Mundo ficciónIniciar sesiónGael Briggs le rompió el corazón a Rebeca Urdiales cuando su hija tenía apenas un año. Rebeca lo descubrió en la cama con otra mujer. Aunque él suplicó perdón durante doce meses enteros, ella jamás perdonó su traición. Seis años después del divorcio, Gael sigue presente en la vida de su hija, pero bajo sus propias reglas. Es un CEO seductor y mujeriego que adora a la pequeña Regina, pero su estilo de vida siempre interfiere. Cumpleaños compartidos con sabor a disculpa, recitales donde su asiento queda vacío a última hora y promesas rotas que intenta compensar con regalos caros. Rebeca tolera su presencia por el bien de la niña. Odia compartir la crianza de su hija con el hombre que la traicionó. Atrapada en discusiones interminables. En esa dinámica incómoda. Sin embargo, una noticia devastadora destruye esa frágil estabilidad. Regina necesita un milagro para sobrevivir. Y en esta batalla, el dinero del poderoso CEO no sirve de nada. Dos enemigos unidos por el amor a una hija. Una carrera contrarreloj donde el perdón ya no es una opción, sino la única salida. ¿Podrán sanar el pasado antes de que el tiempo se agote?
Leer másLa repulsión le congeló la sangre, pero la imagen de su hija enferma y el recuerdo de su propia dignidad chocaron en su mente en una milésima de segundo. El límite se había cruzado.—No —articuló Rebeca con una firmeza que nació desde lo más profundo de sus entrañas.El señor Harrison se detuvo, sorprendido por la rotundidad de su voz, y la miró con el ceño fruncido.—¿Qué dijiste? —cuestionó él, amenazante.—Dije que no. Guarde su miseria, señor Harrison —escupió ella sin dar un solo paso atrás, con la mirada clavada en los ojos pequeños del hombre.Dio media vuelta y caminó hacia la salida. No le importó perder el empleo, ni las amenazas que el sujeto le gritó a sus espaldas mientras intentaba llegar a la salida. En cuanto cruzó la puerta dispuesta a ir directo a su cubículo, escuchó las acusaciones falsas de su jefe a sus espaldas.—¡Es una ladrona! —exclamó el hombre con la voz impostada, captando de inmediato la atención de todos los trabajadores alrededor—. Robó en esta empresa
Lo siguiente que tocaba era por demás complicado. ¿Cómo le explicas a una niña de siete años que padece cáncer?—¿Por qué no podré ir a la escuela? A mí me gusta ir. Quiero ver a mis amigos —dijo la pequeña, con los ojos llenos de lágrimas.—Es necesario por un tiempo, mi amor —le explicó Rebeca. Ejerció una resistencia enorme que ni ella misma sabía que poseía para no soltarse a llorar frente a la niña.—¿Me curaré pronto?—Sí, mi amor —Rebeca se inclinó y besó la frente tibia de su hija con devoción materna.Sus sesiones de quimioterapia ya estaban programadas en el calendario de la clínica.…De vuelta en el trabajo, Rebeca recibió un memorándum administrativo sobre su escritorio. En el documento le notificaron que, debido a sus ausencias, la empresa le aplicaría un descuento del cincuenta por ciento en su salario quincenal.Rebeca rodó los ojos con fastidio. Solo esperaría a recibir ese pago recortado y se largaría de allí para siempre; una mancha más en su historial laboral poco
La palabra “urgente” quedó corta. Gael Briggs movió sus influencias para trasladar a su hija a los laboratorios más exclusivos de la ciudad y pagó una gran suma de dinero para exigir los resultados en tiempo récord. Tras reunir todos los análisis requeridos por el doctor Urrutia, la expareja ingresó al despacho privado del especialista. Afuera, Regina permaneció bajo el cuidado de una enfermera calificada que superó los estrictos filtros de selección de Gael. El especialista leyó meticulosamente cada informe sobre su escritorio. Soltó un suspiro pesado y se ajustó las gafas. —Tal como lo temía: Leucemia Linfoblástica Aguda —declaró con un tono firme y profesional, con la mirada clavada en Gael Briggs. El rostro de Rebeca se desencajó al instante; sus cejas se juntaron en un gesto de horror y su boca formó una "o" muda. Por su parte, Gael soltó una risita seca, desprovista de humor. —¿Es una broma? —cuestionó con arrogancia. El médico acomodó las solapas de su bata blanca. —No
Rebeca arrugó el entrecejo; sintió cómo la furia y el coraje le quemaban las entrañas. Entonces, en medio de la humillación, la imagen del rostro de su hija cruzó por su mente. Antes de que pudiera pronunciar una respuesta o ceder a la repulsión, el teléfono del escritorio sonó con un timbre agudo. Harrison contestó de mala gana, molesto por la interrupción. La voz de su secretaria resonó desde el auricular para informarle que los señores Montoya llegarían en diez minutos. —La cita fue pactada para dentro de una hora —replicó el hombre, con los labios fruncidos en una mueca de disgusto. —Se le avisó hace dos horas que la reunión se adelantaría por compromisos de la agenda de los señores Montoya —explicó la secretaria con un tono formal y medido, acostumbrada al carácter voluble de su superior. —Usted no me avisó nada, señorita Rosalí. —Señor Harrison, le avisé por teléfono y media hora después entré a su oficina para anotarlo en su agenda personal. El hombre hojeó la libreta d










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