No estamos a salvo

El tono de línea ocupada zumbó en mi oído durante tres segundos completos antes de que el pánico me descongelara las venas.

Dejé caer el auricular rojo sobre su base con un golpe seco. Mis manos temblaban con tal violencia que tuve que apoyarlas planas sobre el cristal del escritorio para no perder el equilibrio.

—¿Alexandra? —la voz de Arthur, que seguía en la otra línea, me trajo de vuelta a la realidad—. ¿Quién era? ¿Qué ocurre?

—Llama a Marcus —ordené, mi voz sonando irreconocible, áspera y estrangulada por el terror—. Que selle la finca. Que bloquee los portones, las salidas de servicio, todo. Richard no está huyendo, Arthur. Va de camino hacia allá con Julian Thorne. Van a por mi madre.

—¡Dios santo! Llamaré a la policía local del condado y a la estatal ahora mismo...

—¡Hazlo, pero apresúralos! —grité, sintiendo que el oxígeno me faltaba—. Thorne no tiene nada que perder. Si entra a esa habitación antes que los oficiales...

—La finca está aislada, Alex. Las patrullas más cercanas tardarán al menos treinta o cuarenta minutos en llegar con este clima —la voz de Arthur destilaba pura urgencia—. Mandaré a nuestro equipo de contención.

Colgué el teléfono. Treinta minutos era una eternidad. Treinta minutos era una sentencia de muerte.

Mi mente operaba a mil por hora, dividiendo la crisis en fracciones de segundo. Tomé mi bolso, salí corriendo del despacho y crucé la zona de asistentes.

—Leo, cancela toda mi agenda. Me voy —le grité desde la puerta del ascensor, presionando el botón de llamada con desesperación.

Subí al coche blindado que me esperaba en la entrada.

—A la Clínica Santa Elena. Rápido —le ordené al chofer.

No podía ir a la finca sin Caleb. Habíamos jurado no más secretos, no más batallas en solitario. Él conocía esa maldita propiedad como la palma de su mano y necesitaba saber a qué nos enfrentábamos.

Veinte minutos después, tras sortear el denso tráfico de la ciudad, irrumpí en la habitación 402 del hospital.

Empujé la puerta de golpe.

Caleb estaba sentado en el borde de la cama, ligeramente encorvado. Un médico estaba revisando sus gruesos vendajes torácicos, explicándole algo sobre los niveles de saturación. Caleb levantó la vista al escuchar el estruendo de la puerta. Al ver mi rostro, pálido y desencajado, la expresión de fastidio que le dedicaba al médico desapareció en una fracción de segundo.

—Doctor, sálgase. Ahora —ordenó Caleb, su voz bajando a un tono que no admitía réplicas.

El médico titubeó. —Señor Navarro, aún debo administrarle...

—¡Dije que se largue! —el rugido de Caleb hizo vibrar los cristales de la habitación, seguido inmediatamente por una tos ronca y una mueca de dolor que le contrajo las facciones.

El médico asintió apresuradamente y salió casi corriendo, cerrando la puerta tras él.

Caleb intentó ponerse de pie, pero se detuvo a medio movimiento, llevándose una mano a las costillas con un gruñido ahogado. Su rostro estaba pálido, y el sudor perlaba su frente por el simple esfuerzo de moverse.

Acorté la distancia y caí de rodillas frente a él.

—Caleb... es mi madre. Richard robó los registros médicos. Él y Thorne van de camino a la finca. Me acaban de llamar. Quieren venganza. No pidieron dinero. Quieren cobrarse con sangre.

El color abandonó el rostro de Caleb. Sus ojos oscuros, que segundos atrás reflejaban preocupación por mi estado, se convirtieron en dos pozos de obsidiana, letales y vacíos de cualquier empatía corporativa.

No soltó una maldición. No golpeó la pared. La reacción fue una calma mecánica y aterradora.

Se puso de pie, apretando los dientes para no emitir ningún sonido de dolor. Caminó hacia el armario de la habitación, arrastrando ligeramente un pie, y sacó una camisa de vestir limpia. Se la puso sobre el torso vendado, haciendo una mueca visible al meter el brazo derecho. Empezó a abotonarla con movimientos rígidos.

—Caleb, apenas puedes mantenerte en pie —intenté detenerlo, acercándome a él, con las lágrimas de impotencia quemándome los ojos—. Acabas de salir de terapia intensiva. Yo iré con Marcus.

