Mundo ficciónIniciar sesiónNo tuve tiempo de procesar la magnitud de lo que Caleb acababa de decirme antes de que las puertas de la oficina se abrieran de par en par.
Un equipo de cuatro mujeres vestidas de negro inmaculado entró arrastrando burros de ropa forrados en fundas protectoras, cajas de zapatos de diseñador y maletines de maquillaje que parecían cajas fuertes en miniatura. La suite privada adjunta a la oficina del CEO se convirtió en un camerino de alta costura en cuestión de minutos.
Caleb me dio una última mirada evaluadora.
—Te daré espacio. Elena te entregará el contrato oficial mañana temprano. Por ahora, conviértete en la peor pesadilla de Mateo.
Salió de la suite cerrando la puerta de madera, dejándome a merced del equipo de estilistas.
Durante la siguiente hora y media, mi cuerpo operó en piloto automático mientras aquellas mujeres trabajaban sobre mí con una precisión militar. Limpiaron mi rostro, hidrataron mi piel exhausta y aplicaron un maquillaje que no buscaba hacerme lucir angelical, sino inalcanzable y fría. Mi cabello, antes un desastre pegado por la lluvia, fue moldeado en ondas pulidas que caían sobre mi espalda.
—El señor Navarro solicitó específicamente este vestido para usted, señorita —dijo la estilista principal, abriendo una funda negra con guantes blancos.
La tela capturó la luz de la habitación. Era un vestido de seda en un tono verde esmeralda tan profundo que casi parecía negro en las sombras. El diseño era una contradicción exquisita: de manga larga y cuello alto por delante, proyectando una elegancia conservadora que gritaría "dinero viejo". Pero cuando me lo puse y me giré hacia el espejo, contuve el aliento.
La espalda estaba completamente descubierta en un profundo corte en "V" que terminaba peligrosamente justo donde comenzaba la curva de mis caderas. La seda se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando cada línea y dejándome sentir el aire fresco de la habitación en mi piel desnuda.
Me deslicé en unos tacones stiletto negros y me miré de cuerpo entero. Ya no quedaba rastro de la mujer destruida y humillada. La mujer en el espejo estaba lista para cobrar venganza.
Unos toques discretos en la puerta rompieron el silencio.
—Pasa —dije, sin darme la vuelta, manteniendo la vista en mi propio reflejo.
Caleb abrió la puerta. Se había cambiado su camisa de oficina por un esmoquin negro a medida que resaltaba la amplitud de sus hombros de una manera casi insultante. La pajarita estaba deshecha alrededor de su cuello, dándole un aire de poder relajado y letal.
Sus ojos oscuros se clavaron en mí en el espejo. La máscara implacable que siempre llevaba pareció agrietarse por una fracción de segundo. Me recorrió desde la punta de mis tacones, subiendo por la caída de la seda esmeralda.
—El verde definitivamente es el color de la envidia —murmuró finalmente, su voz un octava más grave que de costumbre. Dio un paso hacia adentro y despidió al equipo de estilistas con un gesto de la mano—. Mateo se va a atragantar con su propio ego cuando te vea.
Las mujeres salieron rápidamente, cerrando la pesada puerta de madera tras ellas. Nos quedamos completamente a solas. La suite, que hasta hace un minuto estaba llena de ruidos y brochas, de repente se sintió densa, asfixiante y diez grados más caliente.
Caleb caminó a mi alrededor con pasos lentos y felinos, como un depredador evaluando a su presa. Me obligué a no moverme bajo el peso físico de su escrutinio. Cuando llegó a mi espalda, se detuvo en seco. Sentí su respiración chocar contra la piel desnuda de mis omóplatos.
—Los del equipo de estilo olvidaron mencionar que este vestido es un arma letal encubierta —dijo, su voz ronca vibrando a escasos centímetros de mi nuca.
Levanté la barbilla, mirándolo directamente a través del reflejo del espejo.
—¿Es demasiado atrevido para la conservadora junta de Navarro Holdings? —lo provoqué, intentando sonar segura mientras mi corazón martilleaba contra mis costillas—. ¿O es que te asusta que los invitados miren de más, Caleb?Caleb acortó el milímetro de distancia que nos separaba. Su pecho rozó mi espalda descubierta.
—No me asusta que miren, Alexandra —susurró.Levantó una mano. Sentí el contacto frío de su anillo de sello y luego el calor abrasador de sus yemas trazando el borde de la "V" profunda del vestido, acariciando la curva baja de mi columna. Un estremecimiento violento me recorrió el cuerpo entero, debilitando mis rodillas.
—Me asusta la masacre que voy a tener que hacer cuando el primer imbécil se atreva a mirarte más de tres segundos —añadió, su pulgar presionando ligeramente contra mi piel, marcando territorio.
Tragué saliva, luchando por encontrar mi voz. Me giré lentamente para enfrentarlo, rompiendo el contacto ardiente de su mano, pero quedando efectivamente atrapada entre su cuerpo imponente y el tocador del espejo.
