Mundo ficciónIniciar sesión—Déjame ser tu esposa de verdad solo un mes. Era una petición sencilla; sonaba al último ruego de una mujer desolada. Pero para Althea Grayson, era una cuestión de orgullo. Era el precio que cobraba por el amor que entregó y que nunca recibió de vuelta. Lo supo desde el principio: su matrimonio nunca fue por amor. Daven Callister se casó con ella por obligación, presionado por su abuela. No hubo abrazos cariñosos ni miradas dulces; solo silencio y una casa vacía que nunca sintió como un hogar. A pesar de todo, ella insistió. Intentó ser una buena esposa, aferrándose a la esperanza de que, algún día, el corazón de Daven se ablandara. Pero la traición acabó con esa ilusión: él quería casarse con otra. Con la mujer a la que amaba. Con o sin el permiso de Althea. Y toda su familia apoyaba esa decisión. Con el corazón roto y decepcionada, hizo una última petición: un mes en el que él la amara como a una esposa. Un mes... antes de irse para siempre. Daven pensó que solo era una jugada desesperada, incluso patética. Pero ese mes lo cambió todo. La forma en que Althea sonreía, la manera en que amaba con tanta entrega. Incluso su partida dejó huella en el corazón de Daven. Y ahora, estaba perdido. Cuando el amor que nunca quiso reconocer por fin se hizo obvio... ¿ya era demasiado tarde? ¿O debería luchar contra todo con tal de tener una oportunidad más?
Leer másEl aeropuerto de Berlín seguía abarrotado cuando la mujer por fin logró reunir todas sus pertenencias. Todavía no recuperaba el aliento y le temblaban un poco las manos. Entonces recibió de Lydia la última carpeta.—Gracias... de verdad se lo agradezco mucho —dijo en voz baja, esta vez en un inglés más claro.Lydia le sonrió levemente.—No se preocupe, señorita. Solo tenga más cuidado la próxima vez.La mujer asintió y se alejó a toda prisa sin mirar atrás. La multitud se la tragó casi de inmediato, como si nunca hubiera estado allí. Lydia la siguió con la vista hasta perderla entre la gente.Pero Cale no se movió. Mantenía la mirada clavada en la dirección en la que ella se había ido y, sin darse cuenta, apretaba la mandíbula. Lydia ya había notado el cambio en la actitud de Cale.—¿Cale? —Se volvió hacia él, atenta al sutil cambio en su actitud—. ¿Qué pasa?Cale desvió la mirada.—Vamos. —La orden salió demasiado rápida y brusca.—¿La conoces? —Lydia se quedó atrás en lugar de seguir
Y llegaron sin un minuto de retraso. Por suerte, el vuelo transcurrió sin contratiempos.Cuando el avión por fin aterrizó en Berlín, Lydia suspiró aliviada en cuanto puso un pie fuera del aeropuerto. El aire berlinés le rozó la piel, fresco y limpio, muy distinto de la calidez de Solaviz.Todavía se sentía algo cansada. Pero también percibía algo nuevo.—En serio lo logramos —murmuró Lydia.Cale estaba a su lado, con una mano en el bolsillo. Recorrió los alrededores con la mirada antes de volver a mirarla.—Por supuesto. —Comprobó que aún llevaran las dos maletas.Lydia sonrió apenas y sacó el celular.—Debería avisarle a Althea.Cale no respondió; asintió. Un momento después, Lydia ya tenía el celular pegado a la oreja.—¿Althea? Ya llegamos.Althea respondió con su habitual calidez. Sin darse cuenta, la sonrisa de Lydia se hizo más amplia.—Sí, el vuelo estuvo tranquilo. Y... no, no dormí lo suficiente —añadió, y miró de reojo a Cale.Cale se limitó a arquear una ceja, sin el menor g
Lydia gimió. Le dolía todo el cuerpo y, sin embargo, por extraño que pareciera, se sentía… revitalizada. Al abrir los ojos poco a poco, se dio cuenta de que alguien le masajeaba las muñecas con delicadeza.—¿Ya despertaste?Una sonrisa le asomó a los labios. A su lado, Cale, sentado con expresión concentrada, movía las manos con cuidado y trazaba círculos que le aliviaban el dolor.—¿Desde cuándo estás despierto?—Tal vez hace una hora —respondió Cale con despreocupación—. Ya te puse pomada en los moretones. Perdón si anoche fui un poco brusco.Lydia rio.—Pero disfruté mucho lo de anoche.Cale arqueó una ceja con un brillo travieso en los ojos.—¿Quieres otra ronda? Todavía tengo varias sorpresas preparadas.Lydia lo miró con desaprobación.—No. Necesito que mi cuerpo se recupere. Estar a tu altura es agotador.Cale le tendió la mano. Lydia vaciló un instante y lo observó con atención y al final puso la mano sobre la suya. Creyó que solo la ayudaría a ponerse de pie. Pero, por supuest
Ahora se movía más rápido, impulsado por algo que ya no podía contener. Cada embestida era profunda y precisa, y la arrastraba a un ritmo cada vez más rápido e incansable.Se movía sin parar; a veces bajaba el ritmo apenas lo suficiente para prolongarlo, solo para volver con más fuerza, con más urgencia. El sonido rítmico de sus cuerpos creaba ecos y no dejaba de intensificarse.—Lydia… ah…Su nombre se le escapó de los labios mientras seguía, cada movimiento más intenso que el anterior, como si no quisiera otra cosa que perderse en ella.Ella no podía hacer más que corresponder a sus movimientos.Con las manos atadas y las piernas abiertas, quedaba expuesta a todo lo que él le daba. Aun así, ella lo llamaba por su nombre sin parar, y cada sonido se quebraba bajo la intensidad.Perdió la cuenta de cuántas veces susurró su nombre, lo gritó, lo dejó escapar entre una oleada de placer y la siguiente.Sus movimientos no se suavizaron. Seguían firmes, exigentes e implacables. Eran rápidos,
Último capítulo