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Emi cumplía dieciocho años ese día, con la certeza de que no habría pasteles ni regalos. Para todos, ella era simplemente "la ciega del orfanato", una condición que arrastraba desde aquel fatídico accidente donde perdió a sus padres. Sin embargo, su corazón latía con emoción; al alcanzar la mayoría de edad, esperaba dejar de ser una huérfana más para convertirse en empleada del lugar, ya fuera como secretaria o ayudante.
Al dirigirse a la oficina, las monjas y la madre superiora la esperaban con una mezcla de alegría y solemnidad.
—¡Hola, Emi, feliz cumpleaños! —exclamó la madre superiora—. Sabemos que es un día especial, así que tenemos sorpresas para ti, pero también algo importante que decirte.
Tras los agradecimientos de la joven, la superiora le entregó dos obsequios: un teléfono de última generación y un dispositivo tecnológico diseñado para guiarla de forma autónoma por la ciudad.
—¿Por la ciudad? —preguntó Emi, desconcertada. No había salido sola desde que perdió la visión total a los quince años.
—Emi, ya eres mayor de edad y debes estar con tu tía —explicó la mujer—. Recibimos un correo indicando que te esperan en la Mansión Scutaro.
La joven sintió un alivio inmediato. Seguramente la necesitaban para trabajar, pensó con optimismo. Tras una breve instrucción sobre el uso del dispositivo, Emi demostró su rapidez mental para aprender. Empacó sus escasos cuatro vestidos en una maleta, acomodó a su conejo, Don Zanahoria, en su jaula y, tras despedirse de los niños, emprendió el viaje.
Al llegar a la terminal, tomó un taxi hacia la dirección indicada. Cuando el vehículo se detuvo, su dispositivo le informó que se encontraba ante una propiedad de gran tamaño. El ruido de motores de lujo y el chirrido de un portón pesado le confirmaron que no era una casa cualquiera. El canto de los grillos le advirtió que la oscuridad ya envolvía el ambiente.
De pronto, el dispositivo comenzó a descargarse, dándole una última instrucción: caminar derecho. El nerviosismo empezó a ganar terreno en su pecho mientras avanzaba a tientas, buscando a alguien que pudiera orientarla. El miedo era palpable, hasta que una voz rompió el silencio.
—¿Quién eres tú? ¿Qué quieres? —preguntó un hombre, con un tono cargado de sorpresa y extrañeza, la muchacha frente a él era muy hermosa.
—Gracias al cielo... Buenas noches —respondió ella, tratando de calmarse—. Necesito ayuda, señor, busco esta dirección.
Emi extendió el papel donde estaba escrita la ubicación. Sintió la presencia del hombre frente a ella mientras él leía la nota.
—Sí, es la dirección correcta, pero... ¿a quién buscas?
El hombre la observaba no podía creer que aquella niña flaca y sin gracia se hubiera convertido en una mujer hermosa y esbelta.
—Busco a mi tía Lourdes, ella trabaja para la familia Scutaro.
El sonido del papel siendo arrugado y lanzado al suelo la sobresaltó. Pudo percibir la molestia del hombre, aunque no entendía el motivo. En ese momento, la voz de su tía llegó como un bálsamo. Al intentar correr hacia ella, guiada por el oído, Emi tropezó con aquel extraño.
Unos brazos fuertes la sujetaron para evitar que cayera, justo cuando escuchó el grito alarmado de su tía.
—¡Emi, por Dios! Debes tener cuidado —exclamó Lourdes, antes de añadir con temor—: Disculpe, señor Scutaro.
—Lourdes, ella puede pasar la noche aquí, pero mañana debe irse temprano.
No la quiero volver a ver —sentenció el hombre con una frialdad cortante.
Ya en la habitación, Emi intentaba procesar el rechazo de aquel hombre.
Lourdes, entre regaños y preocupación, no podía creer que su sobrina hubiera viajado sola.
—Tía, las monjas dijeron que llegó un correo pidiéndome. Pensé que era para trabajar —explicó la joven.
—Qué raro, a mí no me han dicho nada —murmuró Lourdes, inquieta—. Esas monjas debieron esperar a que yo me comunicara.
Mientras su tía iba a la cocina por comida, Emi inspeccionó el cuarto. Sus dedos recorrieron las sábanas de seda y su olfato captó el aroma de muebles finos; todo allí gritaba elegancia. Pero la curiosidad pudo más que la prudencia. Necesitaba explorar.
Guiada por sus aguzados sentidos, logró llegar cerca de la cocina. Allí, escuchó a su tía conversando con el mismo hombre de la entrada. Su voz, que ya había memorizado como sinónimo de desagrado, resonó con autoridad.
—Lourdes, necesito que hables con tu sobrina —dijo el señor Scutaro.
—Señor, yo no sabía que venía. Mañana mismo se va.
Se hizo un silencio pesado, interrumpido solo por la respiración agitada del hombre y sus pasos erráticos.
—Yo la mandé a buscar —confesó él finalmente—. Solo que no creí que aparecería tan pronto y sola. Ella será la esposa de mi hijo Gabriel y se irá a vivir con él a la finca. Por eso no se quedará en esta casa.
Emi, oculta, sintió que el mundo se detenía. ¿Casarse? ¿Con un extraño?
—¿Casarse? ¡Mi niña no! —protestó Lourdes—. ¿Por qué quiere casarla con su único hijo?
—Él es el único heredero —respondió Scutaro con cinismo—. Necesito que se case con una mujer sumisa, por no decir tonta, ya sabes y mas con su ceguera es la mujer perfecta. No quiero una mujer que saque las garras y le quite todo.
Emi recordó entonces que aquel hombre había sido amigo de sus padres, pero la forma despectiva en que hablaba de ella la llenó de indignación. Cuando Lourdes se negó a colaborar, la amenaza del hombre fue inmediata:
—¡Te despido y te lanzo a la calle, Lourdes!—gritó señalándola con el dedo mirando a los ojos a la pobre señora—Habla con ella. Mañana estará todo listo y se casará con mi hijo y se irán a la finca.
Al escuchar aquello, las piernas de Emi temblaron, pero su resolución fue clara: aquel hombre estaba muy equivocado si pensaba que podía decidir su destino. No se casaría con nadie, definitivamente estas eran malas noticias.







