La Matriarca

Mi primera estrategia para sobrevivir a la noche en la suite principal fue simple: despojarme de cualquier rastro de vulnerabilidad.

Aprovechando que Caleb se había retirado al vestidor, tomé la funda de ropa que su secretaria había dejado sobre la cama. Me deshice del vestido esmeralda que había usado como armadura y busqué algo con lo que dormir. Ignoré soberanamente el camisón de encaje negro que seguramente había elegido el personal shopper de Caleb, y rebusqué hasta encontrar un conjunto de pijama de seda gris oscuro, de pantalón largo y camisa abotonada hasta el cuello.

Si él esperaba que me paseara por su cuarto envuelta en provocaciones, se iba a decepcionar amargamente.

Apagué la lámpara de mi mesa de noche y me deslicé bajo las pesadas sábanas del lado derecho. Me pegué tanto al borde que estaba a un suspiro de caer al suelo. Me abracé a mí misma, cerrando los ojos e intentando ignorar el abrumador olor a cedro que impregnaba las almohadas.

Unos diez minutos después, escuché la puerta del vestidor abrirse. Contuve la respiración. El leve tintineo de su reloj chocando contra la madera de su mesita de noche resonó en la penumbra y, finalmente, el colchón se hundió bajo su peso en el lado izquierdo.

Se hizo el silencio. Un silencio vibrante y tenso.

Caleb se acomodó. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo acortando la distancia entre nosotros en la inmensidad de la cama.

—Aprietas la mandíbula incluso cuando finges dormir, Alexandra —su voz profunda cortó la oscuridad, teñida de burla—. Relájate. Te di mi palabra de no cruzar tu estúpida línea imaginaria.

Mantuve los ojos cerrados y no le di el placer de una respuesta. Giré mi rostro hacia la ventana y dejé que el agotamiento de las últimas horas me arrastrara hacia un sueño pesado y sin sueños.

La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas cuando mi cerebro comenzó a despertar lentamente.

Gemí, intentando estirarme, pero algo pesado y cálido me mantenía inmovilizada. Pestañeé, tratando de enfocar la vista, y mi corazón dio un vuelco brutal.

No estaba en el borde derecho de la cama.

De alguna manera, durante la noche, el frío de la enorme suite había saboteado mis instintos. Mi cabeza descansaba en el hueco del hombro de Caleb. Mi pierna derecha estaba descaradamente entrelazada con la suya, y mi mano reposaba en el centro exacto de su pecho desnudo. Él dormía bocarriba, con un brazo rodeando mi cintura de forma posesiva, como si fuera un escudo.

El pánico se apoderó de mí. Intenté retroceder lentamente, centímetro a centímetro, como si estuviera desactivando una bomba de relojería.

Pero al menor movimiento de mi pierna, el brazo de Caleb se cerró alrededor de mi cintura, atrayéndome de vuelta contra él con un tirón seco.

Ahogué un grito. Levanté la vista. Sus ojos seguían cerrados, pero una sonrisa letal se dibujó en la comisura de sus labios.

—Buenos días a ti también, invasora de líneas imaginarias —ronroneó, su voz rasposa por el sueño.

—Suéltame, Navarro —exigí, empujando mi mano contra su pecho desnudo para crear distancia.

Caleb abrió los ojos y la diversión desapareció al notar la falta de espacio entre ambos. Su sonrisa se borró. Me sostuvo la mirada, y el aire en la habitación pareció espesarse. Su pulgar rozó la seda gris de mi pijama, justo sobre la curva de mi cadera.

—Te lo advertí anoche —murmuró, inclinándose una fracción de milímetro hacia mí—. Te dije que tú cruzarías la línea primero.

El toque fue eléctrico. Mi respiración se agitó, incapaz de apartar la vista de sus labios.

Ring, ring, ring.

El sonido insistente y clásico de un teléfono móvil interrumpió la tensión de golpe. Pero no era mi alarma. Era el teléfono de Caleb, vibrando sobre la mesita de noche.

El hechizo se rompió en mil pedazos. Caleb cerró los ojos, soltando una maldición ahogada antes de soltarme. Me aparté de él como si estuviera ardiendo y casi me caigo de la cama en mi prisa por sentarme.

Caleb se incorporó y tomó el aparato. Al ver el identificador de llamadas en la pantalla, su postura relajada desapareció por completo. Se frotó el puente de la nariz antes de contestar.

—¿Abuela? —dijo Caleb, su tono volviéndose respetuoso pero alerta.

El silencio en la habitación era tan profundo que pude escuchar la voz fuerte y clara de Victoria Navarro a través del auricular.

—Acabo de ver los tabloides digitales de la mañana, Caleb —la voz de la matriarca sonaba afilada como el cristal roto—. ¿Se puede saber qué clase de espectáculo estás montando a una semana de la junta directiva? ¿Quién es la mujer con la que te estás besando en un balcón a la vista de media ciudad?

Caleb no titubeó. Su voz adoptó la frialdad corporativa que usaba para dominar su imperio.

—Es la mujer con la que me voy a casar, Victoria. Quería mantenerlo en privado hasta presentártela adecuadamente, pero la prensa fue más rápida.

Se escuchó una risa seca y carente de humor al otro lado de la línea.

