Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl viaje hasta el piso sesenta y cinco transcurrió en un silencio hermético. El ascensor de cristal me ofrecía una vista vertiginosa de la ciudad despertando, pero mis ojos estaban fijos en mi propio reflejo borroso en las puertas de acero.
No parecía la influyente relacionista pública que había sido veinticuatro horas atrás. Con el abrigo húmedo adhiriéndose pesadamente a mis hombros, el cabello tirante y los tobillos llenos de tiritas improvisadas, parecía un fantasma. Pero mi mente nunca había estado tan afilada.
El ascensor se detuvo con un suave campaneo. Las puertas se abrieron de par en par, revelando la guarida del león.
El despacho de Caleb Navarro era absurdamente intimidante. Ocupaba toda la planta superior. Pisos de mármol negro veteado, paredes de nogal oscuro y ventanales de piso a techo que dominaban la ciudad entera, gritando poder absoluto.
Y en el centro exacto de la inmensidad, estaba él.
Caleb Navarro estaba de pie junto a un enorme escritorio de obsidiana, con las manos hundidas en los bolsillos de un pantalón de traje gris carbón. No llevaba corbata, y los dos primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, delineando la base de su garganta.
Si el diablo tuviera un rostro, los escultores clásicos se habrían inspirado en la mandíbula cuadrada de Caleb y en sus ojos, de un marrón tan oscuro que absorbía toda la luz de la habitación.
Levantó la vista. Su mirada me recorrió de pies a cabeza, pero esta vez no hubo nada clínico en su escrutinio. Sus ojos se detuvieron con una lentitud casi insultante en la forma en que mi ropa empapada se adhería a mi cuerpo, marcando la línea de mi pecho bajo la tela translúcida y el contorno rígido de mis caderas por el frío. No hubo rastro de sorpresa ni de lástima al ver mi estado deplorable. Solo un hambre oscura, un fuego latente que chocó de frente con mi piel helada.
—Cuarenta y cinco segundos —dijo Caleb, su voz grave y aterciopelada rebotando en la fría estancia—. Te tomó quince segundos subir desde el vestíbulo. Habla, Alexandra, antes de que ordene que te tiren a la calle.
Mantuve la cabeza en alto y caminé lentamente hacia su escritorio. Mis zapatos de suela plana y arruinada no hacían ruido contra la alfombra oscura, pero cada paso parecía resonar en el aire cargado entre nosotros.
—Tu secretaria fue amable al omitir la parte en la que parezco salida de un callejón, Navarro —comencé, forzando a mi voz a no temblar, aunque el frío y la adrenalina luchaban por controlarme.
—Mi secretaria sabe que no me importan las apariencias si hay negocios de por medio —Caleb sacó las manos de los bolsillos y, en lugar de quedarse detrás del escritorio, comenzó a rodearlo con la cadencia de un depredador—. Mencionaste a mi abuela. Y un ultimátum. Esas son palabras muy peligrosas para pronunciar en mi edificio.
Me detuve cuando acortó la distancia a menos de un metro. De cerca, el inconfundible aroma a sándalo y cedro de su colonia golpeó mis sentidos, una calidez amaderada que contrastaba bruscamente con la humedad de mi abrigo.
—Sé que te queda una semana —dijo, sosteniéndole la mirada con fiereza, negándome a dar un paso atrás—. Sé que Victoria Navarro, tu abuela y la mayor accionista de este negocio, está convencida de que tu estilo de vida de playboy es un riesgo para la imagen pública de Navarro Holdings. Y sé que la junta votará el próximo viernes para destituirte y colocar a tu primo en la silla de CEO si no demuestras que has sentado cabeza de forma definitiva.
Un silencio espeso cayó entre los dos. Caleb no se movió ni un milímetro, pero pude ver cómo los músculos de sus brazos se tensaban bajo la tela de la camisa.
—Esa información no existe en el dominio público —murmuró él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una amenaza letal. Dio otro paso hacia mí, acortando la distancia hasta invadir por completo mi espacio personal. Su gran envergadura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para no perder el contacto visual—. Es un secreto de la junta. ¿Quién te lo dijo?
No retrocedí. Levanté la barbilla para que nuestros ojos siguieran conectados, a pesar de la intimidante diferencia de altura y de la manera en que el calor de su cuerpo parecía irradiar hacia el mío.
—Soy relacionista pública, Caleb, mi trabajo es leer los desastres antes de que ocurran —respondí, mi mente trabajando a toda velocidad—. Tu abuela movió el cuarenta por ciento de sus acciones a un fideicomiso ciego hace exactamente un mes. Has despedido a tres de las mejores agencias de control de daños corporativo en las últimas dos semanas porque te sugerían "esconderte", no solucionar el problema de raíz.
Me permití una pequeña y afilada sonrisa.
—Suma dos más dos. Aunque debo admitir que mi intuición fue confirmada por una filtración desde el interior de tu propio bufete de abogados familiar. Alguien allí soltó la lengua sobre la redacción de un acuerdo prenupcial en blanco hace quince días. Te sugiero que cambies a tu equipo de seguridad de la información, Navarro, porque tienes fugas importantes. En fin... tu abuela te cortará el grifo si no te presentas a la asamblea en una semana con un anillo en el dedo y una esposa intachable del brazo.
Caleb me estudió. Durante un largo e insoportable minuto, pareció desarmar cada facción de mi rostro, buscando una fisura, una debilidad. Su mirada viajó desde mis ojos hasta mis labios pálidos por el frío, y luego descendió hacia la gota de lluvia que resbalaba por mi garganta.
