Mundo ficciónIniciar sesiónRafaela se mudó a Nueva York con la esperanza de olvidar su amor platónico y no correspondido por su antiguo jefe, el doctor Tácio Duarte. Viviendo en uno de los lugares más caros del país y con un empleo estable, su vida era casi perfecta; solo le faltaba el amor. Tras ser trasladada inesperadamente de departamento y comenzar a trabajar para un nuevo jefe, lleno de manías extrañas, decide salir con una amiga a un bar. En ese bar, termina conociendo a un hombre hermoso que hizo que su corazón se acelerara… Una conversación envolvente, algunas copas de más y una noche inolvidable la hicieron sentir que podía volver a enamorarse. Pero sus planes se vinieron abajo cuando descubre que el hombre de sus sueños, en realidad, es su nuevo e insoportable jefe.
Leer másSaliendo de casa para iniciar una nueva semana de trabajo, Rafaela se extraña cuando su gerente la llama a la oficina para una conversación inesperada.
—¿Transferencia? —pregunta, aún sin entender.
—Así mismo. El nuevo director necesitará una secretaria, y como usted ya tiene muchos años de experiencia en el currículo, creemos que es la persona más indicada para el cargo.
Rafaela apenas puede creer la noticia que acaba de recibir. Trabajar para el hijo del CEO, que acaba de ser nombrado director de la empresa, no estaba en sus planes. A pesar de no conocer al famoso Ethan Smith, ya ha escuchado muchas cosas extrañas sobre él, incluyendo que no es una persona fácil de tratar.
—Tengo certeza de que usted se desempeñará bien, aún más sabiendo que su salario va a aumentar.
—¿En serio? —pregunta emocionada; al oír hablar de dinero, su interés es instantáneo.
—Así mismo. Ahora vaya, su nuevo jefe ya la espera. Mañana habrá una recepción para presentarlo a todos los empleados, así que quizás él necesite algo.
—Está bien.
—Buena suerte —desea la gerente, antes de salir.
Tomando el ascensor y subiendo al último piso, donde se encuentran las oficinas de los ejecutivos más importantes de la empresa, Rafaela se dirige hacia la sala del nuevo director.
Antes de golpear la puerta, el teléfono de la mesa donde será su nuevo puesto suena. Sabiendo que atender el teléfono es una de sus nuevas funciones, ella lo toma de inmediato.
—¿Sí? —responde al atender.
—Así que ya llegó —dice una voz masculina al otro lado de la línea.
—¿Con quién estoy hablando? —pregunta confundida.
—¿No sabe con quién está hablando? —El hombre ríe, pero pronto adopta un tono más serio. —Va a ser despedida en su primer día.
—¿Señor Ethan? —pregunta con la voz temblorosa.
—¿Quién más sería? —pregunta él, sarcástico. —¡Está atrasada!
—Discúlpeme, señor, es que acabo de recibir las instrucciones sobre mi nueva función.
—¿Cuál es su nombre?
—Rafaela Souza.
—¿Souza? —pregunta él, intrigado. —No es un apellido común.
—En realidad, es muy común en mi país.
—¿No es usted americana?
—Sí, pero de América del Sur —responde Rafaela, revirando los ojos al recordar que los estadounidenses se consideran los únicos americanos. —Soy de Brasil.
—No sirve para el cargo —dice Ethan abruptamente.
—¿Por ser de otro país? —pregunta ella, aún más confundida.
—No, claro que no. Simplemente no me gustó usted. —Con eso, Ethan cuelga el teléfono, dejando a Rafaela desconcertada.
Sin entender lo que acaba de pasar, ella vuelve a la oficina de su gerente para contar lo ocurrido.
—Lo siento, Rafaela, pero no puede volver a su antiguo cargo, ya pusimos a otra persona en su lugar —dice la mujer, con un tono serio.
—¿Cómo así? —pregunta, incrédula.
—Tiene dos opciones: o vuelve y trata de convencer al señor Ethan de aceptarla, o será despedida.
Aunque crea que la situación es injusta, Rafaela sabe que necesita el empleo.
