Mundo ficciónIniciar sesiónXimena Baeza lo tenía todo calculado: el prometido correcto, la boda perfecta, el futuro que su familia necesitaba. Hasta que esa noche en Los Cabos lo escuchó todo. Las palabras de Gael la destrozaron. El tequila la nubló. Y un beso en la oscuridad lo cambió todo. El problema no fue besar a un desconocido en una villa privada. El problema fue descubrir que ese desconocido era Darien Alcázar: el hermano mayor. El heredero caído. El hombre que su familia jamás debió acercarle. Cuando Gael filtró el video y la prensa mexicana convirtió su dolor en espectáculo, Ximena quedó sola frente a un mundo que la juzgaba. Hasta que Darien apareció ante las cámaras y declaró algo que nadie esperaba. Ahora están atados por un matrimonio que ninguno planeó, por secretos que sus familias enterraron hace veinte años, y por una atracción que ninguno de los dos sabe cómo apagar. Ximena creyó que había besado al hermano equivocado. Pronto descubrirá que quizás fue el único que siempre estuvo en el lugar correcto.
Leer másXimena encontró a su prometido besando a su mejor amiga diez minutos antes del brindis.
La terraza lateral del hotel estaba a oscuras, pero no lo suficiente. La luz del mar de Los Cabos llegaba en destellos plateados sobre las baldosas, y en esos destellos Ximena vio todo lo que necesitaba ver: las manos de Gael en la cintura de Renata, la boca de él sobre la de ella, los dedos de Renata aferrados al cuello de su camisa con esa familiaridad que no se construye en una noche.
No fue un beso de descuido. Fue el beso de dos personas que llevan tiempo haciéndolo.
Ximena no se movió. Sostenía su copa de tequila en la mano derecha —el añejo reserva de Los Cabos, el único que se servía en fiestas de esta magnitud— y se quedó en el umbral de la puerta entreabierta mientras el mar seguía haciendo su trabajo al otro lado de la terraza, completamente indiferente. Dentro, ciento veinte invitados esperaban el brindis oficial. Fuera, su prometido le pasaba los pulgares por la mandíbula a su mejor amiga como si la noche entera le perteneciera.
Retrocedió sin hacer ruido. Cerró la puerta con el cuidado de quien no quiere despertar a nadie, aunque lo que realmente no quería era darles la satisfacción de saber que los había visto.
Había llegado a esa fiesta convencida de al menos una cosa: que Gael Alcázar era la opción correcta. No la pasión de su vida, quizá, pero sí la persona adecuada para el momento adecuado, el hombre que encajaba en el espacio que dos años de noviazgo habían modelado con paciencia. Ximena Baeza no necesitaba fuegos artificiales. Necesitaba certeza. Y Gael, con su sonrisa generosa y su apellido resonando en cada sala de negocios del país, le había dado exactamente eso.
O eso había creído hasta hace cuatro minutos.
Caminó de regreso al salón con el vestido blanco rozando el suelo de mármol y la copa de tequila sin tocar, saludando de paso a la esposa del señor Vander que le preguntó algo sobre el menú, respondiendo con la precisión automática de alguien que ha ensayado esto suficiente como para hacerlo sin pensar. Su madre Elena la interceptó junto a los arreglos de gardenias con una mirada de inventario.
—Ya van a anunciar el brindis —murmuró sin apartar la sonrisa del rostro—. ¿Dónde estaba?
—Buscando a Gael —respondió Ximena con la misma sonrisa fija.
Su madre no preguntó si lo había encontrado. No era esa clase de madre.
Gael apareció desde el otro extremo del salón tres minutos después, con el traje perfecto y la sonrisa perfecta y ni un solo rastro del pintalabios de Renata en ningún lugar visible, lo que le dijo a Ximena que aquello tampoco era nuevo: sabía borrarlo. Sus ojos la buscaron entre los invitados y cuando la encontraron le dedicó esa sonrisa que solo era para ella, la sonrisa pequeña y privada que había interpretado durante dos años como intimidad.
Ahora entendía que era actuación.
Renata llegó desde el baño cinco minutos después, el labial recién retocado y el cabello impecable, y le dio a Ximena el tipo de abrazo que se da cuando no se quiere que el cuerpo haga contacto real. Un segundo menos que un abrazo normal. Ximena lo sintió como siempre lo había sentido, como algo demasiado breve, y por primera vez en dos años entendió por qué.
—Estás preciosa —dijo Renata, y lo decía en serio, que era lo más perverso de todo.
—Tú también —respondió Ximena.
El maestro de ceremonias anunció su nombre desde el micrófono. Los ciento veinte invitados se pusieron de pie. La orquesta levantó el volumen y Gael cruzó el salón hacia ella con esa seguridad suya que llenaba todas las habitaciones, tomó su mano libre, y la miró con los ojos brillantes de algo que parecía exactamente el orgullo que uno le dedicaría a la mujer de su vida.
