Mundo ficciónIniciar sesiónEmi Vega es una dulce jovencita que no le ha tocado una vida bonita. Perdió a sus padres en un accidente automovilistico a la edad de diez años y donde ella perdió la vista. A su cargo quedó una tía Lourdes, que en realidad era la sirvienta de su casa, pero fue la única persona que se quiso hacer cargo de ella, por la lealtad hacia su familia. Sus padres la dejaron sin herencia, perdió la casa y todos los bienes que poseían dejándola sin nada, Lourdes no tuvo más opción que enviarla a un orfanato. A los dieciocho años recibió un correo donde la solicitaba el señor Scutaro, el mejor amigo de su padre, un hombre muy reconocido en la ciudad por su gran fortuna. Creyó que era por trabajo, pero en realidad él ya tenía un matrimonio bajo un contrato con su hijo Gabriel a quien él manipulaba y usaba como pieza de ajedrez para conseguir lo que quería. Al ser Emi una chica tan inocente e ilusa rápidamente se enamoró de Gabriel y aunque él siempre la rechazó, también llegará el momento en el que la ternura de la chica lo doblega. Sin embargo, lo peor no fue el matrimonio, sino lo que Emi descubrió después y lo que hizo que su bondad se acabara orquestando una gran venganza contra todos los involucrados en su desdicha incluyendo a su esposo. ¿Qué será lo que Emi descubre y cómo se vengará? Acompañame a descubrirlo en esta emocionante historia.
Leer másEmi cumplía dieciocho años ese día, con la certeza de que no habría pasteles ni regalos. Para todos, ella era simplemente "la ciega del orfanato", una condición que arrastraba desde aquel fatídico accidente donde perdió a sus padres. Sin embargo, su corazón latía con emoción; al alcanzar la mayoría de edad, esperaba dejar de ser una huérfana más para convertirse en empleada del lugar, ya fuera como secretaria o ayudante.
Al dirigirse a la oficina, las monjas y la madre superiora la esperaban con una mezcla de alegría y solemnidad.
—¡Hola, Emi, feliz cumpleaños! —exclamó la madre superiora—. Sabemos que es un día especial, así que tenemos sorpresas para ti, pero también algo importante que decirte.
Tras los agradecimientos de la joven, la superiora le entregó dos obsequios: un teléfono de última generación y un dispositivo tecnológico diseñado para guiarla de forma autónoma por la ciudad.
—¿Por la ciudad? —preguntó Emi, desconcertada. No había salido sola desde que perdió la visión total a los quince años.
—Emi, ya eres mayor de edad y debes estar con tu tía —explicó la mujer—. Recibimos un correo indicando que te esperan en la Mansión Scutaro.
La joven sintió un alivio inmediato. Seguramente la necesitaban para trabajar, pensó con optimismo. Tras una breve instrucción sobre el uso del dispositivo, Emi demostró su rapidez mental para aprender. Empacó sus escasos cuatro vestidos en una maleta, acomodó a su conejo, Don Zanahoria, en su jaula y, tras despedirse de los niños, emprendió el viaje.
Al llegar a la terminal, tomó un taxi hacia la dirección indicada. Cuando el vehículo se detuvo, su dispositivo le informó que se encontraba ante una propiedad de gran tamaño. El ruido de motores de lujo y el chirrido de un portón pesado le confirmaron que no era una casa cualquiera. El canto de los grillos le advirtió que la oscuridad ya envolvía el ambiente.
De pronto, el dispositivo comenzó a descargarse, dándole una última instrucción: caminar derecho. El nerviosismo empezó a ganar terreno en su pecho mientras avanzaba a tientas, buscando a alguien que pudiera orientarla. El miedo era palpable, hasta que una voz rompió el silencio.
—¿Quién eres tú? ¿Qué quieres? —preguntó un hombre, con un tono cargado de sorpresa y extrañeza, la muchacha frente a él era muy hermosa.
