Mundo ficciónIniciar sesiónEl ruido de la calle me golpeó como una pared sólida en el instante en que mis tacones tocaron la acera.
Los periodistas, que hasta ese momento se empujaban para conseguir el mejor ángulo de las celebridades de menor categoría, se detuvieron en seco cuando vieron la inconfundible silueta de Caleb Navarro descender del Bentley. Pero el verdadero caos estalló una fracción de segundo después, cuando la luz de los flashes reveló mi rostro.
—¡Es Alexandra Rivera!
—¡Señorita Rivera! ¿Es cierto lo de su colapso nervioso? —¡Caleb! ¿Qué hace el CEO de Navarro Holdings con la exsocia de Vance?Las preguntas llovían como cuchillos, superponiéndose unas a otras en un frenesí ensordecedor. El instinto me dictó retroceder hacia la seguridad del auto, pero los dedos de Caleb se entrelazaron con los míos, anclándome al asfalto. Me tiró sutilmente hacia él, pegando mi hombro a su pecho. El calor que irradiaba bajo el esmoquin fue suficiente para silenciar el pánico en mi cabeza.
Caleb levantó su mano libre con la palma extendida. Fue un gesto simple, desprovisto de esfuerzo, pero tuvo el peso de una orden ejecutiva. Los gritos cesaron de inmediato. El poder absoluto no necesitaba alzar la voz para hacerse escuchar.
—La señorita Rivera está perfectamente bien, como pueden apreciar —dijo Caleb, su voz grave resonando en el aire nocturno—. Los rumores sobre su salud son un intento patético y difamatorio por ensuciar la imagen de una mujer brillante. De hecho, no hay colapso alguno. Estamos aquí esta noche por un motivo de celebración personal.
—¿Celebración? —escupió uno de los reporteros más atrevidos desde la primera fila—. ¡Pero Mateo Vance acaba de anunciar que ella dejó la agencia!
Caleb me miró, esbozando esa media sonrisa que reservaba solo para sus peores enemigos, antes de girarse hacia las cámaras.
—Lo que hizo la señorita Rivera fue abandonar un barco que se hundía por la incompetencia ajena, para aceptar un proyecto infinitamente más grande. Mi proyecto. Ahora, si nos disculpan, los anfitriones nos esperan.
Sin permitir una sola pregunta más, Caleb guio mis pasos a través de la alfombra roja, apartando a la multitud con su mera presencia. Las cámaras nos siguieron hasta que cruzamos las puertas de cristal del hotel.
El Gran Salón del Ritz era un despliegue de lujo ostentoso, pagado hasta el último centavo con el dinero que Mateo me había robado. Candelabros de cristal, torres de champán y la élite de la ciudad congregada en pequeños grupos murmurantes.
En el centro del salón, de pie sobre una pequeña tarima junto al atril de los discursos, estaban Mateo e Isabella. Él levantaba su copa en medio de una anécdota, disfrutando de las risas de los inversores que lo rodeaban. Isabella, envuelta en un vestido blanco ceñido que parecía gritar su futuro estatus de esposa, se reía con una falsedad que ahora me resultaba dolorosamente evidente.
—Sostén tu postura —murmuró Caleb cerca de mi oído mientras avanzábamos por el salón—. No apartes la vista de él. Que vea a la parca acercarse.
A medida que caminábamos, el murmullo de las conversaciones comenzó a apagarse. Las cabezas giraban. La gente se apartaba instintivamente para dejar paso al Diablo de Wall Street y a la mujer que, según las noticias de la mañana, debería estar encerrada en una clínica de reposo.
Mateo detuvo su anécdota a la mitad. Su copa de champán se quedó congelada en el aire. La sonrisa triunfal de Isabella se desvaneció tan rápido que parecía haber sido borrada de un golpe.
Llegamos al borde de la tarima. El silencio en el salón era absoluto y asfixiante.
—Caleb... —fue Mateo el primero en recuperar el habla, aunque su voz carecía del volumen de hace unos minutos. Bajó de la tarima con pasos rígidos, intentando forzar una expresión de superioridad mientras su mirada saltaba hacia mí—. Y Alexandra. Vaya. Esta es una sorpresa genuina. No creí que estuvieras en condiciones médicas para salir de casa. Deberías estar descansando, por tu propio bien.
—Nunca he estado mejor, Mateo —respondí, mi voz helada, cortante. El vestido esmeralda me daba una postura impecable que contrastaba con su intento de menospreciarme.
Isabella apareció detrás de él, aferrándose al brazo de Mateo con fuerza. Sus ojos escrutaron la seda de mi vestido con una mezcla de celos y pánico.
—Alex, cariño... —empezó Isabella, usando ese tono meloso que antes lograba engañarme—. Todos estábamos muy preocupados por ti. No tienes por qué hacer este esfuerzo, nosotros entendemos tu situación.
La bilis me subió a la garganta.
—Aleja ese tono de lástima de mí, Isabella —la corté, fulminándola con la mirada—. Y más te vale que apartes tus manos de mi exsocio, a menos que quieras que le cuente a todos los periodistas que están en la puerta cómo conseguiste realmente tu portada en Vogue el año pasado.
