El eco de los gemidos de la chica de la cafetería sigue persiguiéndome cuando salgo de la oficina y me enrosco en mi bufanda. Atravieso las puertas giratorias hasta mi coche, el pobre que lleva aparcado aquí desde la semana pasada, y dejo las flores que he recogido de mi papelera en el asiento del copiloto. Son mías y me las llevo a casa en mi coche. Que le den a Dominic, y al pobre de Andrew que debe pensar que me hace de niñero.
Por primera vez en días, siento un pequeño alivio, como si hubiera recuperado un pedazo de mi libertad. Pero el alivio dura poco.
Cuando llego a mi puerta, algo no está bien. A la llave le cuesta girar, y no veo nada raro… pero lo siento. Es esa sensación de conocer tan bien un lugar que notas que algo a cambiado, pero no sabes qué. Dejo las flores en la mesita de la entrada y me quito los tacones, notando el frío de la tarima en mis pies descalzos.
—¿Bobby? —llamo, esperando el maullido perezoso de mi gato—. ¿Bobby?
Atravieso el salón, ojeando la cocina de