Ximena levantó su copa.
Sonrió hacia la sala entera, hacia los flashes de los fotógrafos, hacia su padre Arturo que la observaba desde una mesa lateral con la expresión satisfecha de quien acaba de cerrar el mejor negocio de su carrera, hacia Renata que aplaudía en la segunda fila con los ojos brillantes de un sentimiento que ahora Ximena podía leer correctamente.
Brindó.
Perfectamente.
Y mientras el tequila le bajaba por la garganta, lo único en lo que pensaba era en que todavía tenía diez días antes de la boda. Y que diez días eran suficientes para destruir a dos personas con mucha más elegancia de la que ellos le habían concedido a ella.
Gael Alcázar convocó una conferencia de prensa para las siete de la tarde. Ximena y Darien tenían reservación en el mismo restaurante desde las ocho.No fue coincidencia. Ximena lo supo en el momento en que su teléfono empezó a llenarse de capturas de la transmisión en vivo de Gael: traje gris, expresión de hombre herido, micrófono frente a una veintena de reporteros en el lobby de las oficinas de Grupo Alcázar en Reforma. A su lado, Renata, con un vestido color crema que la hacía parecer exactamente lo que quería parecer: la víctima equivocada en el lugar equivocado.Gael habló durante doce minutos. Habló de la traición, del dolor, de cómo había intentado proteger a Ximena de sus propios impulsos durante dos años de noviazgo. Habló de Darien con el tono que se usa para hablar de algo peligroso que uno preferiría no nombrar. Y al final, con la voz controlada de alguien que ha ensayado suficiente para que parezca espontáneo, anunció que Renata y él formalizarían su relación en los próx
La habitación que Darien le asignó estaba en el extremo opuesto de la casa. Lo suficientemente lejos para ser un mensaje. Lo suficientemente cerca para que ella lo escuchara moverse por las noches.La casa de San Miguel de Allende no era lo que Ximena había imaginado. Había imaginado algo frío, calculado, decorado para impresionar, como todo lo que rodeaba a un Alcázar. Pero la propiedad de Darien tenía paredes de cantera rosa gastada por el tiempo, un jardín con jacarandas que nadie había podado con demasiado rigor, y una cocina que olía a café de la mañana y a algo más antiguo, a adobe caliente y madera de mezquite. Era la casa de alguien que vivía ahí de verdad, no de alguien que la exhibía.Una mujer de unos sesenta años llamada Petra los recibió en la entrada con la sencillez de quien lleva suficientes años en una casa como para no impresionarse por nada. Le mostró a Ximena su habitación: espaciosa, con una ventana que daba al jardín y una cama cubierta con un textil de Oaxaca qu
Firmó su nombre junto al de un desconocido y lo único en que pensó fue en que sus manos se parecían demasiado a las de alguien que había visto antes.Ciudad de México recibió a Ximena con el tráfico de las diez y un cielo que no terminaba de decidir si iba a llover. El despacho estaba en Polanco, en un edificio donde el silencio era tan deliberado como el precio por hora de sus servicios. Ximena llegó sola. Darien ya estaba adentro.Lo vio a través del cristal de la sala de juntas antes de que abrieran la puerta: sentado con la chaqueta sobre el respaldo, un documento abierto frente a él que leía con la concentración de alguien para quien los contratos son un idioma nativo. A su derecha, su abogado. Nadie más. Ningún representante de la familia Alcázar, ningún mensajero de Octavio. Esa ausencia decía más que cualquier explicación.El contrato era frío y preciso: duración mínima de dos años, apariciones públicas acordadas, separación total de patrimonios, cláusula de confidencialidad.
Le propuso matrimonio como quien pide el menú: sin emoción, sin rodeos, y sin darle realmente opción de decir que no.La sala privada que Darien eligió estaba al fondo del ala de conferencias, lejos del lobby y de los periodistas con sus micrófonos y su hambre. Era una habitación sin ventanas al exterior, con una mesa larga de madera oscura y una cafetera que alguien había dejado encendida. Darien la condujo hasta ahí por un corredor que Ximena no conocía, sin apresurar el paso, sin mirar hacia atrás para verificar que ella lo seguía. Simplemente asumió que lo haría.Pidió café con una llamada de dos palabras. Se sentó. Y sin ningún preámbulo le explicó, con la misma precisión desapasionada con que alguien revisa un contrato, exactamente lo que Gael había hecho: el asistente con la laptop entrando al corredor de las villas a las once cuarenta y cinco, el video circulando dos horas después, la agencia de comunicación de crisis en Ciudad de México que Gael tenía en marcación rápida.—¿P





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