Mundo ficciónIniciar sesiónAugusto Monteiro lo tiene todo: poder, dinero… y un corazón completamente cerrado. Frío, dominante e inaccesible, no confía en nadie desde que fue traicionado por la única mujer que logró acercarse demasiado. Eloise Nogueira no es el tipo de mujer que obedece. Hermosa, provocadora y con una lengua peligrosa, llega a su vida decidida a no inclinarse ante nadie… ni siquiera ante el hombre más temido de la empresa. Pero lo que empieza como un juego de provocaciones… se convierte en una guerra de deseos imposible de controlar. Él no mezcla trabajo con placer. Ella no acepta órdenes. Y cuando dos mundos chocan, las reglas dejan de importar. Entre miradas que arden, tensiones que explotan y noches que nadie debería recordar… descubrirán que caer no era una opción. Era inevitable. Él era su jefe. Ella… su mayor debilidad.
Leer másCláudia entrecerró los ojos. —No se trata solo de ella. Se trata de su padre. ¿Sabías que ya no está en el hospital? Yo misma lo busqué. Revisé varios hospitales. Simplemente desapareció de los registros. Augusto se recostó en la silla. Una sonrisa irónica curvó sus labios. —Qué interesante. Tal vez deberías preguntárselo a Navarro… su aliado. O quizá su amante. La sangre de Cláudia hirvió. —¿Navarro? —repitió, incrédula.— ¿De verdad crees que Eloise está con él? Augusto no respondió. Se limitó a sostenerle la mirada con frialdad. Cláudia apoyó ambas manos sobre el escritorio. Se inclinó hacia él. —Augusto, estás ciego por culpa de tu propio orgullo. Ya vi esta historia antes. Vi a un hombre perder al amor de su vida porque decidió creer en la mentira que más le convenía. Su voz se quebró. —¿Y sabes qué le quedó al final? Nada… aparte del arrepentimiento. Y si sigues por este camino… terminarás exactamente igual. Augusto apretó la mandíbula. Pero permaneció en silencio
La cabeza le latía como si un martillo golpeara su cráneo.Augusto Monteiro abrió los ojos lentamente, solo para quedar cegado por la claridad que se filtraba entre las rendijas de las cortinas.El cuerpo le pesaba.El saco estaba tirado en el suelo.Una botella de whisky vacía descansaba sobre la mesa de centro.Y él…tendido en el sofá como un hombre derrotado.Se llevó una mano a la sien y la apretó con fuerza.El dolor no provenía únicamente de la resaca.Venía también de un recuerdo que le quemaba por dentro.Los ojos de ella.Aquellos ojos color café, empañados por las lágrimas.Jamás podría olvidarlos.El instante en que Eloise lo vio con la mano apoyada en la cintura de Thamires.El dolor desnudo que había visto en su rostro era el reflejo perfecto del mismo dolor que él llevaba en el pecho.—Mierda… —gruñó en voz baja mientras se pasaba ambas manos por la cara.Tenía que detener aquello.Tenía que salir de aquel ciclo de autodestrucción.Ese no era el hombre que había prometi
El reloj de la sala marcaba poco después de las nueve cuando el estridente sonido del portero automático rompió el silencio del apartamento.Las tres se sobresaltaron.Eloise y Nathalia, todavía acurrucadas en el sofá cama improvisado, parpadearon confundidas.Emma, con el cabello despeinado y la voz ronca por el sueño, se levantó refunfuñando.—¿Sí? —respondió, intentando aclararse la voz.La voz del portero sonó por el altavoz:—Señorita Emma, hay un joven aquí abajo… Lucas Castro.Emma parpadeó varias veces.De pronto, el recuerdo volvió a su mente.“Lucas… claro. El chico de TI.”Le había prometido que podía pasar a recoger su portátil para darle mantenimiento y ya era la segunda vez que lo posponía.Ya no podía seguir aplazándolo.—Sí, puede hacerlo subir. —respondió mientras respiraba hondo.Colgó y se volvió hacia las otras dos.—Es Lucas Castro. Trabaja con nosotros en el departamento de informática. Viene a recoger mi portátil… perdón por la molestia.Nathalia simplemente asi
Augusto salió del evento sintiéndose asfixiado.El aire del salón le había parecido demasiado pesado.Cargado de miradas.De susurros.Y de una imagen que no conseguía borrar de su mente:la expresión de Eloise al verlo con la mano apoyada en la cintura de Thamires.El corazón le ardía.Sentía el pecho como si hubiera recibido un golpe invisible.Despidió al chófer y entró solo en un club privado que frecuentaba desde hacía años, aunque rara vez visitaba.Allí no había fotógrafos.Ni periodistas.Solo silencio costoso.Y discreción comprada a precio de oro.Se sentó en una mesa apartada, en uno de los rincones.—Un whisky. —pidió con voz grave.Se lo bebió de un solo trago.Pidió otro.A la tercera copa, perdió la paciencia.—Deja la botella. —ordenó al camarero sin mirarlo a los ojos.El líquido ámbar llenaba el vaso con rapidez.Pero no conseguía apagar lo que ardía dentro de él.—Idiota… —murmuró para sí mismo mientras se pasaba una mano por el cabello.— ¿Cómo pude confiar? ¿Cómo p
Último capítulo