Territorio Hostil

El trayecto de regreso al penthouse desde el Ritz fue asfixiante.

La lluvia había vuelto a caer sobre la ciudad, golpeando el cristal blindado del Bentley en un ritmo monótono que hacía eco con los latidos erráticos de mi corazón. Caleb iba sentado a menos de un palmo de mí. Su presencia, que antes de la gala me parecía solo imponente, ahora se sentía como un campo minado.

Llevaba quince minutos repasando mentalmente el beso en el balcón. Había sido un movimiento táctico, una actuación brillante para las cámaras que espiaban tras las cortinas. Yo lo sabía. Él lo sabía. Era parte del trato que estábamos a punto de firmar.

Pero mi cuerpo, traicionero y estúpido, seguía vibrando por la memoria de sus labios aplastando los míos, por la forma en que su mano se había aferrado a mi nuca como si realmente tuviera miedo de soltarme.

Giré el rostro hacia la ventana, intentando disimular el calor que aún me quemaba las mejillas. Observé su reflejo en el cristal. Caleb tenía la vista fija en la pantalla de su teléfono, la mandíbula tensa y una expresión tan impenetrable que parecía cincelada en mármol frío.

—El equipo de seguridad del hotel confirmó que las fotos de nuestro... espectáculo en el balcón ya se filtraron a dos tabloides digitales —dijo Caleb de repente, rompiendo el silencio sin levantar la vista de su pantalla—. A estas horas, Mateo ya debe tener claro que vamos en serio, y la junta directiva desayunará con la noticia de que el "Diablo" finalmente tiene correa.

—Misión cumplida, entonces —murmuré, forzando un tono clínico y distante—. Fue una actuación impecable, Navarro. Los de relaciones públicas no podríamos haberlo coreografiado mejor.

Caleb bloqueó el teléfono y lo dejó sobre el asiento. Giró el rostro lentamente hacia mí. En la penumbra del auto, sus ojos oscuros eran insondables.

—Sí. Una actuación —repitió, su voz bajando a un susurro áspero que me puso la piel de gallina—. Asegúrate de recordar eso mañana por la mañana, Alexandra. Porque una vez que el contrato esté firmado, no habrá cámaras cuando estemos a solas.

Tragué saliva, incapaz de sostenerle la mirada por mucho tiempo sin sentir que me estaba leyendo la mente. Afortunadamente, el Bentley se detuvo en ese instante en el garaje subterráneo de la torre de Navarro Holdings.

El ascensor privado nos disparó hacia el penthouse. Cuando las pesadas puertas de caoba se abrieron, el silencio absoluto del apartamento nos recibió como una bóveda gélida.

Me quité los stilettos de inmediato, dejando escapar un suspiro de alivio genuino. Estaba física y mentalmente exhausta. Había perdido mi empresa, había sido humillada, había renacido de las cenizas en menos de veinticuatro horas y había besado a mi mayor enemigo frente a media ciudad. Lo único que mi cerebro registraba ahora mismo era la necesidad desesperada de dormir hasta olvidar mi propio nombre.

—¿Dónde está mi cuarto? —pregunté, frotándome las sienes—. Y por favor, dime que no está decorado en este mismo tono de depresión corporativa.

Caleb se quitó el saco del esmoquin y lo dejó caer con descuido sobre el respaldo de un sillón de diseño italiano. Aflojó su pajarita, dejando a la vista el primer botón desabrochado de su camisa.

—Al final del pasillo principal —indicó él, sirviéndose un vaso de agua mineral en la barra de mármol negro de la cocina—. La única puerta de roble doble. Elena dejó tu ropa y el borrador final del contrato sobre la cama.

Asentí mecánicamente y caminé por el inmenso corredor. El penthouse era absurdamente grande. Pasé por lo que parecía ser una biblioteca privada y una sala de proyecciones antes de llegar a las puertas dobles de roble macizo.

Empujé las manijas.

La habitación era un santuario de la opulencia moderna. Estaba decorada en tonos grafito, grises y madera de nogal, con una chimenea incrustada en la pared y ventanales inmensos que enmarcaban el skyline nocturno. Todo allí gritaba poder y masculinidad. Y flotando en el aire estaba ese omnipresente y embriagador olor a sándalo y cedro. Su colonia.

Mi mirada viajó hacia el centro exacto de la estancia.

Una inmensa cama King Size, cubierta con sábanas oscuras, dominaba el espacio. Y sobre ella, tal como había dicho Caleb, descansaba una funda protectora con ropa nueva y una carpeta de cuero negro que contenía el borrador de mi sentencia.

Pero algo no encajaba. Caminé hacia un vestidor abierto a la izquierda de la cama. Estaba repleto de trajes a medida, camisas almidonadas y filas interminables de zapatos masculinos. Al otro lado de la habitación, la puerta del baño revelaba artículos de aseo que claramente no eran de invitados.