—Somos socios, Navarro. No tienes que actuar de forma tan territorial cuando no hay cámaras frente a nosotros. Guarda el espectáculo para el Ritz.
—A partir del momento en que salgamos por esa puerta, dejas de ser mi socia y pasas a ser mía —Caleb levantó una mano y, con una lentitud electrizante, apartó un mechón de cabello que caía sobre mi hombro desnudo. Sus dedos largos rozaron la piel de mi clavícula, subiendo para acariciar mi pulso desbocado—. Estás temblando.
—Es la anticipación. Quiero ver la cara de Mateo —mentí, aunque mi respiración agitada me delataba.
—Mírate al espejo, fiera —ordenó en un murmullo denso. Me negué a apartar la vista de sus ojos, pero él tomó mi barbilla con firmeza y me obligó a girar la cabeza hacia el cristal—. A partir de hoy, eres intocable. Cuando te hagan una pregunta, vas a sonreír. Y cuando me mires frente a la prensa, lo harás como si el resto del mundo no existiera. Como si estuvieras tan loca por mí que rogaras que te llevara de vuelta a este penthouse y te arrancara esta seda del cuerpo. ¿Entendido?
Mi reflejo mostraba a una mujer con las mejillas encendidas y los labios entreabiertos, flanqueada por la figura dominante y oscura de Caleb. El contraste era pecaminoso.
—Yo no le ruego a nadie, Caleb —lo desafié, girándome de nuevo hacia él, rozando deliberadamente mi pecho contra su esmoquin para demostrarle que no le tenía miedo a su proximidad.
La comisura de los labios de Caleb se estiró en una sonrisa puramente depredadora.
—Eso también está por verse.El trayecto en la parte trasera de su Bentley hasta el Ritz fue una clase magistral de tensión contenida.
Las luces de la ciudad pasaban como ráfagas por los cristales tintados del auto. Caleb iba sentado a mi lado, revisando mensajes en su teléfono con una calma aparente, mientras yo apretaba mi pequeño bolso de noche con ambas manos sobre mi regazo, luchando contra la ansiedad.
Sentía que iba camino al cadalso. Mateo estaría allí. Isabella estaría allí. Toda la industria de relaciones públicas a la que yo había dedicado mi vida estaría celebrando mi caída a expensas de la champaña que yo misma había pagado con mi trabajo.
—Respira —la voz de Caleb rompió el silencio oscuro del coche—. Si sigues apretando los dientes vas a astillarlos antes de llegar al postre.
—Es fácil para ti decirlo. Tú estás acostumbrado a enfrentar crisis y escándalos. Yo voy a ver al hombre que me destruyó pavonearse frente a todos —admití, la frustración filtrándose en mi voz mientras jugueteaba nerviosamente con el borde del asiento.
Caleb bloqueó su teléfono y lo tiró a un lado. La penumbra del coche hacía que sus facciones se vieran aún más afiladas y peligrosas. Acortó la distancia entre nosotros y posó su mano grande y pesada directamente sobre mi rodilla desnuda, justo donde terminaba la abertura lateral de la falda esmeralda.
El contacto de su piel caliente contra la mía me hizo tragar saliva de golpe.
—Nadie te va a mirar con lástima esta noche, Alex. No te lo voy a permitir —dijo, sus dedos apretando mi muslo con una firmeza que me ancló de inmediato a la realidad—. Y deja de morderte el labio inferior.
Su mirada descendió hacia mi boca, oscura y pesada.
—A menos que quieras que te quite el labial yo mismo antes de que lleguemos a la alfombra roja.
Abrí los ojos desmesuradamente, soltando mi labio al instante. El calor inundó mis mejillas, pero el desafío se encendió en mi interior.
—No te atreverías. Las cámaras están a cinco minutos.Caleb se inclinó hacia mí, invadiendo por completo mi espacio en el estrecho asiento trasero. El olor a cedro me envolvió.
—Ponme a prueba, Alexandra. Dame una sola excusa para arruinarte el maquillaje y veremos si llegamos a poner un pie en esa gala.La amenaza estaba cargada de una promesa tan gráfica y excitante que me dejó sin palabras. El aire se volvió espeso, pesado por la anticipación de un beso que parecía inminente. Mis labios se entreabrieron involuntariamente.
Pero antes de que pudiera responder a su provocación, el auto disminuyó la velocidad drásticamente. A través del cristal delantero, pude ver la entrada principal del Ritz infestada de reporteros, fotógrafos y luces blancas iluminando la alfombra roja.
Caleb se apartó un par de centímetros, su mirada aún clavada en mi boca, antes de girarse hacia la puerta.
—Es la hora del espectáculo —dijo.El chofer tiró de la manija. El ruido ensordecedor de la prensa estalló contra nosotros. Caleb salió primero, se ajustó el saco del esmoquin con una calma insultante, y se giró para ofrecerme la mano.
Tomé una última respiración profunda, entrelacé mis dedos con los suyos y salí del auto directamente hacia el caos de los flashes, lista para incendiar la noche.







