Alma se despertó con la alarma y salió corriendo a ver a Agustín. No podía creer lo profundo que había sido su sueño, pues en toda la noche no se despertó para verlo. La puerta estaba abierta. Se asomó y creyó que seguía soñando. ¡Su jefe estaba allí! ¡Y estaba cambiando el pañal de Agustín! Retrocedió, sin hacer ruido, pero el ojo de águila de su jefe alcanzó a captarla.
—¡Alma! Ven y dime si hice esto bien, por favor.
¡Y hasta un «por favor»! Tal vez había muerto mientras dormía y estaba