capitulo 3- Cadena perpetua

El día anterior, tras una agotadora jornada en la finca familiar, Gabriel Scutaro solo anhelaba el descanso. Sin embargo, el sonido de su teléfono interrumpió sus planes. Era su padre.

—¿Cuáles son estas horas de llamar, señor Scutaro? —preguntó Gabriel, con el cansancio marcando su voz.

—Te quiero mañana temprano en la mansión —ordenó su padre, ignorando el tono de su hijo.

—Tengo muchas cosas que hacer, papá.

—Delega funciones, pero te quiero aquí temprano. Es urgente.

Gabriel colgó, sintiendo una mezcla de fastidio e intriga. ¿Qué podía ser tan apremiante?

 A la mañana siguiente, salió de la finca mucho antes de que el sol reclamara el cielo; el trabajo en el campo no esperaba por nadie, y él necesitaba desocuparse pronto.

Al llegar a la mansión, una figura captó su atención: una muchacha de apariencia peculiar esperaba en la entrada. Movido por la curiosidad, Gabriel se acercó e intercambió algunas palabras con ella, pero la charla fue breve. 

La voz de su padre lo llamó desde el interior, convocándolo a su oficina.

—Bien, ¿cuál era la urgencia? —soltó Gabriel apenas entró.

Su padre, con una calma que le resultó sospechosa, señaló una prenda impecable.

 —Mira, te pedí este traje. Espero que te guste. Hoy te casas.

Gabriel soltó una carcajada seca, llena de incredulidad. 

—Qué buen chiste. ¿En serio me haces venir para hacerme perder el tiempo?

—¿Acaso me estoy riendo? —La seriedad en el rostro del patriarca heló el ambiente.

Le entregó un documento. Gabriel lo leyó con rapidez, sintiendo cómo la sangre le hervía al procesar las cláusulas. Era un contrato matrimonial. El nombre de la chica, una completa desconocida, encabezaba el texto.

—¿Estás loco, verdad? Sabes que no voy a acceder a esto.

—Claro que lo harás —sentenció su padre—. La empresa no pasa por un buen momento. Tu madrastra exige demasiado y necesito la firma de Emi para seguir manejando el dinero de sus padres, ella es la hija de los Vegas, solo necesito su firma para seguir manejando todo. Tú podrás seguir en tu finca y en unos años serás el CEO de la empresa principal

Gabriel bufó.

 —¿Y por qué no solo le dices que firme y ya? ¿Por qué tengo que casarme con esa mujer?

—Lo intenté, pero ella puso el matrimonio como condición. Está ciega y solo quiere sentirse protegida. Además, le prometí a su padre que la cuidaría.

La revelación golpeó a Gabriel como un balde de agua fría.

 —¿Qué? ¡Está ciega! No, no voy a aceptar. Jamás me casaré con una discapacitada.

—Bueno, si no aceptas, despídete de tu futuro como CEO, de todos tus beneficios y de tu preciada finca—amenazó su padre con frialdad—. Dejarás de ser alguien para convertirte en un arrastrado "don nadie". ¿Eso es lo que quieres?

Gabriel guardó silencio, sopesando la humillación frente a la ambición. Quedarse sin nada no era una opción negociable. A regañadientes, tomó el contrato pre-matrimonial y lo analizó. La unión sería solo en papel, un máximo de un año, y luego cada quien seguiría su rumbo. 

Con un trazo violento, firmó su libertad.

Minutos después, Gabriel se observaba al espejo. El traje costoso no lograba ocultar la imagen de un hombre derrotado. Sentía el nudo de la corbata como una soga apretando su garganta.

—Es un negocio, Gabriel —se repitió a sí mismo, evocando las palabras de su padre—. Solo firma y mantén la espalda recta.

Salió al altar bajo el murmullo de los invitados. Sentía las miradas clavándose en él como agujas. Entonces, las puertas se abrieron. Gabriel reconoció a Emi y recordó la breve conversación en la mañana. Emi entró con pasos lentos y rítmicos, aferrada al brazo de su tía. Su vestido de seda blanca era impecable, pero su mirada, fija en un punto inexistente, delataba su oscuridad.

Cuando su mano fría fue depositada en la de él, Gabriel no suavizó el agarre. La tomó como quien firma una deuda. Ella se tensó, y él se aseguró de que sintiera su desprecio. 

El prefecto inició su letanía, pero Gabriel se perdió contando las flores sobre la mesa, ignorando el significado de las palabras.

—Gabriel Scutaro, ¿aceptas a Emi Vega como tu esposa? —La voz del prefecto lo trajo de vuelta.

Él hizo una pausa deliberada, saboreando el silencio asfixiante que llenó el salon. Disfrutó ver cómo Emi contenía el aliento.

—Acepto —soltó finalmente, con una voz seca y cortante.

—Acepto —susurró ella poco después, con una firmeza que lo irritó.

—Puede besar a la novia.

Gabriel se inclinó, pero evitó sus labios. Depositó un beso gélido en su mejilla, ignorando el suspiro de decepción de los presentes. Sin delicadeza, la tomó del brazo y comenzó a caminar hacia la salida. Sus zancadas eran largas, obligando a la joven a tropezar para no quedarse atrás.

—Vas demasiado rápido —susurró ella, aferrándose a su mano con fuerza.

—Tenemos un horario que cumplir, Emi. Cuanto antes salgamos de aquí, podré dejar de fingir que esto me importa.

Ya en la privacidad del auto, Gabriel se despojó del saco y encendió un cigarrillo, expulsando el humo con violencia.

—¿Vas a estar así todo el tiempo? —preguntó Emi, orientando su rostro hacia él.

—¿Así cómo? ¿Enojado por ser vendido para salvar el patrimonio familiar? Sí, creo que estaré así mucho tiempo.

Emi apretó sus manos, visiblemente afectada. 

—Yo tampoco pedí esto, Gabriel. Soy tan víctima como tú.

Gabriel soltó una carcajada amarga

 —No me vengas con eso. Tú eres la "pobre chica ciega"—Hizo un gesto de comillas, con sus dedos— que ahora tiene seguridad y apellido. Yo soy el que perdió su libertad. Así que hazme un favor: quédate en tu lado del auto y no esperes que te ayude a quitarte ese vestido al llegar.

Ella no respondió. Giró la cabeza hacia la ventana, buscando un paisaje que no podía ver. Gabriel se hundió en su asiento, sintiendo el peso de un matrimonio que apenas comenzaba, pero que ya se sentía como una cadena perpetua.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP