La sonrisa triunfal de Richard Navarro parecía brillar bajo las luces halógenas de la sala de juntas.
Me quedé allí, de pie junto a Victoria, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas. Mi primer instinto fue abalanzarme sobre la mesa y arrancarlo de esa silla con mis propias manos. Quería gritarles a esos quince accionistas que eran unos cobardes por aprovecharse de un hombre que estaba conectado a un respirador artificial.
Victoria levantó su bastón, dispuesta a desatar una tormenta de f