II Olvidado

Alma llegó a la imponente casona cuando el reloj marcaba las siete y media de la mañana. Tocó el timbre, pero tuvo que esperar la llegada de Sonia para que le abriera.

—Amaro se levanta después de las ocho. Podría pasarle una estampida de elefantes por el lado y no se despertaría.

Y tampoco escuchaba a Agustín, que lloraba desconsolado. Alma dejó su maleta en la entrada y corrió a la habitación del bebé.

La razón del llanto estuvo clara: su pañal estaba a rebosar; incluso se le había ensuciado la ropa. No quería pensar mal, pero parecía ser el mismo que ella le había puesto el día anterior.

Lo cambió rápido y fue por su leche, que él se tragó casi sin respirar, acrecentando las oscuras sospechas que empezaban a echar raíces en su cabeza.

No. No podía ser cierto. Agustín tenía padres que lo amaban, que le contrataban una niñera y hasta un decorador, no podían actuar con tanta negligencia; no podían olvidarlo de ese modo.

Limpio y satisfecho, Agustín volvió a ser el bebé tranquilo y silencioso que ella había conocido. Lo dejó dormido y se fue a la cocina, donde Sonia ya estaba inmersa en sus deberes.

—¿A qué hora se despierta la señora? —le preguntó Alma.

—Depende de a qué hora se acueste. A veces ni llega —dijo la sirvienta, como si fuera lo más normal del mundo.

—Pero eso debió ser antes de que naciera Agustín, ¿no? —replicó Alma, cada vez más preocupada—. Ahora su bebé la necesita.

Sonia la miró como diciéndole que no hiciera preguntas tontas.

¿Qué rayos pasaba en esa casa?

Amaro apareció un rato después, luciendo impecable en su traje hecho a la medida. Era la imagen de la perfección: hombre perfecto, con una vida perfecta, en una casa perfecta donde vivía su familia perfecta.

—¿Llegaste bien a casa? —le preguntó a Alma, despreocupado, cogiendo la taza de café que Sonia le había servido.

—Sí. Y hoy nadie me salpicó de barro porque salí más temprano. Agustín lloraba cuando llegué porque su pañal estaba sucio. ¿No lo escuchó?

Ella era una simple empleada en su primer día de trabajo; reclamarle a su jefe era dispararse en los pies, pero no podía quedarse callada ante lo que parecía una brutal muestra de abandono hacia la criatura.

Amaro simplemente negó con la cabeza.

—Desde que nació, empecé a usar tapones —dijo con una ligereza que dejó a Alma boquiabierta.

—Su piel tiene irritaciones por la humedad —añadió ella.

—Llévalo con un médico, te daré un bono extra. Ahora debo irme, tengo una reunión importante —se bebió el café de un trago, sin siquiera sentarse y se fue.

Sin dar crédito a su indiferencia, Alma miró a Sonia, quien simplemente se encogió de hombros.

La habitación que le dieron era más amplia que la que rentaba y lucía hermosa, como se esperaba de un decorador bien pagado. Guardó sus escasas pertenencias y se fue a ver a Agustín. El niño estaba despierto, así que le preparó un baño.

Probó que el agua tuviera la temperatura adecuada y, luego de desvestirlo con delicadeza, lo introdujo en la pequeña bañera. Fue cuando notó los moretones que tenía en un brazo.

—¿Y esto? ¿Qué te pasó, bebé? —tragó con dolor el nudo que se le formó en la garganta.

¿Qué clase de bestia había puesto sus manos sobre él?

A la luz de los nuevos hechos, dejarlo solo la otra noche estaba lejos de ser una mera anécdota. Su familia no solo lo olvidaba, sino que lo maltrataba.

No. No podía precipitarse. Necesitaba tener la mayor cantidad de información posible antes de actuar.

Con su teléfono sacó una foto del brazo.

—Has vivido apenas tres semanas, pero cuántas cosas dirías si pudieras hablar.

Él se quedó muy quieto mientras ella lo bañaba, como si fuera un muñeco. Sus ojos, que eran los de un conejo frente a su depredador hablaban por él. Era pequeño para tener una personalidad, como había dicho su padre, pero ya había aprendido a tener miedo.

Probó a cantarle una canción, una que tarareaba su madre. Hablaba sobre osos dulces y cariñosos, que escondían sus garras para no herir a nadie. Le dio también suaves masajes para mimarlo.

—Eres un bebé hermoso, Agustín. Que nadie te diga lo contrario. Vamos a lavar estos deditos pequeñitos.

Sus uñas estaban bastante largas; necesitaban un retoque.

—Tienes uñas de oso. El osito Agustín.

No encontró otros moretones. Lo secó cuidando no rozar demasiado su piel irritada y le aplicó una crema que tenía entre sus pertenencias, como la buena aspirante a enfermera que era.

Usando ropas y sábanas limpias, Agustín estuvo listo para volver a la cama y descansar como era debido, pero no lo acostó de inmediato. Se paseó con él en brazos, acariciándole la cabeza, besándosela. Le pagaban para cuidarlo, pero amarlo lo haría gratis.

Los bebés eran pequeñas semillas, de como se los cuidara ahora dependería el tipo de árbol en que se convertirían. Y ella deseaba que Agustín fuera el más esplendoroso, capaz de dar refugio y sombra a todos los que la necesitaran.

Lo dejó por fin en la cuna cuando los ojos se le cerraban y se guardó en el bolsillo el receptor del monitor de bebé, así lo oiría si despertaba.

Mónica estaba en la sala. Su cartera brillante se agitaba con sus pasos tambaleantes. Era rosa y combinaba con el vestido ajustado y corto, igual de brillante. Sus ojeras delataban que no había dormido en toda la noche. Venía recién llegando, teniendo un bebé de semanas que la necesitaba porque una madre era el sol y sin ella solo existía la noche eterna.

