Mundo ficciónIniciar sesiónGael Briggs le rompió el corazón a Rebeca Urdiales cuando su hija tenía apenas un año. Rebeca lo descubrió en la cama con otra mujer. Aunque él suplicó perdón durante doce meses enteros, ella jamás perdonó su traición. Años después del divorcio, Gael sigue presente en la vida de su hija, pero bajo sus propias reglas. Es un CEO seductor y mujeriego que adora a la pequeña Regina, pero su estilo de vida siempre interfiere. Cumpleaños compartidos con sabor a disculpa, recitales donde su asiento queda vacío a última hora y promesas rotas que intenta compensar con regalos caros. Rebeca tolera su presencia por el bien de la niña. Odia compartir la crianza de su hija con el hombre que la traicionó. Atrapada en discusiones interminables. En esa dinámica incómoda. Sin embargo, una noticia devastadora destruye esa frágil estabilidad. Regina necesita un milagro para sobrevivir. Y en esta batalla, el dinero del poderoso CEO no sirve de nada. Dos enemigos unidos por el amor a una hija. Una carrera contrarreloj donde el perdón ya no es una opción, sino la única salida. ¿Podrán sanar el pasado antes de que el tiempo se agote?
Leer másRebeca condujo directo a la empresa; lo único que quería era firmar lo que faltaba y no volver a saber de ese lugar nunca más.Al llegar al estacionamiento y subir por el ascensor, se le vinieron varios pensamientos a la cabeza, uno más desastroso que el otro.Pensó en los chismes infames que levantaría el imbécil del señor Harrison entre sus antiguos compañeros.Pero nada le roba más la paz que saber que esa tarde iniciarían con las quimioterapias.Al llegar al piso cinco, fue deprisa al área de recursos humanos a firmar lo último que le faltaba para cerrar su expediente.Dentro de la oficina, la señorita Rodríguez le explicó con la mirada seria que las acusaciones que había lanzado el señor Harrison eran de suma gravedad.—¿Una mancha muy grande en mi currículum? —preguntó Rebeca sin ganas, con el tono amargo.—La verdad es que sí. Pero ese incidente ha hecho que se inicie una investigación interna contra el señor Harrison.—Señorita Rodríguez, él es un alto mando de la compañía; yo
—Tiene tanto tiempo que no hacía esto —le recordó él con una pequeña sonrisa amarga en los labios.Maldijo en silencio aquella temporada...Donde se aferraba a ella como un miserable a un pedazo de pan.La voz creída y orgullosa de su conciencia le repetía que dejara de rogarle; que sí, era la madre de su hija, pero que en cualquier esquina podría encontrar mujeres más bellas. De mejores familias.—Como sea, espero que ese mal hábito no vuelva —Rebeca se cruzó de brazos con frialdad.—Indagué entre varios tratamientos.—¿Y qué encontraste?Ambos avanzaron con paso lento hacia la sala.—Demasiadas mierdas, para ser exactos, todo tiene efectos secundarios —dijo él con resignación.Rebeca miró sus propias manos, entrelazadas encima de su regazo. La desesperación que le oprimía el pecho volvió de golpe. Hasta las ganas de discutir se esfumaron.El cansancio mental hizo estragos en todo su cuerpo. Le nubló la vista de repente y provocó que otra vez le faltara el aire en los pulmones.—Rebe
Rebeca regresó a su casa y se encontró de frente con la sonrisa de su pequeña y el rostro serio pero cordial de su enfermera, la señora Zully. —Mami, mami, ¿saliste temprano para cuidarme? —Algo así, mi amor —Rebeca se agachó y le dio un tierno beso en la frente a su hija. Luego de acomodar la caja con sus pertenencias de la oficina en el cuarto de juguetes de su hija, se encontró con una hermosa muñeca de porcelana con el cabello dorado. El primer regalo que la madre de Gael le entregó a la niña. «Nació con el cabello casi tan rubio como el de mi Gael, es tan adorable… es una lástima que tenga rasgos de esa mujer», la había escuchado decir por teléfono el día en que le llevó la muñeca personalmente. Tampoco es que la señora Briggs fingiera demasiado su desprecio. La odiaba, y cada gesto de la mujer se lo gritaba a la cara sin el menor disimulo. No le gustaba la idea de que su preciado hijo hubiera terminado con una mujer como ella, de una clase social diferente. “Tan sencilla”
La repulsión le congeló la sangre, pero la imagen de su hija enferma y el recuerdo de su propia dignidad chocaron en su mente en una milésima de segundo. El límite se había cruzado.—No —articuló Rebeca con una firmeza que nació desde lo más profundo de sus entrañas.El señor Harrison se detuvo, sorprendido por la rotundidad de su voz, y la miró con el ceño fruncido.—¿Qué dijiste? —cuestionó él, amenazante.—Dije que no. Guarde su miseria, señor Harrison —escupió ella sin dar un solo paso atrás, con la mirada clavada en los ojos pequeños del hombre.Dio media vuelta y caminó hacia la salida. No le importó perder el empleo, ni las amenazas que el sujeto le gritó a sus espaldas mientras intentaba llegar a la salida. En cuanto cruzó la puerta dispuesta a ir directo a su cubículo, escuchó las acusaciones falsas de su jefe a sus espaldas.—¡Es una ladrona! —exclamó el hombre con la voz impostada, captando de inmediato la atención de todos los trabajadores alrededor—. Robó en esta empresa
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