Ruleta Rusa

La sonrisa de Julian Thorne no llegaba a sus ojos. Eran dos cuencas inyectadas en sangre, vacías de cualquier rastro de cordura o humanidad.

El cañón negro del revólver descansaba sobre su rodilla con una fijeza aterradora, apuntando directamente al pecho de mi madre, que seguía respirando de forma acompasada, sumida en el sueño inducido por los sedantes.

El rítmico beep del monitor cardíaco era el único sonido que rompía el silencio sepulcral de la habitación. Cada latido resonaba en mis sienes como una bomba de tiempo.

—Bienvenidos a nuestra última junta directiva, Navarro —dijo Thorne. Su voz era áspera, desgastada, como si llevara días sin dormir ni beber agua—. Cierren la puerta. No queremos que la servidumbre nos interrumpa.

Mi cuerpo intentó paralizarse por el terror, pero el agarre de Caleb en mi mano se endureció. Con su mano libre, Caleb empujó la pesada puerta de madera hasta que el pestillo hizo clic. Estábamos encerrados. Aislados de la seguridad de Marcus y de la policía que venía en camino.

—Ya estamos aquí, Julian —dijo Caleb. Su voz era un bloque de hielo, proyectando una calma antinatural que contrastaba con el sudor frío que perlaba su frente y la palidez de su rostro—. Deja el arma en el suelo. Esto es entre tú y yo. Esta mujer no tiene nada que ver con tus fracasos.

Thorne soltó una carcajada seca, un sonido que rasgó el aire de la habitación.

—¡Mis fracasos! —repitió, levantando el arma unos centímetros, apuntando ahora hacia nosotros antes de volver a bajarla hacia la cama—. Tú me dejaste en la quiebra absoluta, Caleb. Compraste mi deuda. Asfixiaste mi nombre. Me convertiste en un puto fantasma en la ciudad que yo mismo ayudé a construir. Me quitaste todo lo que amaba.

Thorne se inclinó hacia adelante, la locura brillando en su mirada.

—Así que pensé... ¿qué sería lo justo? ¿Matarte? No. La muerte es un alivio rápido. Quería que vivieras el resto de tus días sabiendo que no pudiste proteger a la mujer por la que quemaste tu propio imperio. Quería que ella te odiara por haber traído la muerte a su familia.

El pánico amenazó con asfixiarme. Thorne no buscaba negociar. Buscaba la aniquilación emocional de Caleb a través de mi sufrimiento.

—Thorne, escúchame —intervine, dando un paso cauteloso al frente, intentando que mi voz sonara como la de la relacionista pública que controlaba las crisis, aunque mis rodillas temblaban—. La policía estatal está a tres minutos de cruzar esos portones. El edificio está rodeado. Si disparas esa arma, no saldrás vivo de esta habitación. Te van a masacrar.

—¡Ya estoy muerto, niña! —aulló Thorne, poniéndose de pie de un salto, pateando el sillón de terciopelo hacia atrás.

El movimiento brusco fue el detonante.

El rítmico beep del monitor cardíaco de repente se aceleró. El efecto de los sedantes, ya debilitado por el paso de las horas, cedió ante el grito estruendoso de Thorne en la habitación.

Mi madre se removió bajo las sábanas. Sus pestañas temblaron y abrió los ojos lentamente, confundida y desorientada por la penumbra.

—¿Alex...? —murmuró Rosa, su voz débil y rasposa, girando la cabeza hacia nosotros.

Y entonces, vio a Thorne. Vio el arma apuntándola.

El monitor cardíaco enloqueció, los pitidos disparándose a una velocidad aterradora. Los ojos de mi madre se abrieron desmesuradamente, el pánico inundando su rostro frágil.

—Vaya, mira quién despertó a tiempo para el espectáculo —sonrió Thorne con sadismo, enderezando el revólver y apuntándole directamente a la cara.

—¡Mamá, mírame a mí! —grité, ignorando el arma y dando un paso adelante, obligándola a conectar sus ojos con los míos—. ¡No lo mires a él, mírame a mí! Todo va a estar bien, cierra los ojos, por favor.

