Mundo ficciónIniciar sesiónTodo iba bien con el nuevo trabajo de Alma hasta que empezó a ir mal. El patán que la había ensuciado, insultado y humillado estaba allí cuando ella creyó haberlo dejado atrás. Y la miraba como si fuera una rata que trajo el gato y estuviera obligado a respirar el mismo aire que ella.
No podía ser cierta tanta desdicha. —¿Qué estás haciendo tú aquí? —preguntó él—. No me digas que viniste a buscar revancha por lo ocurrido. ¿En qué cabeza retorcida cabía la posibilidad de que ella hiciera algo así? Además de arrogante, el hombre era un verdadero lunático. —Vine por el puesto de niñera; su esposa ya me contrató —respondió, ofendida. —Deben haber venido muy pocas candidatas. Intenta llegar limpia mañana, no quiero que mi hijo vaya a enfermarse —se burló mientras pasaba junto a ella, con un aire de satisfacción marcando su paso. Qué hombre insoportable. Lo bueno es que su encantador hijo no se le parecía en nada. De todos los hombres, los que tenían complejo de dioses eran los más insufribles, avanzaban por sobre las demás personas, aplastándolas con sus delirios de superioridad moral e intelectual, sin un atisbo de respeto y consideración. Lamentablemente, con su ejemplo e influencia, el pobre Agustín podría acabar siendo igual. Esperaba que la madre fuera una figura positiva que tuviera la fuerza para evitarlo. Fue a la cocina para despedirse de Sonia y se detuvo en el umbral al ver que el patán estaba allí. —El mejor momento del día es regresar a casa y degustar tus cenas, Sonia. ¿Cuál es el menú de hoy? Si no lo hubiera estado viendo, Alma no lo habría reconocido por su tono amable y cordialidad. Parecía otro hombre. —Sopa de cabezas de pescado de entrada e intestinos rellenos como plato fuerte, con lengua frita de acompañamiento —respondió la mujer, muy seria. El hombre rio como si fuera el mejor chiste del mundo hasta que vio a Alma. Volvió a su expresión apática y seriedad abismal. —Solo quería despedirme, nos vemos mañana —dijo Alma. Sonia fue la única que se despidió y eso estaba bien; no esperaba otra cosa porque no creía en espejismos y eso había sido aquella amabilidad y risa dulce, una mera ilusión de alguien que debía evitar, aunque el destino planeara lo contrario. Sonia le sirvió la cena a Amaro, que no fue nada de lo que ella había dicho, y se fue. Vivía en el pueblo y tenía su propio auto. En el lujoso comedor, Amaro usó uno de los doce puestos disponibles en la larga mesa y se vio pequeño en su grandeza, pues no estaba su esposa para acompañarlo. Comer solo no saciaba del mismo modo que hacerlo en compañía. Podría decirse que, pese a tener frente a él un banquete, se quedaría con hambre. Siempre tenía hambre. Terminada la cena, se retiró a su habitación para darse un baño. Por la ventana, notó movimiento en el jardín y fue a averiguar. Se encontró con la niñera. —No que te ibas, ¿qué haces aquí todavía? ¿Tendré que revisar el estado de mis neumáticos o decidiste cortar los frenos? —Espero un auto, pero ninguno me ha tomado el viaje —explicó con el ceño fruncido, enseñándole el teléfono. —Podrías haberle pedido a Sonia que te llevara; se fue hace poco. —No la vi salir. En su defensa, el jardín era enorme y se había entretenido mirando las plantas. Iluminadas por focos empotrados en el suelo, adquirían un aura casi mágica. La expresión de Amaro era la de un hombre que asumía que todos a su alrededor eran incompetentes y tenían que depender de él para resolver sus problemas. Tal vez por eso era tan cascarrabias, cargaba con un estrés nivel dios. —Descuide, si no encuentro ninguno, me iré a pie hasta el pueblo. No está tan lejos y es una bonita noche para caminar. La bonita noche duró hasta que el cielo, encapotado desde la tarde, tronó como si se resquebrajara. Una fina llovizna, pero muy tupida, empezó a caer, mojando a Alma y a su vestido. —Vamos, sube al auto. Yo te llevo —ofreció Amaro. Alma aceptó, despojándose