Ahora, rara vez venimos a trabajar en la empresa. En un par de reuniones, sus socios se mostraron sorprendidos al saber que yo seguía siendo su secretaria después de todo. Pero es sencillo: yo no quiero ser una mujer florero y me gusta lo que hago; y Dominic dice que no quiere a otra persona a su lado porque soy la única que lo entiende, dentro y fuera del trabajo. Por eso somos el mejor equipo del mundo.
—¡Olivia! ¿Un café después? —me ofrece Clara tras la recepción del edificio.
Yo asiento a toda prisa colándome por los tornos antes de que la cosita pequeña que no me hace ni caso se meta de nuevo sola en un ascensor.
—¡Sí! ¡Te veo en un rato! Yo a ti qué te he dicho de irte de la mano de mamá —le digo, aunque sé que es una batalla perdida.
En cuanto las puertas del ascensor se abren en la última planta, Isabella se suelta de mi mano y corre a las grandes puertas de madera del despacho de su padre. Su pelo oscuro, heredado de Dominic, se agita en dos coletitas desordenadas, y sus oj