Mundo ficciónIniciar sesión—¡Bájate, Emi! Ya llegamos —gritó Gabriel con su habitual tono gruñón.
Emi se mantuvo en silencio. Con movimientos pausados, sacó su bastón y, sosteniendo el pequeño bolso con sus cosas y la jaula con don zanahorias, descendió del auto. Al tocar tierra firme, inhaló profundamente; el aroma a frescura y el aire puro de aquel lugar eran, sin duda, lo que más le gustaba de estar allí.
Sin embargo, la paz duró poco. Gabriel se acercó a ella para hablarle al oído con frialdad.
—Te dejaré las cosas claras antes de entrar a la finca: aquí nadie debe saber que eres mi esposa y, mucho menos, debes hacerte pasar por la señora de la casa.
—Sí, Gabriel, entiendo —respondió ella con un deje de amargura—. Sería vergonzoso para mí también, decir que mi esposo es un amargado.
Gabriel la miró con fastidio.
—Lo que tienes de linda lo tienes de insoportable, pero no voy a caer en tu juego de manipulación.
—Entonces ¿qué seré? ¿Sirvienta? ¿Estorbo? ¿O que?
—Haz lo que quieras solo no te quieras pasar de lista.
Acto seguido, Gabriel comenzó a llamar a Petra. A los pocos segundos apareció una mujer joven, cuya presencia Emi detectó de inmediato por el tono de su voz.
—Petra, ella es Emi, Llévala a la habitación de huéspedes y muéstrale la casa. Con cuidado, como puedes ver, ella está discapacitada.
Emi apretó los puños. Odiaba que se refiriera a ella de esa forma, y más al percibir una ligera risita burlona por parte de la empleada. No obstante, Gabriel añadió con firmeza:
—Debes tratarla con respeto. ¡Ah! y no pongan la mesa no cenaré, ha sido un dia de m****a.
"Al menos el gruñón no es tan malo, aunque, si grosero", pensó Emi, sintiendo un pequeño alivio.
Tras confirmar que no cenarían, Gabriel se retiró a su estudio. Estaba furioso; necesitaba un whisky para digerir el hecho de que su padre hubiera jugado esa última carta al presentar a esa mujer.
Mientras tanto, Petra tomó la maleta de Emi y la guió hacia su habitación.
Entrada la noche, Gabriel se sentía molesto y ligeramente ebrio. Con el deseo de distraerse, se dirigió a la habitación de Petra, sabiendo que ella siempre estaba disponible para él. Entró sin avisar y se deslizó entre las sábanas.
—Oye, sabes que no me gusta que vengas así —susurró ella, aunque sin oponer resistencia real.
—Tengo muchas ganas, no reproches nada —sentenció él.
Gabriel drenó toda su rabia y frustración en aquel encuentro rudo, dónde los gritos y gemidos se podían escuchar en toda la casona.
Al terminar, se vistió de inmediato. No quería que Petra se hiciera falsas ilusiones; para él, aquello era puramente físico un recurso para poder desfogarse sin ningún tipo de responsabilidades.
Salió de la habitación de manera sigilosa, sin embargo, al llegar a la sala, se detuvo en seco al ver a Emi sentada, bebiendo un té caliente en la penumbra.
—¿Qué haces ahí? Pareces un espanto—preguntó él.
Emi giró el rostro hacia la dirección de su voz.
—Ah... es que hacían mucho ruido en la habitación de al lado. Decidí salir; prefiero no escuchar esas cosas groseras.
Gabriel sintió una punzada de vergüenza al darse cuenta de que Petra no había sido nada discreta y que las habitaciones colindaban, aunque tambien le parecio chistoso como lo dijo Emi, se rasco la nuca y dijo.
—Ve a dormir, debes estar cansada —le dijo antes de retirarse, dejando a Emi sola en la oscuridad del salón.
A la mañana siguiente, Gabriel llegó al comedor y se sorprendió al ver a Emi sirviendo una bandeja de comida con gran diligencia. Se movía con tal seguridad que casi no parecía ciega. Pero en cuanto ella intentó sentarse, Petra intervino a gritos.
—¡¿Qué crees que haces, Emi?!
—Voy a desayunar —respondió ella con calma, pero Petra la tomó del brazo con brusquedad, provocándole un quejido.
—¡Basta! —intervino Gabriel—. Petra, ve por mi café.
Una vez solos, Gabriel volvió a la carga para marcar territorio. Le advirtió a Emi que no debía sentarse a su mesa, ni creerse la dueña de la finca, y mucho menos ser grosera con el personal o con Petra.
Vio cómo los ojos de ella se humedecían, pero se recordó a sí mismo que no debía ceder ante su supuesta manipulación.
Emi, tanteando la mesa, alcanzó la bandeja de panes. Tomó dos y, antes de retirarse, lanzó una última pregunta:
—¿Será que sí puedo comer? ¿O también tendré alguna restricción por esto?
—Llévate la bandeja si te da la gana —respondió él, exasperado por lo que consideraba un papel de "niña ofendida".
Durante la tarde, Gabriel regresaba de sus labores cuando vio a Emi en medio del patio. La luz del sol caía sobre ella, dándole un matiz dorado a su piel y a su cabello. Se quedó inmóvil un momento, reconociendo su innegable belleza. "Sería perfecta si pudiera ver", pensó con una mezcla de admiración y lástima.
Más tarde, durante la cena, Petra se le acercó con quejas.
—Gabriel, ¿qué hago con esa inútil? Es prepotente y no quiere hacer nada de lo que le pido. Le dije que alimentara a los cerdos y que limpiara el frente, y se negó.
Gabriel analizó las palabras de la empleada y rascaba su frente.
—Asígnale tareas dentro de la casa —instruyó él—. Ella no puede andar sola afuera y menos atender animales, ese trabajo ya lo tiene Nicanor. no te la quieras dar de lista con ella, ¿estamos?
Petra se retiró molesta. Gabriel, agotado, solo deseaba una ducha y un momento de distracción. Tras bañarse, volvió a buscar a Petra. A pesar de que ella parecía enfadada, él sabía que su presencia la calmaría. No buscaba nada serio con una sirvienta, pero valoraba su utilidad en la casa y, sobre todo, su disposición en la cama para ayudarlo a olvidar las tensiones del día.







