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En todo este tiempo, nunca he estado más de unas horas a solas en la mansión. Domic tenía razón cuando decía que esto era muy solitario.

Se fue ayer a ver los últimos detalles de la nueva sucursal, y aunque no han pasado ni veinticuatro horas, ya me estoy aburriendo como una ostra. He usado el gimnasio, la piscina climatizada —ahora que ha llegado el otoño, la piscina exterior no es más que decoración—, he hecho tres bandejas de galletas, y he suplicado a las chicas que por favor vengan a hacerme compañía esta noche.

Me tumbo en el sofá del salón principal, con Bobby ronroneando en mi regazo, y miro el techo altísimo de la mansión. Todo es tan grande, tan silencioso sin Dominic aquí. Su presencia llena este lugar, y sin él, parece que falta algo. No es solo que lo eche de menos —que lo hago, y mucho—, es que la casa se siente como un museo sin su energía. Suspiro y agarro el móvil, marcando su número sin pensarlo demasiado. Necesito escuchar su voz, aunque sea solo un rato.

El teléfo
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