Mundo ficciónIniciar sesiónAntes de que su tía terminara de hablar con aquel hombre, Emi regresó a la habitación para esperar. Poco después, la mujer llegó con la comida, pero Emi no podía contener la preocupación ni el dolor que le oprimía el pecho. Aunque sentía hambre, era incapaz de ingerir un solo bocado. Se preguntaba con angustia si las monjas sabían de esto, sospechando que todo aquel viaje no era más que una trampa para obligarla a casarse.
—Tía, vine hasta aquí para estar contigo y trabajar —suplicó Emi—. Dile a tu jefe que…
—Emi, él quiere que te cases con su hijo, Gabriel —la interrumpió su tía secamente.
—Pero tía, yo no quiero eso.
—Lo sé, te conozco, niña. Pero si no aceptas, me despide y me lanza a la calle.
Emi intentó buscar una salida desesperada:
—Yo no me quiero casar. Tranquila, tía, lo resolveremos. Yo trabajaré y te ayudaré.
Fue entonces cuando la confesión cayó como un balde de agua fría.
—Emi, tengo cáncer —sollozó la mujer—. Ellos están pagando mi tratamiento. ¿Cómo lo haría si me niego? Es muy costoso. Por favor, hija, ayúdame. Esta vez ayúdame tú a mí.
A Emi le dolió profundamente escuchar aquellas palabras. Su tía estaba enferma y se lo había ocultado. Pensó en todo lo que ella había hecho por ella a lo largo de los años y sintió que no podía negarse, aunque eso significara entregarse a un desconocido.
Las lágrimas brotaron sin permiso, arrastradas por un sentimiento de impotencia y rabia. No le parecía justo que las personas buenas sufrieran tanto ni que todos intentaran decidir por ella.
—Lo siento, Emi, no puedo hacer más nada por ti —continuó su tía con un rastro de amargura—. Si tus padres hubieran pensado en tu futuro, te habrían dejado dinero, pero fueron egoístas y te dejaron sin nada. Estaban tan endeudados que ni la casa se salvó. Te dejaron en la calle; gracias a Dios yo pude ayudarte.
Aunque le dolía reconocerlo, Emi sabía que su tía tenía razón. Sus padres no previeron su futuro, aunque tampoco merecían morir tan jóvenes. Respiró profundo, se limpió las lágrimas y tomó una decisión.
—Has hecho mucho por mí, tía—tomó sus manos entre las suyas— Creo que no me queda más opción que aceptar ese matrimonio, ir a esa finca y vivir con un hombre al que no amo, al que ni siquiera conozco. No importa lo que yo quiera, lo más importante ahora es tu salud.
—Bueno, no te pongas triste —respondió su tía intentando consolarla—. De vez en cuando nos veremos.
A la mañana siguiente, Emi despertó y preparó sus pertenencias. Todavía se sentía desorientada en aquel lugar, así que decidió colocarse el dispositivo que le habían regalado las monjas para poder desenvolverse mejor.
Tras el desayuno, caminaron hacia el estacionamiento donde ya las esperaban para ir a comprar el vestido de novia. La sensación de estar cometiendo un error seguía instalada en su pecho como una piedra.
Mientras su tía regresaba a buscar algo que había olvidado, Emi se quedó esperando a solas. La tristeza la envolvía por completo. De pronto, escuchó unos pasos firmes y pesados que se acercaban. El aroma era inconfundible: era el señor Scutaro.
—Ya todo está preparado para la boda —dijo el hombre con frialdad—. En la finca te van a esperar, puedes estar tranquila, tú y también Lourdes. Además, en el contrato consta que no es necesaria la vida marital, así que no te preocupes.
Emi se limitó a hablar solo asintió con la cabeza, pero recordó algo que había escuchado y se armó de valor.
—Señor, debo preguntarle algo.
—Escucha, muchacha, no tengo tiempo —respondió él con brusquedad—. El chofer ya las espera. Hoy te casas.
—¡Señor, pero es algo importante!
El hombre se acercó y le gritó con violencia:
—¡Basta! Dije que no tengo tiempo. No me ruegues, odio que la gente haga eso. Así que mejor quédate callada y no te dirijas a mí. Tienes prohibido hablarme.
Aquel grito asustó a Emi de tal manera que las ganas de llorar se volvieron incontenibles. Retrocedió unos pasos, paralizada, mientras él seguía su camino.
La angustia le desbordaba el pecho y no se percató de que alguien más se aproximaba.
—¿Le ocurre algo, señorita?
Emi dio un brinco, sobresaltada.
—¡Ah! No me asuste.
—Disculpa, no fue mi intención—respondió un hombre joven.
—Todo está bien, no se preocupe —murmuró ella, tratando de recuperar la compostura.
—¿Ya la atendieron? ¿Qué hace aquí afuera?
—Estoy esperando a mi tía Lourdes.
—Ah, no sabía que Lourdes tenía familia
—comentó él con curiosidad—. ¿Te pasa algo? ¿Por qué estabas llorando?
—No, no... creo que una basurita cayó en mi ojo.
—¿Y a dónde vas?—pregunto con curiosidad.
—Buscaré mi vestido de novia. Hoy me casaré.
El joven la observó con extrañeza. —Vaya... pero no te noto feliz.
Antes de que Emi pudiera responder, una voz resonó desde el interior:
—¡Gabriel, hijo! Pasa al estudio, debemos hablar.
—Disculpa, debo ir a hablar con mi papá —dijo el joven—. No sé por qué me llama con tanta insistencia.
Emi se quedó en silencio mientras sentía como el hombre se alejaba.
Aquel era Gabriel, el hijo del señor Scutaro. Al menos parecía caballeroso y educado, pensó con un leve alivio.
Poco después, su tía regresó y se marcharon a la tienda. Lo que Emi siempre había imaginado como el día más hermoso de su vida se sentía gris y vacío, sustituido por un miedo constante a que aquel hombre desconocido resultara ser un ogro.
En la tienda las esperaban con cinco vestidos seleccionados. A Emi le daba igual cuál elegir, así que dejó la decisión en manos de su tía. La mujer, emocionada, eligió uno con seguridad.
—Este se verá hermoso, además es de tu estilo.
Al probárselo, las vendedoras quedaron sorprendidas. Los elogios lograron que Emi se alegrara un poco, aunque fuera solo por un instante.
Luego fueron al salón; le arreglaron su larga cabellera blanca, rasgo de su albinismo, con ondas delicadas y le aplicaron un maquillaje sencillo.
Después de comer algo para animar a su tía, quien se sentía algo indispuesta, el chófer les indicó que era hora de partir. Emi respiró profundo y tomó la mano de su tía. El miedo y los nervios no los podía disimular aún así siguió con el plan. Sus planes y sus sueños se habían esfumado, quedando reducidos a una triste sombra de lo que alguna vez deseó.