Mi madre negaba con la cabeza, respirando con dificultad, llevando sus manos temblorosas hacia su pecho.

—Julian, mírame.

La voz de Caleb no fue un grito. Fue un mandato profundo, oscuro y cargado de una gravedad que hizo temblar las paredes.

Caleb se soltó de mi mano. Ignoró las costillas fracturadas y el dolor de su propia herida reciente. Dio un paso lento, deliberado, colocándose físicamente entre el cañón del arma de Thorne y la cama de mi madre, bloqueando por completo la visión de Thorne.

Luego, dio otro paso más hacia el frente, bloqueándome a mí con su espalda.

Se convirtió en el único y absoluto objetivo en la habitación.

—Tú no quieres matar a la señora Rosa —dijo Caleb, mirando a Thorne a los ojos con una fijeza letal—. Eres un titán, Julian. O lo eras. Hacer esto no es una venganza digna de tu legado. Es el acto cobarde de un delincuente de poca monta. La prensa no hablará de cómo el gran Julian Thorne destruyó a Caleb Navarro. Hablarán de cómo un viejo senil disparó contra alguien en una cama.

La psicología inversa golpeó a Thorne. El ego del magnate parpadeó bajo el peso de las palabras de Caleb. El cañón del revólver tembló ligeramente.

—Si quieres destruirme... —continuó Caleb, acortando la distancia otro metro. Ahora estaba a menos de cuatro pasos del cañón. Abrió los brazos, exponiendo su torso vendado bajo la camisa, ofreciéndose como un blanco perfecto—. Hazlo bien. Dispárame a mí. Mátame frente a mi esposa. Déjala viuda, destrúyela, y asegúrate de que el último rostro que yo vea antes de morir sea el del hombre que me venció.

El aire se detuvo.

—¡Caleb, no! —grité, intentando avanzar hacia él, pero él levantó una mano hacia atrás, ordenándome con un solo gesto mudo que no me moviera.

Lentamente, Thorne giró el arma, apartándola de la dirección de la cama.

El cañón negro apuntó directamente al centro del pecho de Caleb.

—Toda esa arrogancia... —siseó Thorne, una sonrisa torcida asomando en su rostro—. Siempre te creíste intocable, Navarro.

—Dispara, Julian. Se te acaba el tiempo —lo provocó Caleb, sin temblar ni un milímetro.

El sonido del percutor del revólver siendo amartillado resonó en la habitación como el chasquido de un hueso rompiéndose.

En ese microsegundo, supe que Thorne lo iba a hacer. Supe que Caleb había atraído la bala hacia sí mismo para salvarnos a mi madre y a mí, dispuesto a morir en esa alfombra.

Mi mente se apagó. El instinto se apoderó de mi cuerpo.

No iba a dejar que me lo quitaran. No iba a ser viuda antes de tiempo.

Tomé la pesada lámpara de bronce de la mesita de noche que estaba a mi lado y, con un grito que me desgarró la garganta, la arrojé con todas mis fuerzas directamente hacia el rostro de Thorne.

El movimiento periférico distrajo a Thorne una fracción de segundo. La lámpara no le dio en el rostro, pero chocó con fuerza brutal contra su hombro y su brazo extendido.

Thorne se tambaleó. El arma se desvió bruscamente en el mismo instante en que su dedo apretaba el gatillo por el susto.

¡PUM!

El estruendo del disparo fue ensordecedor en el espacio cerrado. El fogonazo iluminó la penumbra de la habitación, seguido del olor acre a pólvora y ozono.

Un grito desgarrador, lleno de horror absoluto, inundó el cuarto. Pero no fue de Thorne, ni de Caleb. Fue de mi madre.

El impacto me arrojó hacia atrás con la fuerza de un mazo invisible.

Choqué contra la pared y resbalé hasta el suelo. Un calor ardiente y punzante estalló en el lado izquierdo de mi abdomen, justo por debajo de las costillas. Me llevé la mano a la zona instintivamente, y cuando bajé la vista, la tela de mi blusa ya estaba teñida de un rojo oscuro y viscoso que se expandía a una velocidad aterradora.

