La Línea Cruzada

El eco de mis palabras flotó en el silencio de la cocina, mezclándose con la respiración pesada de Caleb.

«Estoy encantada de hacer negocios contigo, esposo.»

Caleb bajó la mirada hacia la carpeta de cuero negro, donde la tinta de mi firma aún brillaba, húmeda y definitiva, bajo las luces halógenas. Había vendido mi alma. Le había entregado el control legal de mi vida durante los próximos doce meses.

Cuando volvió a levantar los ojos hacia mí, el aire en la habitación pareció evaporarse. La máscara del CEO frío, calculador e intocable que había mantenido durante toda la cena con su abuela se fracturó en mil pedazos. Lo que quedó al descubierto fue una versión de Caleb mucho más primaria, oscura y territorial.

—¿Negocios? —murmuró Caleb, su voz cayendo a un tono tan bajo y áspero que vibró en la base de mi estómago—. Cariño, a puerta cerrada tú y yo acabamos de dejar de ser socios.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, Caleb acortó el metro de distancia que nos separaba en una sola zancada. Sus manos, grandes y ardientes, se cerraron alrededor de mi cintura. Con un movimiento fluido y cargado de una autoridad abrumadora, me levantó del suelo y me sentó sobre la fría isla de mármol negro.

Ahogué un grito de sorpresa, mis manos volando instintivamente hacia sus hombros para mantener el equilibrio.

Caleb se abrió paso entre mis piernas, acorralándome contra el borde del mármol. Su pecho rozó el mío, atrapándome en un espacio dominado por su calor, el aroma a cedro y pura masculinidad.

—Firmaste la línea punteada, Alexandra —susurró, inclinando el rostro hasta que sus labios rozaron la curva de mi mandíbula. El contacto de su boca contra mi piel me provocó un estremecimiento tan violento que tuve que apretar los dedos contra la tela de su camisa para no caer hacia atrás—. Acabas de jurar por escrito que eres mía.

—Es un... es un acuerdo corporativo —logré articular, aunque mi voz me traicionó, saliendo como un gemido ahogado cuando él dejó un beso húmedo y lento justo debajo de mi oreja.

—Al diablo el corporativismo —gruñó él contra mi piel. Sus manos descendieron por mis muslos, acariciando la seda negra de mi vestido, trazando el camino hacia arriba con una lentitud agónica—. Ya no hay abuelas vigilando. No hay cámaras, ni juntas directivas, ni reglas. Y, definitivamente, se acabó la maldita línea imaginaria en mi cama.

Levanté el rostro, buscando sus ojos. Estaban oscuros, febriles, consumidos por un deseo que evidentemente ya no estaba dispuesto a reprimir.

—Si la cruzas... —empecé a decir, mi lado racional luchando una batalla perdida contra la electricidad que recorría mis venas.

—La voy a cruzar, Alex —me interrumpió, deslizando una mano por mi espalda hasta encontrar la cremallera oculta de mi vestido—. Y te juro que voy a borrarla hasta que no recuerdes de qué lado te acuestas.

Su boca reclamó la mía con hambre cruda, sin pedir permiso. El beso no fue suave ni tentativo; fue una conquista. Caleb devoró mis labios con una intensidad que me robó el aliento, su lengua exigente abriéndose paso para enredarse con la mía en un duelo húmedo y caliente. Sabía a whisky y a deseo reprimido.

Gemí contra su boca cuando me presionó con todo su cuerpo contra la isla de mármol. El borde frío de la piedra se clavó en mi espalda baja mientras su erección, dura y evidente, se frotaba sin pudor contra mi vientre. Una de sus manos bajó hasta mi muslo, levantándolo con facilidad para encajarse mejor entre mis piernas. La falda se me subió hasta las caderas y sentí el calor de su palma áspera subiendo por la piel desnuda.

—Esto no es un puto negocio —gruñó contra mis labios antes de morder el inferior y tirar de él—. Esto es mío.

Mi cuerpo traicionero se arqueó contra él. Mis uñas se clavaron en su nuca, atrayéndolo más cerca mientras respondía al beso con la misma desesperación. El roce constante de su erección contra mi centro, aún cubierto por la fina tela de mi ropa interior, estaba volviéndome loca. Sentía cómo me humedecía, cómo mi clítoris palpitaba con cada movimiento lento y deliberado de sus caderas.

Estaba a punto de suplicar cuando Caleb se separó de golpe, respirando con dificultad. Sus ojos estaban casi negros de deseo, los labios hinchados y brillantes por nuestra saliva. Me miró como si quisiera follarme ahí mismo sobre el mármol.

—Vamos Arriba. —ordenó con voz ronca, sin apartar la mirada de mi boca—. Ahora. Porque si no te saco de esta cocina, te voy a doblar sobre esta isla y no voy a parar hasta que grites mi nombre.

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