De repente, una carcajada baja y oscura escapó de sus labios.
—Eres brillante, Alexandra. Siempre lo he sabido —admitió. Levantó una mano y, con una lentitud que me robó el aliento, apartó un mechón húmedo que se pegaba a mi mejilla. El roce de sus nudillos calientes contra mi piel fría me provocó un escalofrío que no pude disimular. Sus dedos no se apartaron; descendieron suavemente, trazando la línea de mi mandíbula hasta rozar mi pulso acelerado—. ¿Es el frío de la calle lo que te hace temblar, fiera, o es otra cosa?
Me tragué el nudo en la garganta, endureciendo mi postura. —Toda esa inteligencia tuya no te sirvió de mucho anoche, ¿verdad? —añadió él, retirando la mano con lentitud calculada—. Vi las noticias de la mañana. Mateo Vance te destrozó.
La mención de Mateo hizo que mi coraza de hielo volviera a su lugar de inmediato.
—No he venido a buscar tu lástima, Navarro. He venido a ofrecerte una transacción comercial.
—Ilumíname —Caleb bajó la mano, pero no se alejó. Extendió los brazos y apoyó las manos en el respaldo de un pesado sofá de cuero que estaba justo detrás de mí, atrapándome efectivamente en una jaula física. Su pecho rozó mi abrigo mojado.
—Necesitas una esposa —continué, intentando ignorar la fricción de su cuerpo—. Pero no puedes casarte con una modelo, ni con una heredera escandalosa de las que frecuentas, porque la junta se reiría en tu cara. Necesitas a una mujer de negocios respetable. Alguien con una reputación impecable de adicta al trabajo. Alguien que el mundo crea capaz de domar al tan conocido Diablo de Wall Street.
—¿Y tú crees ser esa mujer? —Caleb enarcó una ceja, mirándome con cruda ironía, aunque sus ojos oscuros delataban un deseo de dominación evidente—. Alexandra, según la prensa de esta mañana, estás sufriendo un colapso nervioso. Tienes a los bancos encima y hueles a lluvia barata.
—Tú sabes que eso es mentira —ataqué, mi voz endureciéndose, dando medio paso hacia él para cerrar el escaso espacio que nos separaba—. Y tú tienes el dinero y el poder en los medios para enterrar esa noticia antes del mediodía y limpiar mi nombre por completo. Tienes los recursos para pagar el tratamiento de mi madre, y tienes la necesidad imperiosa de ponerme un anillo.
—Podría hacerlo, sí —concedió él, ladeando la cabeza, su mirada cayendo de nuevo a mis labios—. La verdadera pregunta es: ¿por qué habría de hacerlo? ¿Qué obtengo yo de amarrarme a una mujer que, además de estar en la ruina, me detesta?
—Garantía —respondí de inmediato, sin pestañear—. Te detesto, sí. Y eso significa que soy la única mujer en esta ciudad que no intentará convertir este acuerdo corporativo en un matrimonio real. Fingiré por ti. Sonreiré para las cámaras. Seré la esposa devota y calmaré a tu abuela. Nadie dudará de tu estabilidad. Y a cambio...
Caleb se inclinó un poco más, su rostro a centímetros del mío, sus ojos brillando con una mezcla de peligro y una oscura fascinación. Su rodilla se deslizó sutilmente entre las mías, un roce furtivo que envió una descarga de adrenalina pura directo a mi vientre.
—¿Y a cambio, qué quieres, posible esposa mía?
La palabra "esposa" en sus labios sonó como una maldición exquisita y obscena. Su aliento chocó contra mi boca entreabierta.
—Venganza —susurré, dejando que el odio puro se filtrara en mi voz, ahogando el gemido traicionero que amenazaba con escapar—. Quiero a Mateo Vance arrastrándose por el suelo. Quiero que me des los recursos, el poder legal y el respaldo inagotable de tu imperio para destruir todo lo que él me robó. Y quiero que, cuando termine, él sepa que fuimos tú y yo quienes lo hundimos.
Caleb cerró los ojos por una fracción de segundo, tomando una respiración profunda. Cuando los volvió a abrir, ya no había burla en ellos. Había un hambre depredadora, cruda y abrumadora. El Diablo de Wall Street acababa de encontrar algo que realmente deseaba poseer.
—Hacer un trato conmigo es mucho más peligroso que cualquier estupidez que Mateo te haya hecho, Alexandra —me advirtió, su voz ronca bajando una octava.
Soltó el respaldo del sofá y sus manos descendieron a mi cintura. El agarre fue de hierro, posesivo y caliente, apretándome por completo contra su cuerpo rígido.
—Si aceptas este juego, dejas de pertenecerte —continuó Caleb, acorralándome definitivamente contra el cuero—. Eres mía ante la prensa, ante mi familia, y bajo el techo que yo decida. No habrá puerta que puedas cerrarme. No habrá secretos entre nosotros. Y cuando yo te mire, me responderás. Te devoraré viva, fiera, empezando por ese orgullo tuyo.
El aire se había vuelto irrespirable. La tensión sexual en la oficina era tan espesa que podría haberse cortado con un cuchillo.
—Ya no me queda nada que perder, Navarro —respondí, levantando el rostro, nuestros labios casi rozándose en un desafío mudo, negándome a bajar la mirada a pesar del latido ensordecedor que delataba mi excitación.
Caleb sonrió. Era una sonrisa letal, dominante y deslumbrante. —Eso está por verse.







