Mundo ficciónIniciar sesiónSeis de la mañana y Alma ya andaba dando vueltas por la casa, atendiendo a Agustín y haciendo algún otro quehacer porque se aburría. Sonia todavía no llegaba y la silenciosa casa se sentía vacía. La mansión era un monumento al silencio y la soledad.
—Buenos días —la saludó Amaro un rato después. —Hola. Espero no haberlo despertado —se preparaba un batido con la juguera—. ¿Le sirvo desayuno? —No, puedo hacerlo yo. Ella siguió en lo suyo y, cuando se volvió, lo vio sirviéndose un vaso de leche, que bebió sin siquiera calentar. —¡Esa es la leche materna de Agustín! —avisó, entre sorprendida y divertida. La reacción de Amaro fue instantánea. La leche salió disparada de su boca. Le salió hasta por la nariz, mientras se precipitaba hacia el lavaplatos con cara de asco. ¿Cuánto tiempo llevaría bebiéndola sin tener la más mínima idea? Mejor no preguntárselo. A regañadientes, aceptó un vaso del batido que Alma le ofreció. —¿Por qué la dejan ahí, sin ningún rótulo? Sabe igual que la de vaca. ¡Dios, qué asco! La sonrisa de Alma terminó por contagiársele. —Todos la bebimos alguna vez —repuso ella. —Sí, pero de adulto solo los degenerados. Anda, ríete. Ya llegará mi turno. Alma se carcajeó, sin disimulo. —Su turno fue el primero, yo no he olvidado el lodo. Creo que ahora ya estamos en paz. —No lo sé, esto fue peor y me sigo sintiendo en desventaja. A ver cómo me la pagas. —Como si hubiera sido mi culpa. Vive aquí y no sabe lo que hay en el refrigerador. Él enarcó una ceja, notando lo rápido que habían entrado en confianza. Mónica apareció por el pasillo. Alma recuperó su seriedad. Luego de saludarla, se fue a lavar la juguera. —Agustín tiene hoy su control con el pediatra, ¿vas a acompañarme? —le preguntó la mujer a su esposo. —¿Hoy? Dijiste que era el viernes. Me organicé pensando que sería el viernes; hoy debo ir a la capital. —Lo sé, pero el pediatra tuvo que adelantarla. No me acompañaste a la primera —le recordó ella, apoyándole una mano en el hombro. Se inclinó para besarlo, pero él se levantó rápidamente, evadiendo sus arrumacos. —Y tampoco te acompañaré a esta. Reclámale al pediatra o cámbialo por otro. Tengo asuntos más urgentes que atender —se fue de allí, dejando a su esposa llena de frustración. Hasta Alma se sintió frustrada, con ganas de haberlo dejado beberse toda la leche. Y que se indigestara el muy patán. —Mónica, yo puedo acompañarla —le ofreció. La mujer la miró con desprecio, como si fuera una cucaracha. —Soy la señora Mónica para ti, y quería ir con mi esposo, no contigo. Prepara a Agustín, saldremos a las nueve. Cuando llegue Sonia, dile que me lleve el desayuno a la habitación. ¿Entendido? Alma hizo todo lo pedido, sin chistar. Ni pensar en decirle al padre que se despidiera de su hijo antes de irse a trabajar. 〜✿〜 —¿Cómo le fue con el médico? Alma estaba esperándolos en el jardín. —Bien, mi hijo está estupendamente. Encárgate de él, tengo clases de yoga. La mujer entró a la casa y salió vistiendo una tenida deportiva: calzas y top ajustado, junto a un bolso donde llevaba sus implementos. Se fue en un auto distinto, sin la sillita de bebé. Un auto para cada ocasión, vaya maravilla. Luego de atender a Agustín, Alma se ofreció a ayudarle a Sonia en sus deberes. La mujer le entregó una pila de sábanas y fundas de almohadas, suaves y perfumadas. —Estas son de la habitación de Amaro, que está a la izquierda, y estas de Mónica, a la derecha. Guárdalas en sus clósets. —Habitaciones separadas, qué moderno. —Sí, muy moderno. Ellos llevan la modernidad a otro nivel. Cosas de ricos. La habitación de los esposos estaba en extremos opuestos del pasillo, con la de Agustín en medio, como dos mundos distintos a quienes solo unía un hijo. Debía ser muy normal para alguien que no creía en el amor, como él. ¿Qué opinaría Mónica? ¿Se habría casado enamorada y habría descubierto en el camino que su esposo tenía un corazón cubierto de hielo? Ninguna foto de ellos halló en las habitaciones, ninguna evidencia de su vida juntos, ningún retrato familiar, de la historia que los unía y que había convergido en el nacimiento de su hijo, tan pequeño y solo. Cosas de ricos y su economía del amor. Terminó de guardar las sábanas en el clóset de Amaro. Al cerrar las puertas, se lo encontró parado