Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que siguió a su sonrisa fue sofocante. Mantuve la mirada fija en él, negándome a ceder ante la abrumadora presión de su cuerpo tan cerca del mío. Esperaba que se diera la vuelta, que sacara algún documento prefabricado de su escritorio y me humillara con exigencias absurdas. Estaba lista para pelear cada cláusula.
Pero Caleb no retrocedió de inmediato. En su lugar, su mirada descendió nuevamente, deteniéndose en la gota de lluvia que resbalaba por mi cuello hasta perderse en el escote de mi ropa empapada. Observó cómo un ligero temblor sacudía mis hombros.
Lentamente, levantó una mano. Contuve el aliento cuando sus nudillos calientes rozaron la solapa helada de mi abrigo, apenas acariciando la piel de mi clavícula. Fue un roce electrizante que envió una descarga directa a mi bajo vientre.
—No vamos a firmar nada hoy, Alexandra —dijo por fin, su voz vibrando en una octava peligrosamente baja, rompiendo la tensión física con una frialdad corporativa que me dejó descolocada. Dio un paso atrás, devolviéndome el oxígeno.
—No tengo tiempo para tus juegos, Navarro —escupí, la desesperación por la clínica de mi madre arañándome la garganta, aunque mi cuerpo aún ardía por su toque—. El viernes me quedo sin fondos. Necesito tu firma y necesito a tus abogados. Ahora.
—Y los tendrás. Pero yo no adquiero activos en quiebra sin antes auditar los daños —Caleb me evaluó de arriba abajo con una severidad que no lograba ocultar el fuego oscuro en sus ojos—. Mírate. Estás al borde de la hipotermia y tienes los labios morados. Si intentas negociar mi patrimonio en este estado, te destruiré legalmente en menos de cinco minutos y te dejaré sin nada, aunque confieso que sería divertido verte suplicar.
El orgullo me pinchó el pecho, pero mis rodillas temblorosas y el castañeteo de mis dientes le daban la razón.
Caleb suspiró, un sonido grave que delataba un atisbo de fastidio pero también una extraña y posesiva autoridad. Se giró hacia una de las paredes de nogal oscuro y presionó un panel oculto. La madera cedió, revelando una puerta que llevaba a una suite ejecutiva privada adjunta a su inmensa oficina.
—Entra —ordenó, señalando la puerta—. Hay una ducha caliente, toallas limpias y una bata. Te enviaré un café. Quítate esa ropa mojada antes de que colapses en mi alfombra y me vea obligado a desvestirte yo mismo.
El calor me subió a las mejillas de golpe.
—No he venido a buscar tu caridad, ni tus fantasías —me resistí, cruzándome de brazos para retener el calor y ocultar cómo mi respiración se había agitado.
Él soltó una risa seca, ruda y exasperantemente atractiva.
—No es caridad, Alex. Es preservación de mi inversión. Tómate media hora en el agua caliente para pensar si realmente tienes el estómago para venderme tu libertad. Yo aprovecharé ese tiempo para redactar exactamente cuánto te va a costar.
Sin esperar mi respuesta, me dio la espalda y caminó hacia su escritorio de obsidiana, encendiendo su ordenador.
Lo observé por un segundo. La firmeza de sus hombros y la autoridad letal con la que tecleaba me dejaron claro que estaba a punto de redactar mi prisión. Tragué saliva, cruzando el umbral hacia la suite, cerrando la puerta detrás de mí.
El agua hirviendo de la ducha se sintió como una bendición dolorosa. Me froté la piel hasta que se enrojeció, intentando lavar no solo la lluvia y el frío, sino la sensación de asco que me había dejado el recuerdo de Mateo e Isabella en mi cama.
Pensé en mi madre. Pensé en los pitidos de las máquinas de su habitación en la clínica. Ese pensamiento ahogó cualquier duda. Me enfrentaría al Diablo y a sus contratos abusivos con tal de mantenerla a salvo.
Me sequé el cabello, me envolví en la gruesa bata de rizo blanco que colgaba tras la puerta, anudando el cinturón con fuerza alrededor de mi cintura. Tras beberme de un sorbo el café negro que un empleado silencioso había dejado sobre una mesita de cristal, volví a abrir la puerta de conexión.