—No insultes mi inteligencia. Has pasado el último año saltando de un escándalo a otro, y de repente, justo cuando tu herencia está en juego, ¿apareces devorándote a una desconocida en el hotel Ritz? Exijo conocerla.

—Lo harás a su debido tiempo...

—Lo haré mañana —lo interrumpió la matriarca con una autoridad implacable—. He cancelado mis reuniones. Mañana por la noche traerás a tu supuesta prometida a cenar a la finca. Y escúchame bien, Caleb: si descubro que esta mujer es otra de tus sucias artimañas para engañarme y retener el control del holding, los hundiré a los dos antes de que puedan parpadear.

Victoria cortó la llamada sin despedirse.

Caleb apartó el teléfono lentamente y lo dejó sobre la mesa. El ambiente en la habitación había pasado de una tensión íntima a una alerta de máxima seguridad.

—Mañana en la noche —dije, rompiendo el silencio, cruzando los brazos sobre mi pecho—. El gran juicio de la matriarca.

—Tenemos menos de cuarenta y ocho horas —Caleb se levantó de la cama, recogiendo la pesada carpeta de cuero negro que habíamos dejado intacta la noche anterior—. Y eso significa que se acabaron los juegos, Alexandra. Acompáñame a la cocina.

Diez minutos después, estaba sentada en uno de los taburetes altos de la inmensa isla de mármol de la cocina. Frente a mí había una taza de café negro que Caleb me había preparado y la carpeta de cuero abierta de par en par.

Caleb estaba de pie al otro lado de la isla, vestido solo con unos pantalones de chándal oscuros, apoyando ambas manos sobre el mármol mientras me observaba leer.

El contrato era una obra maestra de asfixia legal. Había cláusulas de confidencialidad con multas astronómicas, reglas de convivencia estrictas y exigencias de apariciones públicas obligatorias. Pero fue la sección doce la que me hizo detener la lectura.

Cláusula 12.2: Navarro Holdings asumirá la deuda de dos millones de dólares contraída por la entidad Mateo Vance bajo el nombre de Alexandra Rivera. En contraprestación, Navarro Holdings se convertirá en el acreedor único y principal de la señorita Rivera hasta la finalización del contrato de doce (12) meses o el pago total de la deuda.

Levanté la vista del papel, sintiendo que el pecho se me cerraba.

—Caleb, si firmo esto... te conviertes legalmente en el dueño de mi deuda. Prácticamente te estoy cediendo el control financiero de mi vida por el próximo año.

Caleb no apartó la mirada. Sus ojos oscuros eran insondables, fríos pero extrañamente honestos en ese momento.

—Sí. Lo hago.

—Es una correa dorada —murmuré, sintiendo un nudo en la garganta—. Te aprovechas de mi ruina para atarme a ti y asegurarte de que no salga huyendo cuando tu abuela empiece a hacer preguntas difíciles.

—Es una alianza de protección mutua, Alex —corrigió él, inclinándose sobre el mármol, acortando la distancia entre nosotros en un gesto íntimo y puramente corporativo—. Escuchaste a mi abuela. Es un maldito tiburón. Si ella encuentra una sola grieta en nuestra historia, si ve que tú tienes una puerta de escape fácil, me corta la cabeza en la junta y a ti te deja a merced de Mateo. Necesito una garantía absoluta de que vas a estar a mi lado.

Miré el documento, luego la pluma fuente de oro que descansaba a su lado. Era el momento de vender mi alma al diablo. Podía asegurar mi venganza contra Mateo, pero a cambio, debía someter cada aspecto de mi libertad a este hombre.

Acerqué mi mano a la pluma. Mis dedos rozaron el metal frío.

Y entonces, me detuve.

Aparté la mano de la pluma y cerré la carpeta de cuero negro de un solo golpe seco que resonó en toda la cocina.

Caleb frunció el ceño, su postura endureciéndose de inmediato.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Me niego a firmar a ciegas —dije, levantando la barbilla para sostenerle la mirada—. Prometiste protegerme, prometiste usar tu imperio para destruir a Mateo, pero hasta ahora lo único real es el riesgo que estoy asumiendo yo.

—Estás jugando con fuego, Alexandra. Tienes el banco respirándote en la nuca.

—Y tú tienes a una matriarca a punto de arrebatarte tu herencia —repliqué, sin ceder un milímetro—. No voy a entregarte mi libertad financiera por una promesa al aire. Mañana por la noche conoceré a la mujer que tiene el poder de destruirte. Iremos a esa cena. Fingiremos ser la pareja perfecta. Y si sobrevivimos a su escrutinio... si me demuestras que realmente vales el precio de mi alma y que eres capaz de protegernos... entonces firmaré.

Caleb me estudió en silencio. La furia inicial en sus ojos se desvaneció lentamente, siendo reemplazada por algo mucho más peligroso: pura y genuina fascinación. Le encantaba que no me doblegara ante él.

Se enderezó, apartándose del mármol, y esbozó una media sonrisa letal.

—Tienes veinticuatro horas de gracia, Alexandra —murmuró él, dándose la vuelta para servirse una taza de café—. Disfrútalas. Porque mañana en la noche, frente a Victoria Navarro, te demostraré exactamente por qué vas a rogar por poner tu nombre en ese papel.

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