Gabriel llegó de la primera jornada de trabajo hambriento y cansado, Petra corrió a servir la mesa, llevaba una sonrisa de triunfo. Mientras Emi esperaba en el sillón su turno para cocinar lo que ella quería.
El silencio fue inmediato. Y violento.
Primero fue la textura, parecía que estaba masticando la suela de una bota vieja bañada en salitre. Luego vino el sabor, una explosión de amargura que le cerró la garganta por puro instinto de supervivencia. Gabriel intentó tragar, pero el trozo de "