Recuperando Activos

La sonrisa triunfal de Richard Navarro parecía brillar bajo las luces halógenas de la sala de juntas.

Me quedé allí, de pie junto a Victoria, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas. Mi primer instinto fue abalanzarme sobre la mesa y arrancarlo de esa silla con mis propias manos. Quería gritarles a esos quince accionistas que eran unos cobardes por aprovecharse de un hombre que estaba conectado a un respirador artificial.

Victoria levantó su bastón, dispuesta a desatar una tormenta de furia matriarcal. Abrió la boca, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, puse una mano firme sobre su antebrazo.

La anciana me miró, sorprendida por mi atrevimiento.

—No —le susurré, lo suficientemente bajo para que solo ella me escuchara. Mis ojos estaban clavados en Richard, pero mi mente operaba a una velocidad vertiginosa—. No vamos a hacer un escándalo aquí. Él tiene el acta firmada. Si gritamos, le daremos la razón de que somos emocionales e inestables. Perderemos el respeto que nos queda.

Victoria tensó la mandíbula, pero la lógica de mis palabras era irrefutable. Asintió de forma casi imperceptible y bajó el bastón.

Me giré hacia la mesa, alisando la chaqueta de mi traje con una calma glacial que estaba muy lejos de sentir.

—Felicidades por tu nombramiento, Richard —dije, mi voz resonando clara y desprovista de cualquier histeria—. Supongo que la junta priorizó la prisa sobre la competencia. Disfruta la silla. Pero te advierto algo: ese asiento requiere un cerebro que sepa cómo mantener el imperio a flote, no solo un apellido para calentarlo.

Sin esperar respuesta, me di la media vuelta.

—Vámonos, Victoria. Tenemos trabajo que hacer.

Salimos de la sala de juntas con la cabeza en alto, dejando a Richard con la palabra en la boca.

El trayecto en el ascensor hacia la planta baja fue un sepulcro. Victoria miraba los números descender con los ojos entrecerrados. Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, la matriarca se detuvo y se giró hacia mí.

—Tenías razón al detenerme arriba, niña —admitió Victoria, su voz áspera—. Pero ahora estamos fuera. Él tiene el control de las cuentas, de los proyectos y de la junta. No podemos usar a los abogados porque él es el CEO legal. Nos ha dejado en el aire.

—No nos ha dejado en el aire. Nos ha subestimado —respondí, caminando hacia las puertas giratorias—. Richard tiene el título, Victoria. Pero no tiene el talento. No tiene la lealtad de los empleados clave, ni el respeto de los clientes que Caleb aseguró en su momento.

Salimos a la calle. El aire frío de Nueva York me golpeó el rostro.

—¿Qué propones? —preguntó la matriarca, deteniéndose junto a su coche con chófer.

—Vamos a dejar que gobierne —dije, esbozando una sonrisa afilada—. Caleb me enseñó que la mejor forma de destruir a un incompetente no es quitándole el trabajo, sino dejándole hacer el trabajo sin ningún tipo de rumbo. Vamos a observar cómo se ahoga, y cuando el agua le llegue al cuello, seremos nosotras quienes le vendamos el salvavidas a la junta directiva a cambio de su cabeza.

Las siguientes tres semanas fueron las más duras y agotadoras de mi vida.

Dividí mis días en dos mitades exactas: catorce horas buscando soluciones corporativas y diez horas en la Clínica Santa Elena.

Caleb había despertado del coma inducido al quinto día. El daño no había sido permanente, pero su cuerpo estaba destrozado. Tenía tres costillas fracturadas, el bazo recién operado y un traumatismo craneal que le provocaba dolores de cabeza cegadores. Los médicos le prohibieron terminantemente cualquier tipo de estrés o mirar pantallas, ordenando un reposo absoluto.

Por primera vez desde que lo conocía, el Diablo de Wall Street estaba inmovilizado. Y odiaba cada segundo de ello.

Eran las ocho de la noche. Entré en su habitación VIP de la clínica. Caleb estaba recostado, mirando el techo oscuro con evidente frustración. Al escuchar mis tacones, giró la cabeza. Su rostro aún lucía pálido, pero la chispa oscura de sus ojos seguía intacta.

—Estás cojeando —fue lo primero que me dijo.

Suspiré, dejándome caer en la silla junto a su cama y quitándome los stilettos. Mis pies estaban destrozados.

—He recorrido tres rascacielos diferentes hoy reuniéndome con los antiguos inversores de Julian Thorne.

