blanco manchados de pintura y el torso desnudo, su piel pálida brillando levemente por el sudor. Cuando entré, no me hizo preguntas. No me exigió respuestas ni juramentos de lealtad. Solo me miró a los ojos, vio la fractura en mi alma y me ofreció su mano.—El acero te está asfixiando, musa mía —murmuró Valerian, atrayéndome hacia el centro del estudio, donde un inmenso plástico transparente cubría el suelo de madera vieja—. Hoy no hay reglas. No hay imperios que gobernar ni dueños a los que
Perspectiva: AlexandraEl estudio de Valerian Frost en Soho no se parecía a la galería fría de los Hamptons ni a su penthouse acristalado. Este espacio, oculto en el último piso de una antigua imprenta industrial, olía a óleo, a trementina y al perfume de maderas nobles que parecía emanar del propio aristócrata. Había lienzos apoyados contra las paredes de ladrillo visto, esculturas a medio terminar bajo sábanas blancas, y un piano de cola que dominaba el centro de la estancia.Habíamos pasado la tarde hablando. No de contratos de relaciones públicas ni del Consorcio, sino de nosotros. De lo que significaba vivir constantemente bajo una armadura de hierro.Valerian me había escuchado con una atención que rozaba la devoción. Mientras hablábamos, él tocaba notas dispersas y melancólicas en el piano, creando una banda sonora para mis confesiones. No había intentado besarme. No había intentado desnudarme con las manos. En su lugar, me había desnudado emocionalmente con sus preguntas, con
Perspectiva: AlexandraLa gala de otoño en el Museo de Arte Moderno de Nueva York era un mar de diamantes, champán y sonrisas ensayadas, pero para mí, el aire era irrespirable. La fractura que se había abierto en nuestra suite la mañana anterior seguía latiendo entre Caleb y yo. Habíamos llegado juntos, impecables frente a las cámaras, pero la distancia emocional era un abismo de hielo. Caleb no me había tocado más que lo estrictamente necesario para las fotos. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos grises, oscuros y tormentosos, barrían la sala buscando amenazas externas, ignorando la que nos estaba devorando por dentro.Necesitaba aire.Me deslicé lejos del ruido, cruzando una de las galerías laterales hasta encontrar las pesadas puertas de cristal que daban a una amplia terraza privada. El aire frío de noviembre me golpeó el rostro, provocando que me estremeciera bajo mi vestido de seda negra, un diseño ajustado de corte sirena con la espalda completamente descubierta.Me acerqué a l
Perspectiva: AlexandraLa luz del sol se filtraba por las cortinas de terciopelo de nuestra suite, convirtiéndose en líneas doradas que bailaban sobre el edredón de seda. No era una luz cálida; me parecía una luz acusadora, una claridad que desnudaba todo lo que la sombra del penthouse de Valerian Frost había ocultado.Estaba sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida en el suelo de mármol. El aire en la habitación se sentía estancado, cargado con un aroma que no era el de mi propio hogar: era el recuerdo del coñac de Valerian, la seda de sus túnicas, y esa forma etérea y casi sagrada en la que sus dedos habían trazado cada nervio de mi piel. Aquel recuerdo se sentía como una mancha indeleble, una intrusión silenciosa que se negaba a abandonar mi mente.Caleb estaba detrás de mí. Sentía su mirada clavada en mi nuca como un peso físico. No se había movido en horas. Estaba sentado en la butaca de cuero del rincón, con la misma inmovilidad depredadora de la noche anterior. El
Último capítulo