Mundo ficciónIniciar sesiónNuevamente la noche de Emi se vio interrumpida por los gemidos y gritos que escuchaba en la habitación de al lado.
Era incómodo, se sentía pésimo, saber que era la esposa y aún así no había ni la más mínima pizca de respeto hacia ella.
Por la mañana, aun cansada por no haber dormido bien, decidió salir de la habitación cuando escuchó que Gabriel se había ido. En la casa habían más empleadas todas trataban con respeto y consideración a Emi, sin embargo, Petra la veía como rival, no era tonta sabía que Gabriel no llevaría a una mujer sin ningún motivo aparente. Aunque sospechaba no se iba a rendir hasta conquistar a Gabriel.
Las demás empleadas le mostraron la cocina a Emi y ella se animó a preparar el almuerzo. Tal vez así podría ganarse un poco de respeto de Gabriel.
Comenzó a moverse por la cocina con una lentitud calculada. Había pasado la mañana memorizando las distancias: diez pasos desde el fregadero hasta la estufa, tres a la derecha para alcanzar el estante de las especias.
Gabriel le había ordenado a Petra que le asignara tareas internas, y Emi, decidida a no ser una carga, ni un objeto de lástima, se había ofrecido a preparar el guiso para el almuerzo de los trabajadores.
Petra la observaba desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una mueca de desprecio. Le hervía la sangre ver cómo esa "cieguita", como ella la llamaba mentalmente, lograba manejarse con tanta gracia.
—Ten cuidado, no vayas a quemar la casa —soltó Petra con veneno—. El patrón odia el olor y sabor de la comida ahumada.
—Sé lo que hago, Petra —respondió Emi sin girarse, concentrada en el sonido del hervor—. Mis manos y mi olfato me dicen más de lo que tú crees.
Petra sonrió con malicia. Esperó a que Emi se retirara un momento al área de lavado para buscar unos paños limpios.
Era su oportunidad. Con pasos silenciosos, se acercó a la olla humeante. Tomó el salero de cerámica y, con un movimiento deliberado, vertió casi la mitad del contenido en el guiso. No satisfecha, buscó en el fondo de la alacena un frasco de chile seco triturado y vació una cantidad generosa.
—A ver qué tan bueno es tu olfato ahora —susurró Petra, regresando a su posición original justo antes de que Emi volviera.
Cuando Emi regresó, percibió un cambio sutil en el aroma, algo más picante, pero supuso que era el efecto del calor intensificando las especias que ya había colocado.
Confiada, terminó de servir la mesa justo cuando escuchó las botas de Gabriel resonar en el pasillo.
Gabriel entró al comedor con el rostro sudado y el ceño fruncido por el trabajo bajo el sol. Se sentó sin decir palabra, mientras Petra se apresuraba a servirle un vaso de agua con una amabilidad exagerada.
—Emi insistió en cocinar hoy, Gabriel —dijo Petra, lanzando una mirada de soslayo a la joven—. Espero que esté a tu gusto.
Gabriel tomó una cucharada grande del guiso y se la llevó a la boca. El efecto fue inmediato. Su rostro se puso rojo y un golpe de tos seca lo obligó a dejar la cuchara con fuerza sobre el plato, salpicando el mantel.
—¡Maldita sea! —exclamó Gabriel, buscando desesperadamente el agua—. ¡¿Qué es esto?! ¡Está incomible! ¡Es pura sal y fuego!
Emi palideció, sus manos buscaron el borde de la mesa para sostenerse.
—No... no puede ser. Yo medí todo con cuidado, yo…
—¡Pues lo mediste para que me quemara el picante cierto! —gritó Gabriel, levantándose de la silla—. ¿Ves? Esto es lo que pasa cuando intentas jugar a la señora de la casa. Solo sirves para arruinar las cosas.
—Se lo dije, señor —intervino Petra, fingiendo preocupación mientras le daba palmaditas en la espalda a Gabriel—. Ella es muy terca. Seguramente confundió los frascos. Es peligroso que esté aquí.
Emi sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negó a soltarlas frente a ellos. Su olfato, ahora que el vapor se esparcía, le devolvía una nota excesiva de chile que ella jamás habría puesto.
—Yo no cometí ese error —dijo Emi con voz temblorosa pero firme, dirigiendo su mirada ciega hacia donde escuchaba la respiración de Petra—. Alguien más tocó esa olla.
—¡Encima mentirosa y paranoica! —bufó Petra, colocando un vaso sobre la mesa.
—¡Vete a tu cuarto, Emi! No quiero volver a verte cerca de la cocina. ¡Petra, tira esta porquería y prepárame algo que no me mate!
Emi dio media vuelta, guiándose con su bastón. Mientras caminaba por el pasillo, pudo escuchar la risita triunfal de Petra y el sonido del plato siendo retirado con desprecio.
Le dolía la injusticia, pero más le dolía que Gabriel creyera, una vez más, que ella era una mujer inservible. Lo que él no sabía era que Emi, a pesar de no ver la cara de Petra, había escuchado perfectamente el tintineo del frasco de especias contra la encimera cuando ella estaba en el lavadero. La guerra en la finca apenas comenzaba.
Ella no se quedaría con eso, así que esa noche cuando Gabriel y Petra estaban en su momento fogoso, Emi fue a la cocina, y cambio los condimentos por picante, la sal por azúcar, se preparó un té y luego se sentó en el sofá, allí se sentía cómoda y tranquila sin escuchar los gritos exagerados de Petra.
Seguramente lo hacía a propósito para molestar a Emi, no por qué de verdad Gabriel la hiciera gritar de placer.
Esa noche hablo con Lourdes, estaba a la espera de comenza su ciclo de quimioterapia así que estaban emocionadas, después se despidieron y Emi decidió acurrucarse en el sofá.
Por la mañana Gabriel viene coloca dose el abrigo y noto a Emi dormida en el sofá, se quedó observándola, era tan linda y angelical, luego recordó que su habitación está justo a lado de la de Petra.
Sintió un poco de vergüenza y pena por ella, eso tendría que cambiar, no quería estar casado con ella, pero tampoco tenía derecho de interrumpir su descanso.
Luego de observarla un rato, decidió ir a trabajar, a pesar de todo sentía que Emi no era una mala mujer.
El Señor Scutaro comenzó a llamar desde temprano a Gabriel, sin embargo, como estaba molesto no quiso contestar.
Mientras tanto Petra, contenta por lo que había logrado, comenzó a cocinar, cantaba y decía cosas para molestar a Emi, claro ella nunca se acercó a la cocina sabía que si lo hacía sospecharían de ella, así que se limitó a quedarse en el jardín, esperando pacientemente la hora del almuerzo.