—Al diablo los médicos, al diablo mis costillas y al diablo Richard —me interrumpió, metiendo la camisa por dentro de su pantalón, respirando de forma errática—. Le di mi palabra a tu madre, Alexandra. Y te di mi palabra a ti. Nadie profana mi casa ni toca a mi familia. Vamos.

El trayecto en la SUV desde Manhattan hasta la finca fue una tortura psicológica y física de una hora.

No había helicópteros mágicos ni atajos milagrosos. Estábamos a merced del denso tráfico de salida de Nueva York. Cada semáforo en rojo era una aguja clavándose en mi pecho.

Caleb iba sentado a mi lado, aferrando mi mano con una fuerza brutal. Su otra mano descansaba firmemente sobre sus costillas. Mantenía los ojos cerrados, respirando de forma superficial para evitar el dolor agudo que cada bache del asfalto le provocaba. Podía sentir el calor de la fiebre asomando en su piel, pero su voluntad de hierro lo mantenía consciente.

—La policía del condado va en camino, pero Arthur dijo que llegarían tarde por una colisión múltiple en la autopista estatal —murmuré, sintiendo que me faltaba el aire—. Marcus ya está en el perímetro.

Caleb asintió lentamente, abriendo los ojos. Su mirada era oscura, inyectada en pura determinación.

—No necesitamos a la policía para entrar a mi propia casa.

Cuando los portones de hierro de la inmensa propiedad de los Navarro aparecieron a la vista, el cielo estaba plomizo y oscuro. La SUV no se detuvo en la entrada principal; el chofer nos llevó por un camino de grava directamente hacia el ala oeste.

Marcus nos esperaba cerca de los garajes, junto a dos hombres de seguridad, parapetados tras los vehículos.

Apenas el auto se detuvo, abrí la puerta y ayudé a Caleb a bajar. Se apoyó pesadamente en el marco de la puerta por un segundo, recuperando el aliento, antes de enderezarse por pura terquedad.

—¿Qué novedades hay? —ladró Caleb a Marcus, su voz rasposa pero autoritaria.

—Logramos asegurar el perímetro exterior, señor —dijo Marcus, mirando con evidente preocupación el estado físico de su jefe—. Las patrullas están a quince minutos. Pero Richard anuló las cerraduras magnéticas del ala médica desde el cuarto de servidores. Entraron por los túneles de mantenimiento. Thorne está atrincherado en la habitación de la señora Rosa, y Richard está bloqueando el pasillo exterior.

—¿Los médicos? —pregunté, mi voz temblando.

—Encerrados en la sala de enfermería por Thorne. Están a salvo. Pero exigen que nadie de seguridad entre, o él disparará.

Caleb asintió. Soltó la puerta del auto.

—Ustedes quédense aquí. Mantengan el bloqueo. Alexandra y yo entraremos.

—Señor Navarro, usted no está en condiciones... —intentó objetar Marcus, pero una sola mirada letal de Caleb lo silenció de inmediato.

Caminamos hacia la entrada de servicio de la casa. Apoyé mi brazo alrededor de la cintura de Caleb, sirviéndole de soporte silencioso mientras atravesábamos los inmensos salones vacíos. Cada paso que daba le costaba un esfuerzo visible.

Llegamos al inicio del largo pasillo del ala oeste.

Al fondo, frente a la puerta doble de madera maciza de la habitación donde mi madre dormía sedada, estaba Richard.

El primo de Caleb lucía patético y demacrado. Estaba sudando a mares, con el cabello pegado a la frente. Sostenía un pesado atizador de bronce de la chimenea en sus manos, aferrándolo como si fuera un escudo, pero temblaba de pies a cabeza. Al vernos aparecer al final del pasillo, dio un salto.

—¡Alto ahí! —gritó Richard, su voz aguda y rota por los nervios—. ¡No den un paso más, Caleb!

Caleb se separó de mí. Se irguió, forzando a su cuerpo herido a proyectar la misma sombra inmensa e intimidante de siempre. Caminó hacia su primo con una lentitud amenazante, sus zapatos resonando contra el suelo de mármol.

—Baja ese puto trozo de metal, Richard —dijo Caleb, su voz bajando a un susurro oscuro y vibrante—. Y apártate de la puerta.

