Mundo de ficçãoIniciar sessãoDurante tres años, Chloe Pierce lo amó con una devoción ciega. A cambio, el implacable CEO Julian Kingston solo le dio indiferencia, y la humillante tarea de limpiar los escándalos de sus amantes. Atrapada en una jaula de oro y sumida en la depresión, entendió que la única forma de escapar de ese infierno... era muriendo. Así que fingió su muerte y dejó que Julian viera su mundo reducirse a cenizas y se marchó sin mirar atrás. Dos años después, la sumisa Chloe ya no existe. En la gala de negocios más exclusiva del año, una mujer de una sofisticación implacable acapara todas las miradas y al estrechar la mano de un estupefacto Julian, ella sonríe con frialdad y se presenta. —Mi nombre es Scarlett Hills. Un placer, señor Kingston. Al ver el rostro idéntico de su difunta esposa, Julian siente que la cordura se le escapa de las manos. El hombre que tras la tragedia se había sumido en la culpa y jurado luto eterno, rompe todas sus promesas y comienza a perseguirla ante los ojos de la alta sociedad, mendigando un segundo de su atención. —Scarlett, cancelé todas mis reuniones. Vamos a cenar. —Scarlett, compré esta joyería exclusiva solo para ti. Oculta tras su nueva identidad, ella solo responde con una sonrisa irónica. —Tengo entendido que el frío señor Kingston juró no volver a tocar a una mujer. No querrá romper su luto, ¿o sí? Enloquecido por el rechazo y devorado por los celos al verla con otros hombres, el hombre más poderoso de la ciudad caerá de rodillas ante la mujer que juró nunca amar. —Mi amor, me equivoqué... Sé que eres tú. Castígame como quieras, pero dame otra oportunidad.
Ler maisCAPÍTULO 1 -AVENTURAS AMOROSAS
—Chloe, tu esposo está en el piso de arriba del Hotel Regent con una mujer. Muévete. Sácalo de ahí antes de que los paparazzi vendan la exclusiva a los tabloides de la mañana.
Eran las diez de la noche.
Chloe estaba sentada frente al escritorio de su oficina, con la luz apagada y los papeles del divorcio que le había dado su abogado, mientras la voz de su suegra, Evelyn, sonaba a través del altavoz, con desesperación.
Tres años.
Tres malditos años siendo la limpiadora oficial de los escándalos de Julian Kingston.
Cada aventura amorosa de su esposo era una maleza que amenazaba el apellido de la familia, y a ella siempre le tocaba empuñar la pala para enterrar la basura.
Al notar el silencio al otro lado de la línea, la voz de Evelyn se volvió un susurro lleno de preocupación.
—Chloe, esta vez es Vanessa quien ha vuelto. Ella no es como esas modelos baratas con las que Julian se entretiene. Abre los ojos, querida. Si no proteges tu lugar, ella se va a quedar con mi hijo.
¿Vanessa?
El nombre golpeó el pecho de Chloe como un mazo físico, cortándole la respiración. El fantasma del pasado, la mujer por la que Julian suspiraba estaba de regreso.
—Entiendo —logró articular Chloe, con la garganta seca—. Iré hacia allá.
Al colgar, las lágrimas que había estado reteniendo se desbordaron, miró la pantalla oscura del teléfono y sus manos temblaban tanto que apenas pudo sostener las llaves del auto.
Media hora después, salió del ascensor del piso ejecutivo del hotel.
El chófer Thomas y la asistente de su marido, Megan, la esperaban frente a la suite presidencial. Al ver el rostro pálido y demacrado de Chloe, Megan dio un paso al frente, con los ojos llenos de una lástima que le dolió más que una bofetada.
—Señora... —agarrándola del brazo—. Ya compramos a los periodistas de la entrada. Todo está solucionado. Por favor... no entre. No se haga esto a sí misma.
Chloe se soltó con delicadeza.
Tenía la mano apoyada en la manija fría de la puerta.
Llevaba tres años cediendo, tragándose el orgullo y agachando la cabeza y hoy especialmente hoy, quería ver con sus propios ojos hasta qué punto el hombre que alguna vez prometió cuidarla pretendía seguir pisoteando los pedazos de su dignidad.
Empujó la puerta.
El aroma a perfume de mujer cara y el olor a tabaco inundaron sus sentidos de inmediato.
Julian salía del baño principal.
Llevaba una bata de seda negra entreabierta, mostrando la perfecta línea de sus abdominales y la piel aún húmeda. Se secaba el cabello con una toalla, luciendo una sensualidad perezosa, la misma que a ella solía volverle loca.
Al verla, sus ojos no mostraron la menor sorpresa.
No hubo un destello de culpa, ni una pizca de incomodidad por haber sido atrapado en una suite de hotel con otra.
Tres años de sumisión de Chloe lo habían malcriado; él sabía que ella siempre estaría ahí para recoger los platos rotos.
Caminó hacia la mesa de centro, encendió un cigarrillo y expulsó una densa nube de humo gris antes de mirarla de arriba abajo con profunda indiferencia.