Sin otra elección, vuelve a la oficina del nuevo director, decidida a mantener su trabajo. Golpea la puerta y, al oír que Ethan permite la entrada, entra a la sala.
El hombre está sentado detrás de un gran escritorio, pero su silla está girada de espaldas, impidiendo que Rafaela vea su rostro.
—Señor, creo que hubo un malentendido. Puedo probar que soy calificada para esta función —comienza a decir, tratando de mantener la calma.
—No dije que usted no es calificada, dije que no me gustó usted —responde él sin darse la vuelta.
El motivo parece estúpido para Rafaela, pero ella no desiste. Al final, necesita el empleo para pagar las cuentas, especialmente el apartamento que comparte con su mejor amiga, Kate. Conseguir otro trabajo sería difícil, y volver a Brasil está fuera de cuestión.
—Creo que, si me conoce mejor, tal vez cambie de idea —insiste ella.
—No estoy interesado —responde Ethan secamente.
—Pero, señor… —Trata de argumentar, pero es interrumpida.
—Tengo sed —dice él, cambiando bruscamente de tema.
—¿Qué? —pregunta Rafaela, confundida con el cambio repentino.
—Si me trae un mocha helado de chocolate en menos de 15 minutos, el empleo es suyo.
El pedido parece absurdo, pero Rafaela, decidida a mantener su trabajo, lo acepta. Al final, basta con ir a la cafetería al lado de la empresa y todo estará resuelto.
—Está bien —responde ella.
—Solo una cosa —añade Ethan antes de que ella salga.
—Yo solo bebo el Mocha de Starbucks.
—¡Pero el Starbucks más cercano queda a cinco cuadras de aquí! —dice, incrédula.
—Entonces, creo que es mejor que corra.
Sin creer en el juego absurdo que su nuevo jefe propone, Rafaela sale desesperada para cumplir la tarea. En medio de la carrera, se odia por haber elegido usar sus nuevos tacones ese día.
—Esto solo puede ser una broma sin gracia —murmura, mientras escribe el pedido en el celular para agilizar el proceso.
Después de recoger el pedido y volver corriendo a la empresa, Rafaela entra rápidamente al ascensor, faltando apenas un minuto para que se acabe el plazo. Golpea la puerta de la oficina de Ethan, quien permite su entrada.
—Aquí está su pedido, señor —dice, colocando el vaso en la mesa.
—Se me pasó la sed —responde él, despreocupado.
—¿Cómo así? —pregunta ella, indignada.
—Pero, como consiguió cumplir el tiempo que propuse, voy a dejar que continúe —completa Ethan, con un tono casi indiferente.
—Gracias —agradece ella, aunque sabe que aquello fue pura maldad de su parte. —¿Desea algo más, señor?
—Sí. Hay algunos documentos dentro de esas carpetas —señala una estantería llena de carpetas apiladas. —Necesito analizarlos, pero están todos desorganizados. Quiero que organice todo en orden alfabético.
—De acuerdo.
—Y espero que termine hoy, pues quiero comenzar a analizarlos mañana temprano —dice él, sin mucha ceremonia.
—Pero son muchos… Quizás no logre terminar todo hoy.
—Compense ese tiempo con horas extras —responde él.
Rafaela podría negarse, pero, como necesita el empleo, decide concordar con el jefe.
—Claro, señor.
—Ah, y una cosa más. Mañana, cuando llegue, organice esos libros en la estantería. Odio la desorganización, y están desentonando con el ambiente.
—Sí —responde Rafaela, revirando los ojos discretamente, aprovechando que él sigue de espaldas.
—También quiero que avise al equipo de limpieza que no usen productos perfumados en mi oficina. Odio los olores fuertes.
—¿Hay algo más que el señor desee? —pregunta, esperando que la respuesta sea negativa.
—En realidad, hay una lista de cosas que no me gustan y necesito que usted conozca todas. Como mi nueva secretaria, es esencial que las memorice.
—Claro, puede decirme de qué se trata.
—Mejor hago una lista. Antes de irme, se la entregaré. Ahora puede volver al trabajo.