Caleb frunció el ceño, intentando incorporarse, pero un gruñido de dolor lo detuvo.

—Maldita sea, Alex. Te dije que enviaras a los vicepresidentes. No tienes que estar en la calle cerrando tratos. Richard...

—Richard es un desastre —lo corté, frotándome los tobillos—. La semana pasada intentó renegociar las tasas de interés con los acreedores europeos de Thorne y casi provoca que nos demanden por incumplimiento. Es arrogante, pero le falta tu instinto asesino. Los inversores están perdiendo la paciencia.

Me acerqué a él, apoyando los codos en el borde de la cama, y le acaricié el cabello.

—Lo estoy acorralando, Caleb. He pasado las últimas dos semanas reuniéndome en secreto con todos los jefes de departamento de Navarro Holdings. Los de logística, los de ciberseguridad, los desarrolladores inmobiliarios. Todos saben que Richard los está hundiendo con recortes estúpidos. Les prometí que, si aguantan la presión y no renuncian, recuperaremos la empresa. 

Caleb me miró. Levantó una mano pesada y rozó mi mejilla. El pulgar áspero trazó la línea de mis ojeras.

—Estás haciendo el trabajo de tres CEOs. Te estás agotando por mí.

—Estoy peleando por nuestra silla —le corregí en un susurro, inclinándome para dejar un beso suave sobre sus labios secos—. Me regalaste un imperio cuando quemaste seiscientos millones por salvarme de Thorne. No voy a dejar que tu niñato primo lo hunda.

—Alex...

—Solo recupérate —le pedí, recostando mi cabeza en su hombro sano, cerrando los ojos para absorber su calor—. Sé que odias estar en esta cama. Pero necesito que sanes. Yo sostendré todo hasta que puedas volver.

El momento de ejecutar la trampa llegó cuatro días después.

Richard había convocado una reunión de accionistas de emergencia. La asimilación de los activos de Julian Thorne —el proyecto de Hudson Yards que Caleb había comprado en su jugada maestra de madrugada— estaba paralizada. Los contratistas no querían trabajar porque Richard se negaba a autorizar los pagos de sobrecostes por la transición.

Si el proyecto de Hudson Yards no retomaba las obras antes del viernes, el ayuntamiento multaría a Navarro Holdings con cien millones de dólares y cancelaría los permisos de zonificación.

A las diez de la mañana, entré en la inmensa sala de juntas del piso sesenta y cinco. Victoria ya estaba allí, sentada en una esquina, observando todo con ojos de halcón.

Richard estaba de pie frente a la mesa, sudando bajo su traje hecho a medida, intentando calmar a los quince accionistas que le gritaban exigiendo respuestas.

—¡Es inaceptable! —bramaba Arthur, golpeando la mesa—. ¡Tenemos las grúas paradas y la prensa está oliendo el caos! ¡Si perdemos los permisos de la ciudad, las acciones caerán a niveles históricos!

—¡Estoy en negociaciones con el sindicato de constructores! —se defendió Richard, aunque el pánico en su voz era evidente—. Les ofrecí un bono del cinco por ciento, pero el representante sindical se niega a firmar. Son unos usureros. Quieren arruinarnos.

—No quieren arruinarnos, Richard. Quieren garantías que tú no tienes la capacidad de darles —mi voz cortó el caos de la sala como un cuchillo afilado.

Todos los rostros se giraron hacia mí. Caminé hacia la mesa de caoba, abrí mi maletín y arrojé un grueso documento legal en el centro del cristal.

—¿Qué es esto? —escupió Richard, acercándose al documento.

—Es el contrato de reactivación de obras de Hudson Yards —respondí, cruzándome de brazos—. Firmado y sellado esta misma mañana por el líder del sindicato de constructores y por el jefe de inspectores del ayuntamiento. Las grúas empezaron a moverse hace exactamente veinte minutos.

Un silencio sepulcral se instaló en la sala de juntas. Los accionistas se miraron entre sí, atónitos.

—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó Arthur, tomando el documento y revisando las firmas con asombro—. Richard lleva semanas bloqueado en esa negociación.

Me giré hacia la mesa, asegurándome de que cada uno de esos hombres viejos y codiciosos me escuchara bien.

—Lo conseguí haciendo mi trabajo —sentencié—. Me senté con los líderes sindicales anoche. No les ofrecí bonos vacíos. Les ofrecí un plan de pagos reestructurado basado en los modelos que Caleb Navarro dejó diseñados antes de su accidente. Les demostré que Navarro Holdings sigue siendo una empresa de palabra, no un circo de improvisaciones.

