Alma contaba las gotas de sudor que corrían por el cuello de Amaro, casi hipnotizada. El paro en las funciones de la empresa le había permitido al hombre tomarse el día libre y, tras pasarse la mañana ejercitándose en el gimnasio, se refrescaba bebiendo un batido de los que ella preparaba. Estaba mal mirar a un hombre casado, pero no podía evitarlo. Se veía realmente bien en su tenida deportiva, ajustada a su cuerpo sudoroso como un guante. Podía repasar el nombre de los músculos mientras lo admiraba: pectoral mayor, deltoides, trapecio y su favorito, el esternocleidomastoideo, el que le gustaba mordisquear a los vampiros. Benditos vampiros... —Sonia no vendrá hoy —dijo de repente él, volviéndose a verla. Alma se limpió la boca, por si había babeado. —Habrá que ordenar el almuerzo, ¿te puedes encargar? —le preguntó. —No es necesario, hay carne en el horno. Debe ser la cena de ayer; yo me tomé una sopa. —Perfecto. Mónica no está, así que seremos solo nosotros dos. Él se fue a
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