en el umbral, como una aparición. —Me dio tremendo susto. ¿Le pasó algo? ¿Por qué llegó tan temprano? —Porque soy el jefe —se quitó la corbata. Alma se apartó del clóset, sintiendo que estorbaba. Y que la habitación de pronto se había vuelto más pequeña. —¿Qué tal el control pediátrico? —quiso saber él. —Su esposa dijo que le había ido bien. —Lo dices como si no le creyeras —guardó la corbata y se quitó la chaqueta. La camisa blanca se ajustaba a su cuerpo musculoso, resistiendo bien en todas sus costuras. Era una excelente prenda, de muy buena calidad. Alma miró para otro lado. —Yo no soy médico —repuso ella—, apenas soy una estudiante de enfermería, mi opinión no es muy relevante y no creo que quiera escucharla. —Son solo palabras —replicó él—, no le temo a las palabras. Adelante, dispara. —De acuerdo, se lo diré porque estoy atragantada. Su hijo tiene la piel irritada por estar tanto tiempo con el pañal sucio, ya se lo había dicho. Le encontré moretones en uno de los brazos. Además de eso, físicamente está bien, pero lo que me preocupa es su bienestar emocional. Desde que llegué aquí no lo he visto a usted ni a su esposa interactuando con él, salvo hoy, que ella lo sacó. ¿Sabe lo que es el apego o lo importante que es para los bebés? Su economía del amor no funciona con su hijo, él necesita mucho más o terminará... —iba a decirle que terminaría siendo como él, pero ya había sido lo suficientemente sincera—, terminará mal. Lo último que ella hubiera esperado fue que Amaro se riera. Se sintió absurda, como si intentara hacer entrar en razón a un niño malcriado o a un mono. —Olvídelo, no es mi asunto. Quiso salir, pero él la cogió del brazo. —No, sí lo es. Intentas hacer bien tu trabajo y yo soy un pésimo padre, que escogió para su hijo una pésima madre, aunque escoger probablemente sea una exageración. Soy hábil en muchas cosas, pero esto no se me da. Alma le sonrió con indulgencia y suavizó su tono. —Eso es porque nadie nace sabiendo, es algo que se aprende, se desarrolla, pero si ni siquiera se acerca a su hijo, con el paso del tiempo más difícil se le hará. Algún día Agustín será un adolescente y no se conocerán. Amaro rodó los ojos, como si se enfrentara a una montaña que debía escalar, aun sin querer hacerlo. Pero ya tenía las botas puestas, no había marcha atrás. —Vayamos a verlo, yo estaré con usted. No muy animado, Amaro fue tras ella. La vio coger a Agustín, que estaba despierto, y acunarlo entre sus brazos con dulzura. —¿Lo ve? No es una bestia salvaje, no va a morderlo. ¿Quiere cargarlo? —No mientras tenga la cabeza suelta. Parece que se le fuera a caer en cualquier momento —dijo, con algo de repulsión. —Eso no va a pasar. Puede sentarse en la mecedora y acunarlo en su pecho. Solo tendrá que abrazarlo y disfrutar de su compañía. Ella había disfrutado tanto la primera vez que hasta se había dormido, así de relajante era tener el corazón de un pequeño bebé latiendo junto al suyo. Amaro la miraba con el ceño fruncido. Alma lo hacía sonar tan simple, pero el niño bien podía caérsele y romperse como un huevo. —Tal vez más adelante, tampoco hay que acelerar las cosas —repuso ella, que no quería forzarlo—. ¿Qué hay de acariciarlo? Eso era más sencillo. Amaro estiró la mano y tocó los finos cabellos de Agustín. —Son muy suaves —observó. Su piel también lo era, notó al tocarle la mejilla con el nudillo. Poco a poco fue ganando confianza. Le tocó una mano luego y sonrió al ver sus pequeños deditos. No había notado lo hermoso que era hasta que lo tuvo así de cerca y pudo inhalar el aroma que lo envolvía, que no era otro que el perfume de Alma. Una esencia peligrosa, que podía llegar a embriagarlo. Los dedos de Amaro volvieron a acariciar a Agustín, pero él ya no veía a su hijo; la veía a ella y se atrevió a tocarle la mejilla justo cuando el tono de su teléfono los sobresaltó a los tres. Alma se apartó, como si le hubiera dado la corriente. Él se fue a contestar junto a la cuna. Alma lo vio ponerse pálido. —Hub0 una emergencia en la empresa, debo irme —avisó él antes de salir casi corriendo. Desde la ventana, Alma vio el auto negro acelerar hasta dejar la propiedad. Esperaba que no hubiera ocurrido nada malo. Y que la caricia que él le había dado en la mejilla hubiera sido una mera casualidad.






