Mundo ficciónIniciar sesiónEn el mundo de los Vossen, el amor no se pide; se reclama como una deuda de sangre." Elena Mendoza es una superviviente. Tras una infancia marcada por la tragedia y la crueldad de un tío que la utilizaba como moneda de cambio, Elena ha logrado construir una vida precaria trabajando en una humilde panadería y estudiando psiquiatría para entender a los monstruos que la rodearon. Su único objetivo es la libertad, hasta que un choque accidental en una mañana lluviosa la pone frente a frente con el hombre más peligroso de las altas finanzas: Alaric Vossen. Alaric no es solo el dueño del banco más influyente del mundo; es el líder de una red de clanes mafiosos que operan en las sombras del poder global. Acostumbrado a que todo tenga un precio, Alaric queda fascinado por la rebeldía de Elena, quien se atreve a cruzarle la cara con una bofetada en lugar de doblegarse ante su presencia. En ese instante, la curiosidad del banquero se convierte en una obsesión letal. Bajo el pretexto de una deuda impagable heredada de su tío, Alaric secuestra a Elena, marcándola física y psicológicamente como su propiedad. Desde el lujo asfixiante de un ático en Dubái hasta el aislamiento total en habitaciones de castigo, Alaric intenta quebrar la voluntad de Elena para convertirla en su compañera perfecta. La historia se complica cuando aparece Rouse, la hermana de Elena, quien es rescatada de una red de trata solo para caer bajo la vigilancia de Stefan Vossen, el primo de Alaric. Mientras Alaric y Elena se sumergen en un juego de seducción, traición y espionaje para destruir a Los Arquitectos —una sociedad secreta de banqueros corruptos que intentan hundir el imperio Vossen
Leer másPrólogo:
El Precio de la Resistencia El sonido de una bofetada es seco, definitivo. Un estallido de piel contra piel que, en el silencio de la calle bajo la lluvia, sonó como un disparo. Elena sentía el escozor en la palma de la mano y el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Frente a ella, el hombre que parecía ser dueño del aire que todos respiraban no se inmutó. Alaric Vossen no se llevó la mano a la mejilla, ni retrocedió. Simplemente giró el rostro lentamente hacia ella, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito. —En mis libros de psiquiatría lo llaman "mecanismo de defensa" —susurró ella, aunque sus dedos temblaban—. En mi mundo, se llama justicia. Alaric dio un paso al frente, invadiendo ese espacio que ella había jurado proteger desde que escapó de las garras de su tío. El aroma a sándalo y poder de Alaric la rodeó, asfixiante, robándole el oxígeno. Él extendió una mano y, con una delicadeza letal, le apartó un mechón de pelo mojado de la frente. —La justicia es un concepto para los que pueden pagarla, Elena —dijo él, su voz era una caricia de hielo—. Tu tío me debe una fortuna. Tu banco me debe tu vida. Y tú… tú acabas de firmar un contrato que ni todos tus estudios sobre la mente humana podrán ayudarte a romper. Él se inclinó, rozando su oído con los labios, mientras sus ojos oscuros brillaban con la chispa de una obsesión que acababa de nacer. —Me golpeaste porque crees que todavía eres libre. Disfruta esa ilusión esta noche. Mañana, cuando despiertes y descubras que cada puerta que intentes abrir está cerrada con mi nombre, entenderás que no te estoy persiguiendo. Ya te alcancé. CAPÍTULO 1: LA MONEDA DE CAMBIO ELENA El olor a harina siempre ha sido mi refugio. Es un olor limpio, honesto, algo que el mundo no ha podido corromper todavía. Mientras mis manos se hunden en la masa fría a las cuatro de la mañana, puedo pretender que soy una persona normal. Puedo pretender que no tengo cicatrices en la espalda que cuentan la historia de un tío que prefería el alcohol a su propia sangre. Puedo pretender que no soy un fantasma huyendo de sombras que tienen nombre y apellido. —Elena, ponle