de su orgullo. Subirse al auto que la había salpicado de lodo era un acto de pura ironía. Se sintió extraña, fuera de lugar y, de algún modo, rendida. Era como si, en su necesidad de salir de aquel aprieto, estuviera declarando una especie de derrota ante su enemigo, ese hombre punzante y atroz, el engreído que la había humillado. Estaba a punto de bajarse cuando él activó los seguros, que resonaron en las cuatro puertas, y encendió el motor. Sin más remedio, Alma se abrochó el cinturón. No serían más de diez minutos compartiendo el mismo aire, a lo sumo quince por la lluvia; nada comparado con trabajar para él y vivir en la misma casa. Ya mejor se acostumbraba a su ánimo de los mil demonios; la Alma del futuro se lo agradecería. Ser una empleada servicial y sumisa no debía ser tan difícil, por el bien de sus ahorros. —Todavía estoy esperando una disculpa —murmuró después de un rato, como muestra de que su descontento seguía existiendo, que la lluvia no lo había borrado. —Bien, se ve que eres paciente o no serías niñera. ¿Eso era una broma? Alma no estuvo segura y prefirió guardar silencio. Por ahora. El camino que llevaba hasta el pueblo era una carretera de dos vías, rodeada de campos y pastizales, muy pocos cultivados porque debían ser propiedad de los Gutiérrez-Cruz, y el hombre que conducía el lujoso auto, con un reloj presumiblemente de oro asomándose bajo su manga, no era ningún granjero. La esposa que se veía como una modelo tampoco. Ningún otro auto habían visto hasta el momento, nadie caminando. La oferta de mudarse a la mansión había sido toda una fortuna que le evitaría hacer ese solitario recorrido a diario. —Y... ¿cómo te llamas? —preguntó él. —Alma Velásquez —respondió, ignorando la burlona risa del hombre. Qué infantil. Ella era a prueba de burlas sobre su nombre porque ya las había escuchado todas. Se llamaba Alma, ¿y qué? Otros se llamaban Agapito. Él se llamaba Amaro; la señora Mónica se lo había dicho, así que no se lo preguntó y no notó que él se quedó esperando a que lo hiciera. —La habitación de Agustín es hermosa —comentó ella. —Contraté a un decorador; no es la gran cosa. —Y Agustín es un niño encantador. —Tiene apenas unas semanas, no ha desarrollado su personalidad todavía. Además de comer y ensuciar pañales por montones, no hace mucho que digamos. Alma no lo contradijo o acabarían discutiendo. El tipo era realmente insoportable, incluso cuando intentaba ser amable. Esperaba que no le sacara en cara lo del transporte o ahí sí que encontraría sus neumáticos desinflados. Tras doce minutos de viaje, llegaron al pueblo. —¿Dónde te dejo? —En la terminal de buses; vivo en Villa Blanca. —Puedo llevarte hasta allá. De todos modos, ya estoy aquí. ¿Y aguantarlo durante veinte minutos más? No, gracias. —No es necesario, ya hizo suficiente. Además, su tiempo es más valioso que el mío —señaló con agudeza y él sonrió. —Efectivamente, pero yo decido en qué usarlo. Villa Blanca está en la salida hacia Troncal, ¿no? Apenas y me tardaré, y no tengo mucho que hacer en casa, salvo dormir. —¿No vive alguien más con ustedes? —No, somos solo los tres —respondió, y Alma sintió un escalofrío desolador recorrerle la espalda. —¡¿Entonces con quién se quedó Agustín?! En la calle humedecida por la lluvia, el auto negro frenó de pronto. Alma bajó de prisa, no sin antes darle su número a su nuevo jefe para que le avisara cualquier cosa sobre el niño. No podía creer lo negligentes que habían sido; debió indagar más sobre aquella familia. —Esto es por el viaje. Nos vemos mañana —dejó sobre el asiento el billete que él le había tirado y corrió camino a la terminal, sintiendo que todo volvía a estar en su sitio. Mañana, el aire sería más refrescante. Si un hombre no se podía evitar, entonces se tendría que domar. En su auto, la sonrisa de Amaro se mantuvo hasta llegar a su casa, donde encontró a Agustín durmiendo como si nada hubiera pasado.