Caleb estaba de pie frente a su ventanal, con una taza en la mano, mirando la ciudad. Al escucharme entrar, se giró.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo envuelto en la bata blanca. La mirada de depredador corporativo fue reemplazada instantáneamente por una intensidad puramente masculina, caliente y hambrienta. Su escrutinio se detuvo en el escote en "V" que dejaba la bata y en mis piernas descalzas, haciendo que el aire de la oficina se volviera espeso e irrespirable.
—Mucho mejor —ronroneó él, dejando su taza en el alféizar de la ventana—. Aunque admito que la bata oculta demasiado.
—No es un desfile, Navarro. Espero que el contrato esté listo —dije, caminando hacia su escritorio para romper el pesado e insistente escrutinio de sus ojos, rogando que no notara cómo mi pulso latía desbocado en mi cuello.
Caleb caminó hacia la mesa con la gracia de un felino, girando el monitor de su ordenador hacia mí. En la pantalla brillaban párrafos de texto denso y clínico.
—Las condiciones son innegociables —dictaminó él, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia mí—. Cláusula uno: cohabitación estricta. Vivirás en mi penthouse. Cero escándalos, cero prensa sin mi autorización. Te convertirás en la sombra de mi imperio ante mi familia. Dormirás bajo mi techo.
Mis ojos recorrieron rápidamente las palabras en la pantalla hasta detenerse en el apartado financiero.
—¿Asumes mi deuda y te conviertes en mi acreedor principal? —pregunté, sintiendo que la sangre se me helaba, levantando la vista para encontrar su rostro a escasos centímetros del mío—. Me conviertes en tu prisionera financiera. Si tú eres mi acreedor, dependo de ti incluso después de recuperar mi agencia.
Caleb rodeó el escritorio lentamente, acortando la distancia hasta que mi espalda chocó contra el borde del cristal. Quedé atrapada entre la mesa y su cuerpo imponente.
—"Prisionera" es una palabra muy dramática, cariño —susurró Caleb, su voz suave pero implacable. Levantó una mano y trazó con un solo dedo el borde de mi bata, rozando la piel sensible de mi clavícula—. Prefiero llamarlo exclusividad. Si te doy mis abogados y mi dinero para salvar a tu madre hoy, necesito garantías de que no desaparecerás cuando yo necesite que le sonrías a mi abuela la próxima semana. Tu deuda te mantiene atada a mí hasta que yo decida soltarte.
El roce de su dedo enviaba chispas de fuego por todo mi cuerpo. Apreté los dientes, odiándome por lo bien que se sentía su cercanía. Era una jaula de acero perfecta.
—Eres un cabrón manipulador, Caleb.
—Soy el cabrón que va a salvar la vida de tu madre y va a destruir a Mateo Vance —corrigió él. Acortó el último milímetro de espacio, presionando su pecho contra el mío. El nudo de mi bata era la única barrera entre nosotros. Bajó el rostro hasta que su aliento caliente chocó contra mis labios—. Tómalo, Alexandra, o sal por esa puerta y vuelve a la lluvia.
La intensidad de su mirada, oscura, dominante y cargada de una lujuria que ya no intentaba esconder, me atravesó por completo. No estaba jugando. Me quería en su cama tanto como en su contrato. Era él o el abismo absoluto.
Me obligué a sostenerle la mirada, sintiendo el aroma a sándalo que emanaba de su piel embriagándome.
—Imprímelo —sentencié, mi voz saliendo más ronca de lo que pretendía—. Lo firmaré.Una sonrisa lenta, triunfal y obscenamente sexy curvó los labios de Caleb.
—Buena chica —murmuró. Su mano se deslizó desde mi clavícula hasta mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello húmedo. Por un segundo eterno, creí que iba a besarme allí mismo. Mi cuerpo se arqueó instintivamente hacia el suyo, anhelándolo—. Pero la firma será mañana. Hoy tenemos una audición.
Soltó mi cabello con una lentitud tortuosa, dejándome mareada y al borde de la frustración. Fruncí el ceño, intentando recuperar el aliento.
—¿Audición?
Caleb se apartó un paso, sus ojos brillando con un peligroso entusiasmo corporativo que apenas enmascaraba el fuego de hace un segundo.
—Mateo Vance ofrece una gala esta noche en el Ritz para celebrar su nombramiento como CEO absoluto y tu supuesta caída nerviosa. Ha invitado a toda la prensa. Vamos a entrar por esa puerta, le robaremos las cámaras, y le demostraremos a tu prometido que acabas de ascender de liga.