más fuerza a eso. El pan no se va a amasar solo —la voz de don Mario, el dueño de la panadería, me devuelve a la realidad. Asiento sin mirarlo. Mis nudillos están blancos. Cada vez que empujo la masa, imagino que es el pecho de uno de esos hombres a los que mi tío Julián me "prestaba" cuando las deudas apretaban. Tenía diez años la primera vez. Doce la segunda. A los dieciocho, decidí que prefería morir de hambre en la calle que seguir siendo la moneda de cambio de un ludópata. Ahora estudio psiquiatría de noche, en una universidad pública que apenas puedo pagar, con libros de segunda mano que tienen las esquinas comidas por la humedad de mi apartamento. Quiero entender qué hay en la cabeza de los monstruos. Quiero saber si nacen así o si el mundo los moldea hasta dejarlos sin alma. A las siete de la mañana, la primera tormenta de la temporada golpea los cristales de "La Espiga". Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando un rastro de harina. Me siento cansada, una fatiga que me cala hasta los huesos y que no se quita con dormir. Entonces, lo veo. Un coche negro, largo y brillante como un ataúd de lujo, se estaciona frente al local. En este barrio, un vehículo así es una anomalía, un depredador en un corral de gallinas. Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el aire acondicionado. Es ese instinto que desarrollé en las habitaciones oscuras de mi infancia el instinto de la presa que sabe que está siendo observada. La puerta del copiloto se abre y un hombre sale bajo un paraguas que sostiene un guardaespaldas. Pero no es el guardaespaldas quien me roba el aliento. Es el hombre que camina hacia la entrada con una elegancia que me resulta insultante. La campana de la puerta suena. El aire cálido del horno muere al instante, reemplazado por un frío gélido y un perfume que huele a sándalo, dinero y peligro. Él se queda ahí, de pie, mirando el local con un desprecio mal oculto. Sus ojos son de un gris metálico, como el cañón de una pistola. Cuando su mirada encuentra la mía, siento que me atraviesa. No me mira la cara; parece estar mirando mi historial médico, mis secretos, mis miedos más profundos. —Tres cafés negros. Sin azúcar —dice. Su voz es profunda, una vibración que se me instala en el vientre y me da náuseas. Mis manos tiemblan mientras preparo los vasos. Siento su mirada en mi nuca, fija, pesada. Me acerco al mostrador con los cafés, tratando de mantener mi máscara de indiferencia. —Son seis dólares —digo, intentando que mi voz no tiemble. Él no saca una billetera. Se apoya en el mostrador, invadiendo mi espacio personal. Su presencia es asfixiante. Huele tan bien que me marea, un contraste violento con el olor a levadura y sudor del local. —Elena Mendoza —pronuncia mi nombre como si lo estuviera saboreando, como si fuera una cifra en un contrato—. Un apartamento en la calle 4ta, tercer piso. Estudiante de cuarto año de psiquiatría. S obrina de Julián Mendoza. El mundo se detiene. El vaso de cartón en mi mano se deforma bajo mi agarre. El pánico, ese viejo conocido, sube por mi garganta como bilis. —¿Quién es usted? —mi voz es un susurro roto—. ¿Lo envía mi tío? Él suelta una risa corta, seca, que no llega a sus ojos. —Tu tío no tiene el nivel para hablar conmigo, Elena. Él me debe algo que no puede pagar con dinero. Y me ha dado algo mucho más interesante como garantía. Su mano se extiende y rodea mi muñeca. Sus dedos son largos y fuertes, apretando justo donde late mi pulso acelerado. La humillación de ser tratada de nuevo como un objeto estalla dentro de mi pecho. No pienso. No analizo. Mi mano libre vuela por el aire y aterriza con un golpe seco en su mejilla izquierda. El sonido resuena en toda la panadería. Mi mano arde. El silencio que sigue es tan denso que puedo oír la lluvia golpeando el pavimento afuera. Él no me suelta. Gira la cara lentamente hacia