—Gracias al cielo... Buenas noches —respondió ella, tratando de calmarse—. Necesito ayuda, señor, busco esta dirección.
Emi extendió el papel donde estaba escrita la ubicación. Sintió la presencia del hombre frente a ella mientras él leía la nota.
—Sí, es la dirección correcta, pero... ¿a quién buscas?
El hombre la observaba no podía creer que aquella niña flaca y sin gracia se hubiera convertido en una mujer hermosa y esbelta.
—Busco a mi tía Lourdes, ella trabaja para la familia Scutaro.
El sonido del papel siendo arrugado y lanzado al suelo la sobresaltó. Pudo percibir la molestia del hombre, aunque no entendía el motivo. En ese momento, la voz de su tía llegó como un bálsamo. Al intentar correr hacia ella, guiada por el oído, Emi tropezó con aquel extraño.
Unos brazos fuertes la sujetaron para evitar que cayera, justo cuando escuchó el grito alarmado de su tía.
—¡Emi, por Dios! Debes tener cuidado —exclamó Lourdes, antes de añadir con temor—: Disculpe, señor Scutaro.
—Lourdes, ella puede pasar la noche aquí, pero mañana debe irse temprano.
No la quiero volver a ver —sentenció el hombre con una frialdad cortante.
Ya en la habitación, Emi intentaba procesar el rechazo de aquel hombre.
Lourdes, entre regaños y preocupación, no podía creer que su sobrina hubiera viajado sola.
—Tía, las monjas dijeron que llegó un correo pidiéndome. Pensé que era para trabajar —explicó la joven.
—Qué raro, a mí no me han dicho nada —murmuró Lourdes, inquieta—. Esas monjas debieron esperar a que yo me comunicara.
Mientras su tía iba a la cocina por comida, Emi inspeccionó el cuarto. Sus dedos recorrieron las sábanas de seda y su olfato captó el aroma de muebles finos; todo allí gritaba elegancia. Pero la curiosidad pudo más que la prudencia. Necesitaba explorar.
Guiada por sus aguzados sentidos, logró llegar cerca de la cocina. Allí, escuchó a su tía conversando con el mismo hombre de la entrada. Su voz, que ya había memorizado como sinónimo de desagrado, resonó con autoridad.
—Lourdes, necesito que hables con tu sobrina —dijo el señor Scutaro.
—Señor, yo no sabía que venía. Mañana mismo se va.
Se hizo un silencio pesado, interrumpido solo por la respiración agitada del hombre y sus pasos erráticos.
—Yo la mandé a buscar —confesó él finalmente—. Solo que no creí que aparecería tan pronto y sola. Ella será la esposa de mi hijo Gabriel y se irá a vivir con él a la finca. Por eso no se quedará en esta casa.
Emi, oculta, sintió que el mundo se detenía. ¿Casarse? ¿Con un extraño?
—¿Casarse? ¡Mi niña no! —protestó Lourdes—. ¿Por qué quiere casarla con su único hijo?
—Él es el único heredero —respondió Scutaro con cinismo—. Necesito que se case con una mujer sumisa, por no decir tonta, ya sabes y mas con su ceguera es la mujer perfecta. No quiero una mujer que saque las garras y le quite todo.
Emi recordó entonces que aquel hombre había sido amigo de sus padres, pero la forma despectiva en que hablaba de ella la llenó de indignación. Cuando Lourdes se negó a colaborar, la amenaza del hombre fue inmediata:
—¡Te despido y te lanzo a la calle, Lourdes!—gritó señalándola con el dedo mirando a los ojos a la pobre señora—Habla con ella. Mañana estará todo listo y se casará con mi hijo y se irán a la finca.
Al escuchar aquello, las piernas de Emi temblaron, pero su resolución fue clara: aquel hombre estaba muy equivocado si pensaba que podía decidir su destino. No se casaría con nadie, definitivamente estas eran malas noticias.