Me habían dado.

Caleb se giró al escuchar el grito de mi madre. Cuando me vio caer, con la sangre manchando mis manos y el suelo, el tiempo pareció detenerse para él.

Un rugido puramente animal, cargado de un dolor y una furia que no pertenecían a este mundo, escapó de la garganta de Caleb. Ya no había lesiones, ni dolor en sus costillas. Se abalanzó sobre Thorne antes de que el magnate pudiera siquiera intentar estabilizar el arma para un segundo disparo.

Caleb lo embistió con todo el peso de su cuerpo inmenso. El impacto lanzó a ambos hombres contra la pesada cómoda de madera, astillándola en mil pedazos. El revólver salió volando, perdiéndose bajo la cama.

Thorne intentó protegerse el rostro, pero la oscuridad que dominaba a mi esposo era imparable. Caleb lo inmovilizó contra el suelo, levantó su puño y lo estrelló contra la cara del magnate con una violencia sorda y letal. El crujido de la nariz de Thorne rompiéndose resonó en la habitación, seguido de otro golpe. Y otro. Caleb lo estaba masacrando. Lo iba a matar con sus propias manos.

—¡Mi niña! ¡Alex! —el grito histérico de mi madre rasgó la escena.

A través de mi visión borrosa, vi a mi madre intentando arrancar las vías intravenosas de sus brazos para levantarse de la cama, a pesar de que el monitor cardíaco pitaba como una alarma de evacuación, indicando que su corazón no soportaría el esfuerzo.

—¡Mamá... no! —jadeé, escupiendo un hilo de sangre y apretando mi herida con ambas manos—. ¡Quédate quieta!

La debilidad me estaba inundando, pero me esforcé por proyectar mi voz, aterrorizada de que el estrés le provocara un infarto fulminante.

—¡Estoy bien! —le mentí, forzando una mueca que intentó ser una sonrisa mientras el dolor me partía en dos—. No te levantes... por favor... estoy bien.

La puerta de madera maciza de la habitación voló en pedazos en ese exacto instante.

Marcus, dos escoltas y cuatro agentes de la policía estatal irrumpieron en la estancia con armas largas, apuntando en todas direcciones.

—¡Policía! ¡Aseguren el perímetro!

Varios agentes se abalanzaron sobre Caleb, teniendo que usar toda su fuerza combinada para arrancarlo de encima del cuerpo ensangrentado e inconsciente de Julian Thorne.

Apenas Caleb sintió que los policías lo apartaban, se deshizo de ellos con un empujón brutal, sus ojos inyectados en pura desesperación buscando mi cuerpo en el suelo.

Corrió hacia mí, cayendo de rodillas tan fuerte que el golpe resonó en el suelo de madera.

—¡Alex! ¡Alex, mírame! —Caleb apartó mis manos débiles y presionó las suyas, cubiertas de la sangre de Thorne, directamente sobre mi herida para intentar frenar la hemorragia—. ¡Paramédicos! ¡Que alguien traiga a los malditos médicos ahora!

Me miró a los ojos. El hombre intocable, el que nunca perdía, estaba llorando. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mezclándose con el sudor, su rostro pálido como el mármol, desencajado por un terror absoluto.

—Caleb... —susurré, levantando una mano temblorosa para rozar su mejilla, sintiendo que el frío comenzaba a adormecer mis extremidades.

—No te atrevas a cerrar los ojos, Alexandra, no me hagas esto —me suplicó, su voz rompiéndose por completo, apretando su frente contra la mía—. Me juraste que no me ibas a dejar. Me lo juraste.

—Cuida... cuida a mi mamá —logré articular, cada palabra costándome el resto de mi oxígeno.

—Te cuidaremos juntos. Quédate conmigo, Alexandra, por favor... —el sollozo de Caleb fue lo último que escuché con claridad.

El mundo entero se desdibujó bajo el sonido de las sirenas, el caos de los policías y la presión ardiente de sus manos sobre mi cuerpo, antes de que el dolor finalmente me arrastrara a un abismo oscuro y silencioso.

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