Isabella palideció de golpe y retrocedió un paso, escondiéndose detrás del hombro de Mateo.
Mateo tensó la mandíbula, dándose cuenta de que su narrativa de la "mujer frágil y desequilibrada" se estaba desmoronando frente a la mitad de la élite financiera de la ciudad.
—No sé qué crees que estás haciendo aquí, Alexandra, o cómo lograste convencer al señor Navarro para que te sirviera de escolta, pero este es un evento privado de mi agencia. Te sugiero que te retires antes de que llame a seguridad.—¿Llamar a seguridad? —intervino Caleb, su tono suave pero cargado de veneno. Dejó caer su mano desde mi espalda hasta envolver posesivamente mi cintura—. Me temo que hay un error de logística, Vance. Nosotros no vinimos a celebrar tu nuevo cargo. Vinimos a evaluar a la competencia.
Mateo frunció el ceño, confundido y visiblemente sudoroso bajo las luces del salón.
—¿Competencia? Ella está en la ruina. Firmó todo. No tiene nada.—Robaste una cartera de clientes y un par de oficinas elegantes —Caleb dio un paso adelante, obligando a Mateo a retroceder para no chocar—. Pero el cerebro que los mantenía a flote me pertenece a mí ahora.
La palabra "pertenece" colgó en el aire, pesada y electrizante. Caleb bajó la voz, asegurándose de que solo Mateo y el círculo más cercano de inversores lo escucharan.
—¿De verdad creíste que dejaría que un talento como el suyo se desperdiciara, Vance? Da la casualidad de que mi holding tiene un apetito insaciable por la expansión corporativa. Disfruta de tus nuevos clientes. Escuché que la lealtad es bastante frágil cuando un tiburón más grande entra en el agua.
El color abandonó por completo el rostro de Mateo. El murmullo estalló a nuestro alrededor. Los inversores que hace unos minutos reían con él ahora lo miraban como si fuera una bomba a punto de detonar.
Caleb Navarro no estaba anunciando una filial o un plan específico que Mateo pudiera contraatacar; estaba plantando una amenaza expansiva y absoluta. Estaba anunciando que utilizaría su poder para asfixiarlo lentamente.
—Esto es ridículo. ¡Es un farol! —escupió Mateo, perdiendo la compostura.
—Brinda por tu victoria, Mateo —intervine yo, sintiendo que el aire volvía por fin a mis pulmones al ver la paranoia instalándose en sus ojos—. Celebra mientras puedas.
Me giré sin darle la oportunidad de responder. Caleb me escoltó a través del mar de rostros atónitos, abriéndonos paso hacia las inmensas puertas que daban a los balcones privados del salón.
Apenas el aire fresco de la noche nos golpeó y la pesada puerta de cristal nos separó de la multitud, el peso de lo que acababa de ocurrir me cayó encima. Las piernas me temblaron. Me apoyé contra la balaustrada de piedra, exhalando el aire que llevaba reteniendo desde que entramos.
—Sobrevivimos —murmuré, sintiendo un extraño vacío tras la descarga de adrenalina. Giré la cabeza para mirarlo. El perfil de su rostro estaba esculpido en sombras duras bajo la luz de la luna—. No le dijiste nada concreto. Solo lo dejaste con la paranoia de que vas a absorber su mercado.
—El miedo es mucho más efectivo cuando no saben por dónde vendrá el golpe —dijo Caleb, deteniéndose a mi lado y apoyando los antebrazos sobre la barandilla de piedra para mirar la ciudad—. Un enemigo paranoico comete errores. Empezará a dudar de sus propios clientes, de sus inversores... de Isabella. Lo destruiremos desde adentro hacia afuera. Lenta y metódicamente.
Tragué saliva, cautivada por la frialdad de su estrategia. Era letal. Era exactamente el socio que necesitaba.
—¿Y ahora qué? —pregunté, incapaz de alejarme del magnetismo que su presencia ejercía sobre mí.
Caleb se acercó, acortando la distancia hasta que mi espalda quedó presionada contra la barandilla. El calor de su cuerpo me envolvió, aislándome del frío nocturno. Sus ojos oscuros se clavaron en mis labios, y por un segundo su atención se desvió hacia la puerta de cristal a nuestras espaldas. Pude ver el destello de una cámara asomándose tras las cortinas del salón. Nos estaban espiando.
—Pero para que todo funcione —murmuró Caleb, devolviendo su mirada a mis ojos—, para que la junta no haga preguntas y Mateo crea que estoy absolutamente cegado por ti... necesitamos que la ilusión sea perfecta.
Mi pecho se apretó.
—¿Y cómo hacemos eso?
—Haciendo esto —susurró él.
Caleb levantó una mano, enredó sus dedos en mi cabello en la nuca y estrelló su boca contra la mía.
La orden que me había dado en el auto —"actúa como si estuvieras perdida por mí"— desapareció de mi mente. No hubo actuación en la forma en que mis manos se aferraron a las solapas de su esmoquin, ni en la manera en que sus labios devoraron los míos con una intensidad que me robó el oxígeno.
La trampa acababa de cerrarse de golpe, y yo me había dejado atrapar con los ojos bien abiertos.