Miré a Richard, que había perdido todo el color del rostro.

—Mientras nuestro "CEO" estaba intentando intimidar a hombres que comen acero para desayunar, yo utilicé el sentido común para salvarles cien millones de dólares en multas a ustedes, señores.

Arthur bajó el documento, impresionado.

—Esto es un salvavidas absoluto, Alexandra. Nos acabas de ahorrar un desastre monumental.

Victoria Navarro golpeó el suelo con su bastón. El sonido resonó en la sala, atrayendo la atención de todos.

—Creo que los números y los hechos hablan por sí solos esta mañana, caballeros —dijo la matriarca, poniéndose de pie con lentitud—. Durante el último mes, mi nieto Richard ha demostrado ser incapaz de ejecutar el plan maestro que Caleb dejó en marcha. Ha perdido talento, ha estancado proyectos y casi nos cuesta los permisos de Hudson Yards.

Victoria clavó sus ojos oscuros en la mesa directiva.

—Caleb Navarro sigue en recuperación. Pero está claro quién es el verdadero cerebro operativo que mantiene esta empresa a flote en su ausencia.

Richard apretó los puños.

—¡Soy el CEO legal! ¡Ustedes me votaron! ¡No pueden dejar que esta mujer...

—Invocamos una moción de censura por incompetencia operativa —lo interrumpió Arthur, apoyado por varios asentimientos alrededor de la mesa.

Me mantuve inmóvil. No había usado fraudes. No había hackeado correos. Había ganado esa sala a pulso. Había demostrado que mi sangre, mi sudor y mis estrategias eran el verdadero seguro de vida de Navarro Holdings.

El final de la asamblea fue rápido y brutal. En menos de quince minutos, la junta directiva revocó el título de Richard Navarro.

Cuando los accionistas comenzaron a abandonar la sala, me quedé a solas con Victoria.

La anciana caminó hacia mí. Se detuvo a medio metro, evaluándome con esa mirada gélida que antes me aterraba.

—Asumirás la presidencia interina absoluta hasta que mi nieto esté listo para volver —dictaminó Victoria, su voz baja y cargada de una autoridad solemne—. Has protegido la empresa. Te lo has ganado, niña.

Tragué saliva, sintiendo que un peso inmenso se levantaba de mis hombros, pero mantuve la barbilla alta.

—Lo hice por él, Victoria. No por la silla.

La matriarca asintió lentamente.

—Lo sé. Y es por eso que ahora sé que él está en buenas manos. Ve al hospital. Dile a ese idiota terco que su esposa le ha salvado el culo una vez más.

El cielo de la tarde comenzaba a oscurecerse cuando entré en la habitación 402 de la Clínica Santa Elena.

Caleb estaba sentado en la cama. Le habían quitado los vendajes de la cabeza y gran parte del soporte médico. Llevaba una camiseta gris de algodón que resaltaba la amplitud de sus hombros. Estaba leyendo un libro, ignorando deliberadamente la televisión apagada.

Al escuchar la puerta, levantó la vista.

No dije nada. Caminé hacia él, me quité la chaqueta del traje y me dejé caer en el borde del colchón, exhalando el suspiro más largo de mi vida.

Caleb cerró el libro y lo dejó sobre la mesa de noche. Su mano cálida encontró la mía de inmediato.

—Te noto bastante contenta. ¿Qué pasó? —murmuró, su voz grave acariciándome los oídos.

Lo miré a los ojos. El cansancio me pesaba en los párpados, pero una sonrisa genuina e imparable curvó mis labios.

—Richard está fuera. Resolví el bloqueo de Hudson Yards. La junta votó una moción de censura esta mañana. Victoria me dio el interinato absoluto.

Caleb se quedó paralizado por un segundo. Luego, una risa ronca, profunda y llena de un orgullo oscuro y posesivo vibró en su pecho. Me tomó por la cintura y, a pesar de sus propias heridas, tiró de mí hasta recostarme contra él, hundiendo su rostro en mi cuello.

—Esa es mi maldita reina —susurró, besando mi piel con una devoción que me cortó el aliento—. Te dejé un caos y tú les demostraste a todos quién manda.

—Estaba cuidando tu silla —le respondí, cerrando los ojos y dejándome envolver por su calor.

Caleb se separó lo justo para mirarme a los ojos. Su mirada ardía con una intensidad que eclipsaba cualquier imperio financiero.

—No, Alexandra. Ya no es mi silla. Es nuestra silla.

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