—¿Otra vez tú? —Su voz fue un látigo de fastidio—. ¿Es que no puedes darme un maldito día de paz, Chloe?
El insulto implícito la dejó sin aire.
Él estaba en una suite de hotel con su amante, pero la molestia era ella.
—Tu madre me pidió que viniera a llevarte a casa —dijo Chloe. Su propia voz le sonó extraña, rota, como el eco de alguien que ya no existe.
Julian soltó una risa seca, burlona, llena de desprecio.
—Tu suegra te ordena ladrar y tú corres a morder. Chloe, ¿acaso tienes un solo pensamiento propio en esa cabeza? ¿Por qué insistes en arrastrarte en cosas que no te corresponden? Eres patética.
El insulto físico dolió, pero el verdadero golpe llegó un segundo después, cuando la puerta del baño se abrió por completo.
—Julian, querido, ¿con quién estás hablando...? —Vanessa se detuvo, fingiendo sorpresa.
Llevaba puesta una de las camisas blancas de Julian, que apenas le cubría los muslos y al ver a Chloe, la mujer esbozó una sonrisa perfecta, llena de una condescendencia brutal.
—Hola... —dijo, caminando con naturalidad hacia Julian y pasando una mano por su brazo desnudo—. Julian, creo que lo mejor será que me vaya. No quiero causar un problema en tu... matrimonio.
Al pasar junto a Chloe, Vanessa se detuvo y con una familiaridad insultante, le dio una palmadita suave en el hombro, un gesto a ojos de Chloe, cargado de lástima victoriosa.
—Deberíamos salir a cenar un día de estos, Chloe. Aunque, para ser sincera, me alegra ver que al final te quedaste con Julian. Alguien tenía que cuidar de él mientras yo no estaba.
Chloe sintió que el estómago se le revolvía.
Nadie le advirtió, cuando aceptó casarse con Julian, que ella solo era un tónico de consolación.
Que el corazón de ese hombre ya tenía dueña.
De haberlo sabido, jamás habría permitido que la encerraran en esta jaula de oro.
Viendo que Vanessa caminaba hacia la salida, Julian se movió con una prisa que jamás había tenido con su esposa. Tomó el abrigo de piel que descansaba en la silla y lo colocó con extrema delicadeza sobre los hombros de Vanessa.
Ese pequeño gesto destruyó lo poco que quedaba del alma de Chloe.
Fue un cuidado tan tierno, tan íntimo, que dolió más que si la hubieran apuñalado. En ese instante, recordó las infinitas noches que pasó despierta en la sala de la mansión, tiritando de frío, esperando un mensaje que nunca llegó.
Recordó las cenas de aniversario que se enfriaron en la basura, y su propio cumpleaños, el cual pasó sola en una sala de emergencias lidiando con un dolor de estómago, mientras él apagaba el teléfono.
Y ahora frente a ella Julian Kingston, el implacable y frío CEO de Nueva York, abrochaba el cuello del abrigo de otra mujer para protegerla de la brisa nocturna.
Mostrando una paciencia y un amor que Chloe llevaba tres años mendigando sin éxito.
—Póntelo —le susurró Julian a Vanessa—. Afuera hace frío y no quiero que te enfermes.
Vanessa le sonrió, tocándole la mejilla.
—Sigues siendo el mismo hombre protector de siempre, Julian. Los viejos hábitos nunca cambian.
Julian le devolvió la sonrisa.
Una sonrisa real, brillante, la misma que Chloe no había visto en tres años.
El dolor físico se manifestó de golpe, le dolió el pecho de forma tan aguda que tuvo que presionar su mano contra el esternón.
¿Cuándo se había convertido su vida en este infierno? ¿Qué había hecho mal para que ese héroe se convirtiera en su verdugo?
Julian terminó de abotonar el abrigo de Vanessa, se vistió y luego, sin dirigirle una sola mirada a Chloe, como si ella fuera un mueble invisible en la habitación, tomó la mano de Vanessa y salió de la suite, dejando la puerta abierta de par en par.
Chloe se quedó completamente sola, sus piernas cedieron y se desplomó en el sofá. Se quedó sentada en la oscuridad durante horas, mirando al vacío y el peso en su pecho ya no era solo tristeza; era una fatiga crónica, una desesperación absoluta que le hacía desear, con cada fibra de su ser, dejar de respirar.
Cuando finalmente reunió las fuerzas para levantarse, volvió a casa.
En el camino de vuelta a la mansión, aferrada al volante con los nudillos blancos, la opresión en su pecho se volvió insoportable.
Recordó las palabras del médico en su revisión del mes pasado: "Señora Kingston, su salud cardíaca se está deteriorando rápidamente debido al estrés crónico y la depresión. Si no reduce la presión emocional, su cuerpo va a colapsar".
Antes de casarse, era una mujer sana y llena de vida.
Ahora, el matrimonio la estaba matando literalmente.
Miró de reojo el asiento del copiloto.
Allí, dentro de una carpeta de cuero, descansaba el acuerdo de divorcio que había redactado en secreto, pero que nunca había tenido el valor de firmar.
