Alma caminaba por la acera saboreando el aire en la mañana otoñal que todavía conservaba la frescura de la lluvia de la noche anterior. La humedad seguía respirándose en las calles del pueblo Santa Mariana, y el verdor vibrante de las plantas revivía su espíritu, aunque los charcos y el lodo desafiaban su paso. Un auto negro, conducido por alguien con más prisa que educación, pasó a toda velocidad sobre un charco y la salpicó de lodo. Faltó poco para que le cayera también en la boca. El auto se detuvo en la otra esquina, afuera de una cafetería. Un joven vestido de traje, elegante y altanero, descendió, y mientras esperaba su café, Alma se acercó, llena de indignación. —¿Podría ser un poco más considerado y no conducir como un salvaje en días de lluvia? —le reclamó—. Es una muestra mínima de civilidad, ¿no lo cree? No vive solo en el mundo, hay más gente en la calle con usted.El hombre la miró con desdén, como si midiera su valía. Debía ser una vagabunda, con lodo moteándole el ca
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