El eco de mis palabras flotó en el silencio de la cocina, mezclándose con la respiración pesada de Caleb.
«Estoy encantada de hacer negocios contigo, esposo.»
Caleb bajó la mirada hacia la carpeta de cuero negro, donde la tinta de mi firma aún brillaba, húmeda y definitiva, bajo las luces halógenas. Había vendido mi alma. Le había entregado el control legal de mi vida durante los próximos doce meses.
Cuando volvió a levantar los ojos hacia mí, el aire en la habitación pareció evaporarse. La más