Durante tres años, se había engañado a sí misma pensando que estaba luchando por salvar su matrimonio.
Pero esa noche, viendo la sonrisa de Julian hacia Vanessa, finalmente entendió la patética verdad: no estaba luchando por un matrimonio.
Estaba mendigando amor a un hombre que la despreciaba.
Y ninguna mujer debería tener que arrodillarse para ser amada.
Chloe miró la carretera oscura frente a ella, mientras sus dedos acariciaban el borde de la carpeta de divorcio, y por primera vez en tres años, una sonrisa fría y decidida apareció en sus labios.
La decisión ya no era dolorosa.
Era necesaria.
Tenía que terminar con ese matrimonio.
CAPÍTULO 19 -VIAJARÁS CONMIGO A SANTORINI—Julian, ¿sigues ahí?—Sí... estoy aquí.—¿Qué quieres que haga? ¿Acepto el documento?Julian cerró los ojos.Su mente era un caos absoluto.—Julian, necesito una respuesta.Abrió los ojos lentamente.—No —dijo con voz ronca—. No aceptes nada todavía.—¿Qué?—Dije que no —repitió con más firmeza—. No firmes nada. No aceptes ese documento. Necesito... necesito tiempo.—Julian, el divorcio...—¡No me importa! —explotó—. No firmes nada hasta que yo te lo diga. ¿Entendido?Hubo un silencio tenso del otro lado.—Como desees.Julian colgó.Más tarde, ese mismo día... Chloe entró a Kingston Enterprises como un huracán. Pasó junto a la recepcionista sin siquiera mirarla, ignoró los saludos de los empleados que la reconocían y se dirigió directamente a los ascensores. Su corazón latía con fuerza y sus manos temblaban de rabia, pero su determinación era absoluta.Por ello, cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso ejecutivo, caminó con paso
CAPÍTULO 18- RENUNCIÓ A TODO En ese momento, Chloe estaba sentada frente al escritorio de su abogado, con un bolígrafo en la mano y un documento de tres páginas frente a ella. —Firme aquí, aquí y aquí —indicó el hombre, señalando las líneas marcadas con pequeñas equis rojas. Sin vacilar, Chloe firmó. Cuando terminó, dejó el bolígrafo sobre el escritorio y miró al abogado directamente a los ojos. —¿Con esto es suficiente para que no reciba nada? El hombre la miró con desaprobación evidente, quitándose los lentes para limpiarlos con un pañuelo. —Señora Pierce, con todo respeto, está siendo un poco tonta al no querer nada de su divorcio. Tiene derecho legal a cuarenta y cinco por ciento de las acciones de Empresas Kingston, eso aseguraría... Ante eso, Chloe sonrió, pero fue una sonrisa fría, vacía. —Nada vale más que mi libertad. Acto seguido, se puso de pie y le extendió la mano. —Por favor, haga llegar ese documento al abogado del señor Kingston lo antes posible.
CAPÍTULO 17 -PASTILLAS REEMPLAZADASAl día siguiente, Chloe se levantó más temprano que de costumbre.Mucho más temprano.El reloj marcaba las 6:00 a.m. cuando ya estaba duchada, vestida con un traje sastre color gris perla y revisando en su teléfono los anuncios de departamentos disponibles en la ciudad. Había pasado la noche en vela, dándole vueltas a todo lo que Julian le había gritado, a cada acusación venenosa, a cada palabra diseñada para herirla.Y había llegado a una conclusión definitiva: se había acabado.No pensaba seguir soportando sus acusaciones ni un día más, por eso ese día buscaría departamento.Y después se reuniría con su abogado para hacer algo que debió haber hecho desde el principio: renunciar a todo lo que le correspondiera con el divorcio.Porque la verdad era simple y dolorosa: ella no estaba enterada de nada.Cuando se casó con Julian, firmó ese contrato matrimonial sin leerlo realmente. Estaba tan enamorada, tan ciega, tan convencida de que él también la am
Capítulo 16 Mejorado - No eres libre, ChloeChloe se llevó un buen susto al notar su presencia.—¿Todavía no te has dormido? Me asustaste.Julian no respondió, se quedó de pie, con las manos metidas en los bolsillos, observándola fijamente. En ese momento, la imagen del video regresó a su mente: Chloe riendo, radiante, y ese hombre inclinándose hacia ella, invadiendo su espacio sin que ella hiciera nada por apartarse.A pesar de la rabia que sentía, decidió no mencionar el asunto; al fin y al cabo, no pensaba darle la satisfacción de saber que lo había visto y que lo estaba carcomiendo por dentro. Sin embargo, tenerla tan cerca, oliendo a alcohol y a un perfume ajeno, hacía que le hirviera la sangre.—¿De dónde vienes? —repitió, con la voz peligrosamente baja—. ¿Por qué tenías el teléfono apagado?Ante la confrontación, Chloe no evitó su mirada. Al contrario, lo evaluó de arriba abajo con total indiferencia.—Se quedó sin batería —dijo, encogiéndose de hombros—. Harper volvió de su vi





Último capítulo