Mundo ficciónIniciar sesión—¡Así que eres famosa! No lo puedo creer. Dios tiene sus favoritas —comentaba Sonia mientras almorzaban en la cocina.
Habían puesto un pequeño y viejo televisor donde tenían sintonizado el noticiero. —No dije nada, solo estuve allí parada porque Agustín no puede estar solo y porque la señora estaba indispuesta. La feliz idea de un paseo padre e hijo no había sido más que una mera puesta en escena para fortalecer el discurso de Amaro con la imagen de unidad familiar. «Una familia que se mantiene unida ante el desastre, porque para GyC Corp las familias eran importantes», había dicho el relacionador. La situación la había dejado con mal sabor de boca, pero al menos había logrado quitarse el labial con una de las toallitas húmedas de Agustín. «El día de ayer, un lamentable accidente enlutó a GyC Corp cuando un trabajador, de nombre Ángel Cabrera, de veinticuatro años, falleció al manipular una maquinaria»... —partió diciendo la presentadora. —¡Ahí está, ahí está! —chilló Sonia y subió el volumen del televisor—. Mira lo bien que se ve el patrón, parece actor de cine. Y a ti apenas se te ve la cara, tenías que aprovechar tu minuto de fama, niña. —Es que soy tímida y tantas cámaras eran muy intimidantes —aseguró Alma, cuyo rostro se desvanecía entre la manta de Agustín y sus ondas rubias. Ya se le habían desarmado. Ahora llevaba el cabello bien tirante en una coleta. «Como empresa, estamos muy apenados por lo ocurrido a Ángel. Hemos facilitado las instalaciones para que la policía realice todas las indagaciones necesarias para aclarar el incidente. Además, hemos dispuesto dar el día libre cuando se realice el sepelio, para que todos los miembros de GyC Corp puedan despedir a Ángel como corresponde, ceremonia que financiaremos en su totalidad, para tranquilidad de su familia, que recibirá también una indemnización, porque en GyC Corp todos somos familia», decía Amaro, con un tono conmovido y humano que hizo a Sonia suspirar. ¿Familia? ¿Acaso él sabía lo que era la familia? Claro, cuando le servía para usar a su hijo en sus viles propósitos, pensaba Alma, que no se dejaba engañar por todo lo que aparecía en la televisión. —El patrón es un gran hombre. Mira que financiar el funeral. Tiene un gran corazón. Alma quiso bufar, pero solo masticó su comida con más fuerza. Ser generoso era casi una obligación cuando se tenía tanto dinero. «En otras informaciones, un vuelco ha dado el caso de un menor que falleció tras el parto en el hospital San Clemente, cuando sus padres, tras presionar a la policía, descubrieron que los restos que les habían entregado en un ataúd sellado correspondían a bolsas de basura». —¡Válgame Dios! Qué crueldad más grande. —Algo así no podría ocurrir sin complicidad del hospital. ¿Dónde está la ética de los trabajadores? —cuestionó Alma, que en un futuro se veía trabajando en un hospital. «La policía ha iniciado una investigación en el hospital y se ha ordenado un sumario para saber el paradero del pequeño Pablo, cuyos padres aseguran que podría estar con vida». Sonia cambió de canal y puso la telenovela. —No es bueno comer con tragedias, esto es más divertido —dijo, sonriendo. «¡Me engañaste con mi hermana, desgraciado! ¡Y ya sé que fuiste tú quien atropelló a mi padre y envenenó a mi perro!», gritaba una mujer. Primer plano al cañón de un arma y tres disparos acababan con el galán y su sonrisa radiante. —Bien merecido se lo tiene. Ahora que queme el cuerpo, para que no la pillen —comentó Sonia, riendo. Los balbuceos de Agustín salvaron a Alma de la «divertida» programación y se fue a verlo. Lo cambió, alimentó y se sentaron en la mecedora al son de la melodía de un juguete que había encontrado en un estante. Tenía luces que proyectaban imágenes en los muros: unicornios, elefantes, ovejas, ositos, dinosaurios. Verlos girando por los muros, subir al techo y bajar generaba un efecto relajante que aumentaba el peso de los párpados. Estaba cabeceando cuando un empujón en la puerta le quitó todo el sueño. —¡¿Cómo es eso de que saliste en la televisión con mi esposo?! ¡¿Quién te has creído que eres?! Agustín rompió en llanto ante los gritos de su madre. —Por favor, hablemos afuera —pidió Alma, dejando al niño en la cuna y llevándose a la histérica mujer lejos de allí. Con voz pausada y sin agitación, le explicó todo lo que había sucedido y cómo Amaro no había logrado despertarla para que lo acompañara tras intentarlo varias veces. Mónica ya no tuvo tantas ganas de seguir gritando. —Solo estuve allí porque él necesitaba a Agustín y Sonia no había llegado, nada más. Él quería que lo acompañara usted, porque usted es su esposa. Anoche la esperó hasta tarde, estaba muy triste por lo ocurrido con su empleado. Tal vez así la mujer entraría en razón y empezaría a desempeñar los roles que le correspondían, como esposa y madre. Alma no sabía los problemas que había entre ella y Amaro, pero necesitaban hablar con urgencia para resolverlos, por el bien de Agustín. Mónica se fue a su habitación. Se dio un largo baño para terminar de despertarse y vistió provocativamente, con un vestido ajustado y escote generoso. Para los labios usó un tono rojo, como el que tanto había incomodado a Alma, pero que ella sabía bien que a los hombres les encantaba. Se aplicó perfume en el cuello, una fragancia exquisita y costosa que le traían especialmente a ella del otro lado del mundo y que estaba dotada, según su fabricante, de una esencia afrodisíaca. Agustín era prueba viva de ello. Le pidió a Sonia que preparara una cena especial para dos y la sirvienta supo que le bastaría añadir unas velas a lo que ya tenía cociéndose en el horno. Mientras esperaba a su esposo, Mónica buscó una lista de reproducción acorde a la ocasión. Estaba indecisa entre «Música romántica para precalentar» y «Música para seducirlo». Escogió la segunda. Usualmente Amaro llegaba a las siete de la tarde, eso le dijo Sonia. «Con el muerto debe tener mucho que hacer», agregó la sirvienta cuando el reloj marcaba las ocho. Le escribió un mensaje, pero le dieron las nueve esperando a que él lo viera. Estaba vestida para divertirse y no iba a desaprovechar la ocasión, así que cogió su cartera y salió. En su habitación, Alma leía un libro sobre medicina. Era una copia y se permitía subrayar las partes que le interesaban. A su lado estaba el receptor de Agustín, porque ya se había hecho a la idea de que su trabajo de niñera duraba 24 horas. Tendría que hablar respecto a sus días libres, por si debía salir de compras o a hacer trámites. El sonido de su teléfono la distrajo. Lo sacó del cajón del velador. Era un número desconocido y dudó en responder, pero luego recordó que no tenía registrados a sus jefes, así que contestó. —Hola. —Te vi hoy en la televisión, me gustaría hacerte una visita... Ocultarse tras la manta no había sido suficiente. Cortó de inmediato, pero guardó el número. Todavía no estaba lista para hablar con Ryan.