mí. Una pequeña gota de sangre asoma en su labio superior. Sus ojos grises, antes fríos, ahora brillan con una luz oscura, casi hambrienta. Se pasa la lengua por el labio, probando su propia sangre, y me mira con una sonrisa que me hiela la sangre. —Me gusta el fuego, Elena —susurra, acercándose tanto que su aliento cálido golpea mi piel—. Pero ten cuidado. El fuego que no se controla, termina por consumirse a sí mismo. ALARIC VOSSEN La bofetada todavía escuece en mi rostro, y es la sensación más real que he tenido en años. Miro a la mujer frente a mí. Elena Mendoza. En las fotos de los informes de mis investigadores parecía una chica rota, una superviviente más de los suburbios. Pero en persona... en persona es una llamarada en medio de una tormenta de nieve. Tiene los ojos grandes, de un marrón profundo que destila un odio purísimo, un odio que me resulta fascinante. He comprado bancos, he destruido imperios financieros con una firma y he mandado a hombres a la tumba sin parpadear. Nada me emociona. El mundo es un tablero de ajedrez aburrido donde siempre gano. Hasta hoy. Esa bofetada ha sido el primer "no" que recibo en una década. Su muñeca es pequeña en mi mano, tan frágil que siento que podría romperla si perdiera el control. Puedo sentir su corazón galopando contra mis dedos, como un pájaro atrapado. Está aterrada, lo huelo, pero se mantiene firme. Esa valentía es lo que la va a destruir. O lo que me va a obsesionar hasta que no quede nada de ella. —Suélteme —sisea ella entre dientes. —No te voy a soltar, Elena. Nunca más —le respondo, y lo digo en serio. Desde el momento en que su tío entró en mi oficina llorando, rogando por una prórroga de su deuda y ofreciendo la ubicación de la sobrina que "tenía un valor especial", supe que ella sería mía. No por la deuda, sino porque necesitaba algo que me hiciera sentir vivo. Y ver ese odio en sus ojos me hace sentir más vivo que cualquier cifra en una cuenta bancaria. Suelto su muñeca, pero no me alejo. Me gusta ver cómo intenta recuperar el aliento. Me gusta que sepa que, aunque mis manos no la toquen, mi sombra ya la ha envuelto. —Disfruta tu turno, Elena —le digo, tomando uno de los cafés. Está hirviendo, pero no me importa—. Mañana no habrá panadería. Mañana no habrá universidad. Solo estaremos tú y yo, ajustando las cuentas de tu familia — Recuerda muy bien Elena lo que Alaric vossen te dice. Salgo de la panadería bajo el paraguas que sostiene Miller. Me subo al coche y me limpio la mancha de harina de mi traje. Es el polvo de su mundo manchando el mío. —Señor Vossen, ¿quiere que nos encarguemos de la chica? —pregunta Miller desde el asiento del conductor. Miro por la ventanilla. A través del cristal empañado, veo a Elena apoyada en el mostrador, temblando. Se ve tan pequeña, tan sola. —No la toques, Miller. Si alguien le pone una mano encima, le cortaré las suyas —mi voz es gélida, definitiva—. Ella es de mi propiedad exclusiva. Empieza el proceso de adquisición del edificio. Quiero que para esta noche, ella no tenga más techo que el que yo le proporcione. Reclino el asiento y cierro los ojos, saboreando el rastro de metal en mi boca. Elena Mendoza cree que me ha golpeado y que eso la hace fuerte. No sabe que acaba de encender un hambre en mí que solo se saciará cuando me pida, de rodillas, que la destruya por completo. Elena lo vio subir a su coche blindado, dejándola sola en la oscuridad. No sabía que, en ese preciso momento, las deudas de su pasado se habían fusionado con el hambre de un hombre que no aceptaba un "no" por respuesta. Ella quería estudiar a los monstruos para entender cómo huir de ellos. Lo que no sabía era que el monstruo más peligroso de todos acababa de comprar su destino, y no aceptaba devoluciones.Saludos cordiales de su autora favorita T.Gaitán.Primero que nada, quiero agradecer de corazón a todos.A cada persona que se