—¡No! ¡Tú me quitaste mi lugar! —chilló Richard, alzando el atizador con manos sudorosas—. ¡Me humillaste frente a la junta! ¡Julian tiene razón... la única forma de que aprendas es quitándote lo que amas!

Caleb no se detuvo, pero tampoco se lanzó contra él. Sabía que su cuerpo no soportaría un enfrentamiento físico prolongado. Así que usó su arma más letal: su mente.

—Mírate, Richard —le espetó Caleb, deteniéndose a dos metros de él, inyectando una decepción fría y absoluta en sus palabras—. Eres un cobarde. Siempre lo fuiste. No eres un asesino. Eres un niño mimado jugando en un tablero que no entiendes.

Richard tragó saliva, sus ojos abriéndose con pánico.

—Thorne te usó para conseguir los códigos. Te usó para entrar —continuó Caleb, acorralándolo psicológicamente—. Y ahora te dejó afuera, como un puto perro guardián, bloqueando la puerta mientras él se mancha las manos. ¿Crees que Thorne te va a salvar cuando la policía irrumpa en esta finca en diez minutos? Te va a entregar a los federales como el autor intelectual. Él dirá que fue tu plan.

La verdad de las palabras de Caleb golpeó a Richard. Miró la puerta cerrada detrás de él, dándose cuenta por primera vez de la magnitud del agujero en el que había saltado.

—Yo... yo solo quería mi puesto de vuelta... —balbuceó Richard, el atizador temblando, la falsa valentía desmoronándose ante la aplastante lógica de su primo.

—Ya no hay puestos, Richard. Pero aún puedes evitar una condena por homicidio.

En un arrebato de pura adrenalina, Caleb acortó la última distancia. No intentó golpearlo. Con una fuerza nacida de la pura voluntad, agarró a Richard por el cuello de la camisa, empujándolo contra la pared de piedra con un golpe seco.

—La familia te protegió durante años —le siseó Caleb a escasos centímetros de su rostro—. Pero acabas de meter a un psicópata a la habitación de mi suegra. Desaparece de mi vista antes de que te mate yo mismo.

Caleb lo soltó. Richard, aterrado y sollozando, dejó caer el atizador de bronce y salió corriendo por el pasillo contrario, huyendo como la sabandija que era.

En el instante en que Richard desapareció, la fuerza sobrehumana que había sostenido a Caleb se esfumó.

Emitió un gemido ronco, llevándose ambas manos a las costillas, y se tambaleó. Su hombro chocó pesadamente contra la pared para no caer. Su respiración era superficial y errática.

—¡Caleb! —corrí hacia él, colocándome debajo de su brazo sano para sostener su peso, sintiendo el sudor frío que empapaba su camisa.

—Estoy... estoy bien —jadeó él, cerrando los ojos por un segundo para dominar el mareo—. Ayúdame a apartarlo de la puerta.

Con mi apoyo, Caleb empujó el cuerpo pesado de su primo y me ayudó a despejar la entrada. Miró el pomo de latón.

—Quédate detrás de mí, Alex —murmuró él.

No iba a dejarlo solo en ese estado. Entrelacé mi mano libre con la suya.

—Entramos juntos, Navarro.

Él me miró de reojo. A pesar del dolor, una chispa de oscuro orgullo brilló en sus ojos. Asintió, giró el pomo y empujó la pesada hoja de madera.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz ambarina de las lámparas de pared.

El suave y constante pitido del monitor cardíaco me indicó que mi madre seguía durmiendo, profundamente sedada bajo el efecto de los medicamentos que le habían administrado para el traslado. Ajena a la pesadilla que la rodeaba.

Y a escasos sesenta centímetros de su cama, sentado cómodamente en un sillón de lectura de terciopelo, estaba Julian Thorne.

El magnate, antes impecable, lucía desquiciado. Su ropa estaba arrugada, su cabello canoso revuelto, y sus ojos inyectados en sangre brillaban con una psicosis aterradora. Estaba sonriendo. Era una sonrisa vacía, la mueca de un hombre que había cruzado el punto de no retorno.

Giró la cabeza lentamente hacia nosotros cuando entramos.

Y apoyado casualmente sobre su rodilla derecha, sostenido por una mano firme que no temblaba en absoluto, descansaba un revólver negro, apuntando directamente hacia la cama de mi madre.

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