El hotel es ridículo, uno de esos lugares que parecen sacados de una película: columnas de mármol, lámparas de araña, recepcionistas con sonrisas perfectas que me miran como si no encajara con mi abrigo arrugado y mis zapatillas gastadas. Andrew me escolta hasta una suite en el último piso. La habitación es más grande que mi apartamento, con ventanales que muestran la ciudad como un cuadro brillante y una cama que parece tragarse todo el espacio. Mi mochila parece patética cuando la dejo en una