El eco de mis palabras flotó en el silencio de la cocina, mezclándose con la respiración pesada de Caleb.«Estoy encantada de hacer negocios contigo, esposo.»Caleb bajó la mirada hacia la carpeta de cuero negro, donde la tinta de mi firma aún brillaba, húmeda y definitiva, bajo las luces halógenas. Había vendido mi alma. Le había entregado el control legal de mi vida durante los próximos doce meses.Cuando volvió a levantar los ojos hacia mí, el aire en la habitación pareció evaporarse. La máscara del CEO frío, calculador e intocable que había mantenido durante toda la cena con su abuela se fracturó en mil pedazos. Lo que quedó al descubierto fue una versión de Caleb mucho más primaria, oscura y territorial.—¿Negocios? —murmuró Caleb, su voz cayendo a un tono tan bajo y áspero que vibró en la base de mi estómago—. Cariño, a puerta cerrada tú y yo acabamos de dejar de ser socios.Antes de que pudiera procesar sus palabras, Caleb acortó el metro de distancia que nos separaba en una so
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