Rafaela sale de allí con los ojos revirando. «¿Qué tan fresco puede ser este hombre?», piensa ella. Además de dar órdenes a diestra y siniestra, lo hace como si fuera un rey; ni siquiera se digna a mirarla.
¿Logrará soportar su forma de ser?
Sin tiempo para pensar mucho, se sienta en su mesa y llama al servicio de limpieza responsable de la oficina de Ethan. En seguida, comienza a organizar los documentos, hoja por hoja.
Ya pasan de las dieciocho horas cuando Ethan la llama.
—Dejé un papel en mi mesa. Léalo y memorice todo.
—Está bien —responde, yendo a su sala para buscar el papel. Ve que es la lista de las cosas que a él no le gustan.
Ethan ya salió por la puerta privada que da al pasillo y al ascensor de los ejecutivos. Como la puerta queda del otro lado de la sala, ella no lo ve salir. Con el papel en mano, comienza a leer la absurda lista de su nuevo jefe.
Cosas que no soporto o a las que tengo alergia: café con azúcar. —«Está explicado por qué parece tan amargo» —murmura Rafaela, sonriendo. La lista continúa: Cosas fuera de lugar, desorganización, masticar con la boca abierta, hablar alto, no golpear antes de entrar, flores, perfumes fuertes o dulces, tés, comida picante, conversaciones paralelas en el horario de trabajo, perros y gatos, empleados con ropa estampada. ATRASO —que él escribió en letras enormes. —Que me pregunten algo dos veces, alfombras peludas, mariscos y niños.
—Dios mío, ¿qué tipo de loco no gusta de animales o niños? —se pregunta, mientras lee esa lista absurda. —¿En qué me fui a meter?
Hacía exactamente treinta y siete semanas que Rafaela estaba embarazada. Como estaba casi al final de la gestación, había entrado en vacaciones. Aunque no quisiera, tuvo que aceptarlo al oír la justificación del marido de que ese era uno de los beneficios de haberse convertido en su esposa.Era viernes y aprovechó que Kate estaba desocupada para hablar con ella por teléfono.—¿Cómo están las cosas en Brasil? —preguntó.—¿Cómo puedo resumir mi estadía aquí? —decía Kate. —La gente es cálida y comunicativa, tengo clases de portugués todos los días y Tácio revisa todo conmigo por la noche. Ya hemos visitado tantos lugares y los fines de semana nos quedamos juntos haciendo cosas de pareja. —La voz de Kate del otro lado de la línea estaba animada. Era evidente lo feliz que se sentía.—¿Cómo estás manejando el hecho de quedarte sola todo el día?—Con las clases de portugués, solo me quedo sola por la tarde, así que aprovecho para dormir un poco —rió. —Tácio no me deja hacer nada en casa y sie
Después de una luna de miel exitosa, regresaron a casa. Cuando llegaron a Nueva York, fueron a buscar a Ava a la casa de los abuelos.—Mis queridos, ¿cómo fue la luna de miel? —Susan los saludó al verlos entrar en la sala.—Maravillosa, suegra, nos divertimos mucho —dijo Rafaela, abrazando a la suegra.—Sí, mamá, nos divertimos mucho y puedes estar segura de una cosa: si Rafaela no estuviera embarazada, habría quedado embarazada en esos días que pasamos juntos.—¡Ethan! —reprendió la esposa. —No hagas caso a lo que dice, Susan, Ethan a veces pierde un poco el control.—Sé cómo es —Susan rió. —En realidad, no me importan las tonterías que dice mi hijo; me gusta mucho verlo tan feliz así.Susan abrazó al hijo durante largos segundos.—Tenía tantas ganas de verte de este modo, hijo mío. Te mereces toda la felicidad.—Puedes estar segura de que realmente soy el hombre más feliz del mundo.—¿Dónde está Ava? —preguntó Rafaela.—En la piscina con el abuelo —respondió Susan. —Adam le compró u
