El tono de línea ocupada zumbó en mi oído durante tres segundos completos antes de que el pánico me descongelara las venas.
Dejé caer el auricular rojo sobre su base con un golpe seco. Mis manos temblaban con tal violencia que tuve que apoyarlas planas sobre el cristal del escritorio para no perder el equilibrio.
—¿Alexandra? —la voz de Arthur, que seguía en la otra línea, me trajo de vuelta a la realidad—. ¿Quién era? ¿Qué ocurre?
—Llama a Marcus —ordené, mi voz sonando irreconocible, áspera y