El eco de los gemidos de la chica de la cafetería sigue persiguiéndome cuando salgo de la oficina y me enrosco en mi bufanda. Atravieso las puertas giratorias hasta mi coche, el pobre que lleva aparcado aquí desde la semana pasada, y dejo las flores que he recogido de mi papelera en el asiento del copiloto. Son mías y me las llevo a casa en mi coche. Que le den a Dominic, y al pobre de Andrew que debe pensar que me hace de niñero.
Por primera vez en días, siento un pequeño alivio, como si hubie