Cuando estaban en el avión que los llevaría a la luna de miel, Ethan observaba a su esposa, que dormía. Mientras la admiraba, notaba su rostro calmado y sereno, reflejando un sentimiento tan bueno. Era todo lo que necesitaba.Era todo lo que había buscado durante largos años.Aunque el vuelo fuera corto, ya que viajaban a Tulum, en México, se dio cuenta de que Rafaela se había quedado dormida rápidamente. Tal vez estuviera cansada por la fiesta de bodas, o ese sueño se debía al nuevo embarazo.Ethan todavía no podía creer lo que había ocurrido durante la ceremonia de matrimonio. De todos los mejores regalos que había recibido, ese sin duda era el mejor de todos.Un nuevo bebé estaba en camino y, esta vez, podría participar de todo desde el inicio del embarazo.—¿Por qué me miras así? —Rafaela despertó y notó que el esposo no quitaba los ojos de su vientre.—Sigo pensando en todo lo que pasó en las últimas horas.—No se puede creer, ¿verdad? Estamos casados —comentó.—Y no solo eso, vo
Cuando la música de la entrada de la novia comenzó a sonar, Rafaela se aferró con fuerza al brazo de su padre.—No te preocupes, hija, papá está aquí —dijo él, intentando tranquilizarla.Al ver a Ethan en el altar, tan hermoso como si lo estuviera viendo por primera vez, su corazón latió con tanta fuerza que hasta las piernas le temblaron.—Papá, por el amor de Dios, no me dejes caer —pidió, sintiendo cómo le sudaban las manos.Avanzando lentamente por la pasarela espejada, montada en el jardín de una mansión que Ethan eligió cuidadosamente, miró a todos los invitados que estaban allí.Vio a Aurora, a los hijos y a Oliver; vio a toda su familia de Brasil, como a su hermana, a sus sobrinos y a su cuñado; también vio a algunas tías cercanas.Cerca del altar, distinguió a sus suegros, que parecían muy felices con aquella boda.En el lugar también había algunos amigos y socios de Ethan.Cuando se acercó al novio, escuchó a su padre susurrarle al oído.—Cuida bien de mi niña.Ethan asintió
Dos meses después.—¿Crees que este vestido es el mismo que te probaste hace unos días? —preguntó Kate, intentando abrochar los botones del vestido de novia de Rafaela.—Claro que sí. Fue hecho a medida para mí.—Amiga, entonces debiste haberte puesto muy ansiosa por la boda y descargaste todo en la comida —comentó.—No digas eso, por la ansiedad casi no comí.Al escuchar la confesión de su amiga, Kate soltó los botones y la miró fijamente.—Rafa, dime una cosa. ¿Por casualidad tu menstruación está atrasada?Rafaela se quedó pensando y recordó que ya hacía dos meses que no menstruaba.Asintió.—¡Rafaela, estás embarazada! —afirmó.—¿Estás loca? Eso no puede ser verdad, Ava ni siquiera ha cumplido un año.—¿Y acaso estabas evitando? Porque si mal no recuerdo, tú y Ethan parecían dos conejos en celo.—¡Dios mío, qué absurdo! Compararnos con un conejo es ofensivo.—Amiga, hablo en serio. Voy a pedir ahora mismo que Ethan vaya a la farmacia y compre una prueba de embarazo.—No, no hagas e
Al llegar al hospital y entrar en la habitación donde Charlotte estaba internada, la encontraron dormida en la cama. April estaba sentada a su lado, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.Cuando vio a Ethan entrar por la puerta, se levantó rápidamente y fue hacia él.—Por fin viniste —dijo—. Por favor, dime qué le pasó a mi sobrina, porque insiste en preguntar por un niño llamado Matteo.Después de lo ocurrido en el pasado, Charlotte nunca llegó a contarle a nadie de su familia sobre el embarazo, ni siquiera a su padre.—Charlotte estuvo embarazada hace algunos años, pero perdió al bebé —confesó.—¿Cómo así? Nunca nos contó nada.—Creo que no es un asunto del que se sintiera orgullosa de hablar —supuso.Al mirar nuevamente a su sobrina, que estaba bajo el efecto de medicamentos en la cama, April se sintió vulnerable al verla sufrir sin poder hacer nada.—Cuando íbamos a hacerle una radiografía, le preguntó a la enfermera si había algún riesgo de radiación por el embarazo, y e
Último capítulo