Me giré en redondo, con el pulso acelerándose peligrosamente de nuevo.

Caleb estaba de pie en el umbral de la habitación, llenando el espacio con su gran envergadura. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y me observaba con una expresión de absoluta calma que no se correspondía con el pánico que estaba a punto de estallar en mi garganta.

—Esta es tu habitación —solté, señalando el vestidor, mi voz perdiendo toda su compostura—. Este es tu cuarto, Caleb.

—Es la suite principal, sí —confirmó él, tomando un sorbo de su vaso con exasperante lentitud.

—Te pregunté dónde iba a dormir yo. Sé que tienes un ala de invitados en este mausoleo. La vi en los planos arquitectónicos que se filtraron a la prensa hace dos años cuando compraste la torre.

Caleb se separó del marco y dio dos pasos lentos y depredadores hacia el interior de la habitación.

—El ala de invitados está cerrada —dijo, su tono descendiendo a una advertencia baja—. Y aunque estuviera abierta, no la usarías.

—Me niego —dije, sintiendo que el instinto de supervivencia tomaba el control—. Hemos pactado un negocio, Navarro, no una condena de hacinamiento. Me voy al sofá de la sala.

Di un paso hacia la salida, dispuesta a empujarlo si era necesario, pero antes de que pudiera cruzar el umbral, la mano de Caleb se estrelló contra la pesada puerta de roble. La cerró de golpe con un estruendo que hizo vibrar las paredes.

En un instante, me acorraló contra la madera cerrada, usando su gran tamaño para atraparme. El aire abandonó mis pulmones. Estábamos tan cerca que la tela de su camisa rozaba la seda esmeralda de mi vestido en cada respiración.

—¿Crees que esto es un juego, Alexandra? —susurró él, bajando el rostro hasta que sus labios estuvieron a centímetros de mi oído—. Has pactado entrar al infierno conmigo. El contrato que te espera en esa cama dicta que serás mi esposa ante los ojos del mundo, y eso incluye a mis empleados.

—Aún no he firmado nada —repliqué, empujando mis manos contra su pecho rígido. No se movió ni un milímetro—. Y no pienso estampar mi firma en ese documento hasta que lea cada maldita cláusula. Por ahora, tus empleados no entran en mi cama.

—La firma es un formalismo a estas alturas, y lo sabes. Además, la mujer que limpia este penthouse lleva trabajando para mi familia desde que yo era un niño —continuó Caleb, ignorando mi resistencia. Levantó una mano y, con un toque tan suave que contrastaba con la violencia de sus acciones, trazó la línea de mi garganta descubierta—. Es leal a mi abuela Victoria por encima de todas las cosas. Si ella llega mañana por la mañana y encuentra la cama de invitados deshecha y mi cama ocupada solo por mí... el secreto llegará a la junta directiva antes de la hora del almuerzo.

Su pulgar se detuvo justo sobre mi pulso desbocado, sintiendo el pánico y la adrenalina que corrían por mis venas.

—No voy a tener a mi futura esposa durmiendo como un perro en el sofá solo porque tiene miedo de lo que pueda pasar si apagamos la luz —sentenció Caleb, su mirada oscura devorando la mía.

—No te tengo miedo —le espeté, aunque el temblor de mi voz me traicionaba.

Caleb ladeó la cabeza, acercándose aún más. El olor a su colonia y a lluvia invadió todos mis sentidos.

—Deberías —murmuró.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad oscura y asfixiante. Sabía que él tenía razón sobre los empleados. Victoria Navarro no era una mujer a la que se pudiera engañar fácilmente; buscaría las fisuras en nuestra historia a través de las sábanas.

Miré la inmensa cama King Size por el rabillo del ojo. Era enorme, sí, pero no lo suficiente como para borrar el peligro de tener a este hombre durmiendo a mi lado.

Tragué saliva, levantando la barbilla. Si él quería jugar a la dominación, yo no iba a ser su presa fácil.

—Lado derecho —dictaminé, mi voz volviéndose fría e intransigente—. Dormiré en el lado derecho. Y trazaré una línea imaginaria en el centro de ese colchón, Navarro. Si la cruzas con un solo dedo de los pies, te juro por mi vida que te castro.

Caleb soltó una carcajada, pero no fue un sonido divertido. Fue una risa grave, oscura y profunda que vibró contra mi pecho. No retrocedió. En su lugar, bajó la cabeza hasta que sus labios rozaron la comisura de los míos.

—Puedes trazar todas las líneas imaginarias que quieras en ese colchón, esposa —susurró él, y el roce de su boca contra mi piel me provocó un estremecimiento traicionero—. Pero te aseguro que antes de que termine la semana, serás tú quien me ruegue que las cruce.

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