La finca de la familia Navarro, ubicada en las colinas más exclusivas a las afueras de la ciudad, no era una casa. Era una fortaleza de piedra oscura, rodeada de hectáreas de bosques y silencio, diseñada para intimidar a cualquiera que cruzara sus inmensas puertas de hierro forjado.
Yo iba sentada en el asiento trasero del Mercedes junto a Caleb. El trayecto de cuarenta minutos se había consumido en un silencio tenso y eléctrico. Mi estómago era un nudo marinero.
Llevaba un vestido de seda negr