Divorciada del CEO mujeriego

Divorciada del CEO mujeriegoES

Romance
Última actualización: 2026-07-21
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Resumen
Índice

Gael Briggs le rompió el corazón a Rebeca Urdiales cuando su hija tenía apenas un año. Rebeca lo descubrió en la cama con otra mujer. Aunque él suplicó perdón durante doce meses enteros, ella jamás perdonó su traición. Seis años después del divorcio, Gael sigue presente en la vida de su hija, pero bajo sus propias reglas. Es un CEO seductor y mujeriego que adora a la pequeña Regina, pero su estilo de vida siempre interfiere. Cumpleaños compartidos con sabor a disculpa, recitales donde su asiento queda vacío a última hora y promesas rotas que intenta compensar con regalos caros. Rebeca tolera su presencia por el bien de la niña. Odia compartir la crianza de su hija con el hombre que la traicionó. Atrapada en discusiones interminables. En esa dinámica incómoda. Sin embargo, una noticia devastadora destruye esa frágil estabilidad. Regina necesita un milagro para sobrevivir. Y en esta batalla, el dinero del poderoso CEO no sirve de nada. Dos enemigos unidos por el amor a una hija. Una carrera contrarreloj donde el perdón ya no es una opción, sino la única salida. ¿Podrán sanar el pasado antes de que el tiempo se agote?

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Capítulo 1

Capítulo 1

Gael Briggs contempló los senos firmes y generosos de su amante en turno.

Era una mujer hermosa, una antigua compañera de la universidad cuyo nombre no lograba recordar en ese momento.

El cabello castaño y lacio que caía sobre sus hombros no era precisamente lo que él prefería, pero cumplía el objetivo para ese momento. Se habían encontrado en una cafetería exclusiva y poco concurrida.

Ella lo reconoció y le hizo plática. Gael no perdió tiempo: propuso el encuentro casual y ella accedió.

Ahora estaban en ese cuarto de hotel, dispuestos a quitarse las ganas.

Gael se bajó el cierre del pantalón sin prisa. Ante el gesto, la mujer se apresuró a deshacerse por completo de la blusa. Quedó en una fina lencería de encaje frente a él. Sus labios se encontraron con hambre, un choque ansioso de lenguas y saliva.

Justo antes de que él pudiera sostenerla por las caderas para hundirse en ella con brusquedad como un puto salvaje, el tono de su celular llenó la habitación.

Pudo haber ignorado la llamada, pero ese timbre en específico era el que le asignó a su hija.

Se separó por unos segundos de la mujer, que lo observó con desconcierto. No se creía que después de tanta pasión él se enderezara de la cama por una simple llamada.

—Voy a contestar —anunció, sin ocultar el fastidio en su voz.

La mujer semidesnuda frunció el ceño. Se quedó a mitad del colchón, con la falda enrollada en la cintura, muda.

Gael respondió el teléfono.

—¡Eres un maldito hijo de puta!

La voz chillona de su exesposa, la controladora y "perfecta" Rebeca Urdiales, taladró su oído.

—Buenas tardes, ¿qué cómo estoy? Muy bien, gracias por preguntar —la ironía se filtró en cada palabra mientras pasaba una mano por su cabello. Seis años de divorcio y esa mujer no podía ocultar ni un poquito el odio que le tenía.

—Tu hija está llorando. ¿Sabes cómo es ver a una niña de siete años aferrarse a que está vez su padre sí va a cumplir su palabra? —la voz de Rebeca se quebró apenas un segundo, pero fue suficiente para que Gael apretara el teléfono con fuerza—. Te he repetido mil veces que si no puedes venir a verla, al menos avises con anticipación.

—Hoy no me toca ir por ella —un segundo después algo en su cabeza hizo clic. Legalmente no tenía una visita pactada con la niña. Sin embargo, una semana atrás, su hija le había suplicado con esos ojitos brillantes y ese par de coletas rubias y rizadas: "¿Papi, podemos ir al cine el sábado? ¡Estará la película de los unicornios bailarines!"

Él le dijo que sí. Unieron sus dedos meñiques para sellar la promesa. Y ahora, siete días después, por quedarse con una conquista de paso, falló a su palabra.

—Sí, sí tenías —insistió Rebeca—. ¿Cuántas veces tengo que repetirte que cada vez que no le cumples una promesa a tu hija su corazón se rompe? Termina en un mar de lágrimas y su pregunta siempre es la misma: si de verdad la quieres.

—Yo la amo —la interrumpió, y una punzada de culpa lo golpeó. Aceptarlo dolía. Había faltado al cine, igual que falló en la reunión de padres. En su recital de ballet, llegó cuando ya habían bajado el telón y trató de compensarlo con un enorme oso de peluche. Y el fin de semana que le tocaba cuidarla, la dejó con la niñera para una junta de trabajo.

—¿En serio? Pues te diré algo, Briggs, eso se demuestra con acciones, no con palabras. —Rebeca cortó la comunicación de golpe. No aguantaba la rabia, la frustración.

Estaba cansada, harta de tener que mendigar un poco de amor y respeto para su hija.

La mujer, al ver que Gael se quedó quieto con la mirada perdida y el teléfono en la mano, se acercó a él. Acarició uno de sus hombros tensos y con la otra mano rozó su entrepierna.

Él la miró. Enseguida unieron sus labios en un beso salvaje; le urgía quitarse ese mal sabor de boca que le dejó la llamada. Pero mientras sus manos recorrían el cuerpo de la mujer, las palabras de su exesposa se repetían en su cabeza.

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