tomó el tiempo de leer mis escritos, a quienes con sus palabras, sus reacciones y su apoyo constante hicieron que volviera a creer en mí.Hubo momentos en los que dudé, en los que sentí que mi voz no era suficiente o que mis ideas no llegarían a nadie.Pero ustedes, con cada lectura, cada comentario y cada mensaje, me recordaron que sí vale la pena seguir soñando, que sí vale la pena escribir desde el alma.Gracias por ayudarme a reencontrarme con mi talento, por darme la confianza que en algún momento creí perdida y por impulsarme a seguir adelante.Cada palabra que han dejado en mis historias ha sido más que un simple comentario ha sido una motivación, una caricia al corazón y una razón más para no rendirme.Ustedes no solo leen, ustedes sienten conmigo, crecen conmigo y hacen que cada historia cobre vida de una manera única.También quiero agradecer profund
ELENA El amanecer en las montañas de Canadá no trajo luz, sino una penumbra grisácea que se filtraba a través de las cortinas pesadas. El té que Alaric me había preparado horas antes reposaba intacto y frío sobre la mesita de noche, una metáfora perfecta de lo que quedaba de nuestro matrimonio. No había podido pegar un ojo en toda la madrugada. Cada vez que cerraba los párpados, la voz de esa mujer, Anesha, resonaba en mi cabeza: «Tu hija, Analía, extraña a su papá».A las siete de la mañana, Alaric se vistió en silencio. Lo observé de reojo, fingiendo un sueño pesado sin ganas de despertar mientras él se colocaba el abrigo pesado y revisaba sus armas. Se inclinó sobre la cama, depositando un beso en mi frente que me supo a pura traición.—Tengo que salir a revisar el perímetro con los hombres —susurró, su voz intentando emular la calidez de siempre—. La tormenta bloqueó el acceso sur y los camiones logísticos están varados. No tardaré. Quédate en la cama y descansa te amo, lo
ELENA El segundero digital de la mesita de noche cambió con un parpadeo silencioso y definitivo. 3:05 AM.El calor del cuerpo de Alaric era lo único que me mantenía anclada a la realidad en medio de la penumbra. Mis párpados pesaban como si estuvieran hechos de plomo, y el cansancio acumulado de las últimas semanas comenzaba a arrastrarme hacia un abismo de inconsciencia. Me acurruqué un poco más contra su pecho, buscando el latido constante de su corazón, dispuesta a dejarme llevar por el sueño. Sin embargo, la tregua duró apenas unos segundos.Sobre la superficie de madera oscura de la cómoda, un zumbido amortiguado pero persistente cortó el silencio de la madrugada. El teléfono privado de Alaric estaba vibrandoSentí cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba al instante. La respiración rítmica que acariciaba mi frente se detuvo por completo. Alaric permaneció inmóvil durante un par de latidos, calculando si yo me había dado cuenta del ruido. Yo no me moví. Mantuve los ojo
ELENA El aroma a salsa de soja, jengibre y pollo al sésamo inundó la habitación principal, creando una burbuja de extraña normalidad que contrastaba violentamente con el frío ártico que golpeaba las ventanas. Alaric regresó del piso inferior cargando dos bolsas de papel madera y una bandeja improvisada. Había cambiado su traje formal por unos pantalones oscuros de algodón y una camiseta negra que se ajustaba a la imponente envergadura de sus hombros. Verlo despojado de sus armaduras habituales, sin el peso del chaleco antibalas ni las fundas de cuero de sus armas visibles, me provocó un vuelco en el estómago. Era un hombre peligroso, un depredador que controlaba imperios con la misma frialdad con la que ordenaba una ejecución, pero en este instante, bajo la luz tenue de las lámparas, parecía pertenecer solo a mí.—El repartidor apenas logró subir la colina —comentó Alaric, dejando la bandeja en el centro de la cama matrimonial con movimientos ágiles y precisos—. La nieve ya cubre
Último capítulo