Esos días de recuperación terminaron de sanar el alma de Emi. Aprovechando el reposo y la luz suave de la casa, Lourdes llegó una tarde a la habitación cargando varios álbumes de fotos pesados, con portadas de terciopelo desgastadas por el tiempo.Para Emi, abrir esos libros fue como abrir una ventana al pasado. Por primera vez en su vida, pudo ver los rostros de sus padres: la mirada noble y firme de don Ramiro, y la dulce sonrisa de su madre. Pasó los dedos sobre el papel fotográfico, detallando cada facción, cada paisaje de la hacienda de cuando ella era apenas una niña pequeña. En un momento de la tarde, Emi se levantó y se paró frente al gran espejo de la habitación; se quitó las gafas claras de protección y se miró fijamente. No podía creer lo hermosa que era. Durante años se había imaginado a través de las palabras de los demás, pero verse allí, con sus facciones finas y sus ojos llenos de vida, le devolvió una seguridad que creía perdida.Justo entonces, Lourdes se acercó con
El ruso se llevaba al niño a pasear por los jardines, le enseñaba historias y jugaba con él cerca del lago, ganándose por completo la admiración y el cariño del hijo de Emi. Para el pequeño, Dimitri se había convertido en su tío favorito, un roble en quien confiar.Emi cumplió cada indicación médica de manera estricta. Permaneció en una habitación en penumbra, con los ojos cubiertos por un vendaje blanco y espeso. El aislamiento físico no hizo más que agudizar su mente; la expectativa de lo que vendría y la inmensa ilusión de abrir los ojos y ver por fin el rostro de su hijo la mantenían fuerte, conteniendo la respiración ante el milagro que estaba por completarse.Hasta que llegó el día señalado por el especialista para retirar las vendas.El médico principal llegó a la hacienda acompañado por Argüello y Dimitri. La habitación principal se mantuvo con las cortinas semi abiertas, dejando entrar apenas una luz suave y difusa de la tarde. Emi estaba sentada en el centro de la cama, con
El beso fue un choque. Para Emi, fue como si el mundo se detuviera; el asombro la paralizó. No fue un beso tierno, sino un reclamo, una marca de propiedad y una promesa tácita de que, después de mañana, nada volvería a ser igual. Emi no respondió, pero tampoco se apartó; se quedó allí, atrapada en el asombro, mientras el peso de su nueva realidad —la batalla inminente y la esperanza de recuperar su vista— colapsaba sobre ella.Cuando Dimitri finalmente se alejó un par de centímetros, manteniéndola todavía bajo el efecto de su presencia, Emi recuperó el aliento, con el corazón martilleando contra sus costillas.—Mañana —dijo ella, con la voz apenas un susurro, intentando recuperar el control que ese beso le había arrebatado—. Mañana la ciencia tendrá la última palabra, Dimitri. Pero no olvides el trato. Solo deseo que caiga Scutaro.Dimitri sonrió, una sonrisa que prometía caos y redención a partes iguales.No se mostró intimidado; al contrario, regresó a su asiento con total control y
Durante tres años, el tiempo fluyó como un río manso en la superficie, pero con corrientes devastadoras en el fondo. En la hermosa casa de la colina, la vida transcurría entre el aroma de los jardines y las risas de un niño fuerte que crecía arrullado por el lago. Emi se entregó por completo a la maternidad, pero no descuidó ni un segundo su objetivo. Mientras criaba a su hijo, pasaba las noches escuchando audiolibros de finanzas, memorizando leyes mercantiles y perfeccionando estrategias de alta negociación. La astucia empresarial no era algo que hubiera tenido que aprender; lo llevaba en la sangre, era el legado directo del señor Ramiro Vega.En la ciudad, el plan se ejecutó con una precisión quirúrgica. Dimitri, actuando como el tiburón financiero perfecto, fue absorbiendo una a una las acciones de los socios minoritarios. Cada vez que un inversionista flaqueaba o Scutaro descuidaba un flanco, el ruso aparecía con un maletín lleno de capital listo para comprar. El abogado Argüello
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