La sonrisa de Julian Thorne no llegaba a sus ojos. Eran dos cuencas inyectadas en sangre, vacías de cualquier rastro de cordura o humanidad.
El cañón negro del revólver descansaba sobre su rodilla con una fijeza aterradora, apuntando directamente al pecho de mi madre, que seguía respirando de forma acompasada, sumida en el sueño inducido por los sedantes.
El rítmico beep del monitor cardíaco era el único sonido que rompía el silencio sepulcral de la habitación. Cada latido resonaba en mis siene