Alma le salió al encuentro. No se aguantaba las ganas de decirle todo lo que estaba pensando, pero ser despedida no ayudaría a Agustín. Necesitaba actuar con cautela.

—Buenos días, señora Mónica —la saludó, en un intento de cortesía.

—No me digas señora, no soy una vieja. Vieja es mi suegra —soltó una risotada que olía a alcohol y tabaco—. Dime Mónica a secas... Mmm, seco... Ya me dio sed, ja, ja, ja.

Siguió su camino hacia las escaleras, pero Alma volvió a hablarle.

—Le di un baño a Agustín y vi que tenía algunos moretones en un bracito. ¿Sabe qué pudo pasarle?

Mónica se volvió a verla, despectiva.

—Eso debió ser cosa de la niñera anterior. Menos mal que ya no está. Si me disculpas, necesito dormir. Buenas noches.

La niñera anterior, eso cambiaba las cosas. Un poco. Si la madre bebía y fumaba con frecuencia, ¿qué calidad tendría la leche materna que se extraía para Agustín? Lo estaba envenenando lentamente.

—Sonia, ¿quién era la niñera anterior? ¿Se fue porque la despidieron?

Sonia la miró con la misma expresión de siempre, como si no tuviera tiempo para tonterías entre preparar el almuerzo y asear la casa.

—¿Cuál niñera? Antes de que tú llegaras, yo cuidaba al bebé. Si quisiera andar cambiando pañales, tendría mis propios hijos. Gracias al cielo te contrataron porque me faltaban manos para todo lo que tengo que hacer. No me pagan lo suficiente. Atender niños y maridos de otra, faltaba más.

—Entiendo que estás muy ocupada y eso puede causar mucho estrés. ¿Es posible que hayas sido algo ruda con Agustín, sin querer? Tiene marcas en un brazo.

La mujer dejó caer un plato con más fuerza de la debida. Le faltó poco para romperse.

—¿Me ves cara de maltratadora de niños? No seas absurda. Honestamente, si quieres conservar tu empleo, no te metas en lo que no te corresponde. Hablas demasiado.

—Soy su cuidadora, claro que me corresponde si, por lo que veo, nadie más se preocupa por él.

—Escucha, Alma. Las familias ricas tienen otros modos de criar a sus hijos porque tienen dinero suficiente para delegar las molestias a otros. Así funciona el mundo y no vas a venir tú con tus quejas a cambiarlo. Haz el trabajo por el que te pagan y ya. Y si haces más de lo que te piden, bien por ti, pero nadie te dará las gracias.

Alma se fue a caminar por el jardín para despejar su mente y procesar sus ideas. Las familias no eran perfectas; la suya no lo era, pero se las habían arreglado bien para salir adelante. A veces hasta hablaba con Ryan. Y dejaba flores en la tumba de su madre.

El llanto de Agustín la hizo regresar a la casa y, cuidándolo, se le pasó la tarde. Al ver llegar el auto de Amaro, fueron a recibirlo. Todo padre estaría ansioso por saludar a su hijo recién nacido al llegar a casa, sobre todo si era el primero.

Amaro le dio un saludo breve, casi ausente. Un saludo de hombre ocupado hasta para la cordialidad.

—Agustín también quiere su saludo.

—Hola —repitió él y subió las escaleras como si nada.

Ella le dio al bebé el beso que le negó su padre. Le dio dos, para asegurarse.

En el comedor, Sonia servía la cena. Un solo puesto.

—¿La señora Mónica no comerá? —preguntó Alma.

—Lo hizo en su habitación, tiene una jaqueca horrorosa. Cuando está así es mejor ni hablarle. Hasta la luz le molesta.

Con Agustín de nuevo en su cuna, ella estuvo lista para cenar también. Sonia le sirvió en la cocina y se despidió. Alma cogió su plato y fue al comedor donde estaba Amaro.

—¿Puedo comer con usted? Dicen que el cuerpo digiere mejor en compañía.

—¿Lo dicen los médicos? —con su mano le indicó que se sentara.

Vestido de manera casual y relajado, hasta más joven se veía.

—Lo decía uno que conocí hace tiempo. Trabajaba con mi madre, ella era enfermera. ¿Puedo preguntar en qué trabaja usted?

Amaro terminó de tragar y contestó:

—Dirijo una compañía dedicada a la fabricación de maquinaria industrial, nada muy interesante. Y tú, ¿planeas ser niñera toda la vida?

—Es solo un trabajo temporal para ahorrar. Estudio enfermería —dijo con orgullo.

—Es casi lo mismo; al final, alimentarás y limpiarás desechos de por vida. Qué bonito.

Amaro era joven, pero hablaba como si se hallara en el ocaso de la vida, donde las esperanzas se habían marchitado todas. Ya no le molestaba; empezaba a sentir pena por él.

—Es bonito cuando uno ama lo que hace—repuso ella, firme ante su expresión de burla—. ¿Usted no ama lo que hace?

—El amor está sumamente sobrevalorado, en todo ámbito; no sirve para nada más que fomentar la economía.

—No estoy de acuerdo con eso; hay...

—Hay todo un mercado que te vende la idea de que vivir en pareja es lo mejor —la interrumpió—. Desde libros llenos de babosadas hasta subsidios solo para quienes están casados. Hay muchos más incentivos para estar en pareja que para permanecer soltero y no es necesario el amor; basta ser prácticos y ya.

—¿Y eso funciona? —cuestionó ella—. ¿Puede una relación basada en lo económico ser duradera?

Amaro terminó de comer y se levantó.

—Eso lo descubrirás tú misma algún día.

Alma se quedó pensativa. Si así debía ser, esperaba que aquel día jamás llegara.

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