Mundo ficciónIniciar sesiónPara vengarse del hombre que mató a su hijo, Astrid hizo lo impensable: casarse con su exsuegro. Le arrebataron a su hijo. La traicionaron. La dejaron morir. Pero Astrid sobrevivió. Lo que no esperaba era que Mauricio Montenegro, su exsuegro, fuera mucho más que un simple medio para su venganza. Frío, dominante y envuelto en un pasado oscuro, él también guarda secretos capaces de destruirlos a ambos. Entre deseo, poder y mentiras, Astrid está a punto de descubrir que hay algo más peligroso que el odio: enamorarse del hombre equivocado.
Leer más—Te elegí porque eras la única opción… pero ahora tengo a alguien mejor.
Esas fueron las palabras que me dedicó mi esposo antes de destruirme.
Brian Montenegro estaba de pie detrás de su escritorio, impecable en su traje oscuro, mirándome como si yo fuera un problema administrativo más.
—Pero no voy a permitir que cargues con tu bastardo manchando mi apellido… ni el de mi compañía.
Mi mano se movió instintivamente hacia mi vientre. No. No podía dejar que me hiciera esto. Di un paso atrás… y luego corrí.
Salí de su oficina casi tropezando, con el corazón golpeando contra mis costillas. El sonido de mis tacones resonó en el pasillo vacío de la empresa.
—¡Detenganla! —gritó alguien detrás de mí.
La puerta principal estaba a pocos metros, podía verla… Podía sentir el aire frío que entraba desde la calle. Entonces un pie se interpuso en mi camino. Todo ocurrió en un segundo.
Mi cuerpo salió disparado hacia adelante y me estrellé contra el suelo de mármol. El golpe me sacó el aire de los pulmones.
Cuando levanté la mirada, la vi, La mujer que había venido a reemplazarme.
Alta, elegante… con una sonrisa de desprecio dibujada en los labios.
Había sido ella quien me había hecho caer.
—Qué patética —murmuró, mirándome como si fuera basura.
Intenté ponerme de pie, pero unas manos fuertes me sujetaron por los brazos.
Los hombres de Brian.
—¡Por favor! —grité, girando la cabeza hacia la oficina— ¡Brian, no me quites a mi bebé!
Mi voz resonó por todo el vestíbulo. Algunas personas de la empresa observaban desde sus escritorios. Nadie se movió. Nadie dijo nada.
Los guardaespaldas me arrastraron por el suelo mientras yo intentaba zafarme.
—¡Suéltenme! ¡Por favor! —Pero nadie me escuchaba.
Me sacaron del edificio y me lanzaron dentro de una camioneta negra y Brian subió al asiento del conductor. El motor rugió y el vehículo arrancó a toda velocidad.
La ciudad pasó frente a mis ojos como manchas borrosas mientras yo me aferraba a mi vientre.
—Todo va a estar bien… —susurré entre lágrimas—. Todo va a estar bien, mi bebé… te lo prometo.
La camioneta se detuvo frente a un edificio viejo y descuidado. Antes de que pudiera reaccionar, abrí la puerta y corrí. No llegué lejos, Un golpe brutal en la parte de atrás de mi cabeza me hizo perder el equilibrio y Mis rodillas se estrellaron contra el pavimento.
Sentí cómo la piel se abría y la sangre comenzaba a correr. Uno de los hombres me sujetó del cabello y tiró de mí hacia arriba.
—Muévete.
Me arrastraron hacia el interior del edificio. El olor a desinfectante barato y sangre me golpeó en cuanto cruzamos la puerta, una clínica clandestina. Mi corazón empezó a latir con desesperación.
—No… —susurré. Intenté retroceder —¡No!
Me obligaron a acostarme sobre un catre metálico oxidado. Las correas apretaron mis muñecas y mis tobillos.
—Por favor… —miré al médico con desesperación—. No lo haga. El hombre ni siquiera me miró. —Puedo pagarle —dije—. Le daré todo el dinero que quiera.
Silencio.
—¡Lo denunciaré! — Nada.
El médico tomó unas tenazas metálicas de una bandeja. El metal brilló bajo la luz blanca del quirófano.
Frío.
Cruel.
—No… no… por favor…
Las lágrimas me corrían por las sienes, Entonces lo vi. Brian estaba al otro lado de la ventana, Observando. Sus ojos claros estaban clavados en mí, Su rostro no mostraba ninguna emoción. Las tenazas entraron en mi cuerpo.El dolor fue indescriptible.
Grité. Grité hasta que mi garganta ardió, Pero nadie vino a ayudarme.
El sudor y las lágrimas se mezclaban y fluían hacia mi boca, dejando solo amargura y salinidad.
Me pareció una eternidad.
Lo metieron en un frasco de vidrio.
Ya estaba formado.
Me mordí el labio, el sabor a óxido me inundó la boca.
Mis ojos inyectados en sangre los miraron fijamente.
La nueva prometida de Brian lo tomó entre sus manos. Lo observó con una mueca de disgusto.
—¿Esto era lo que te iba a causar tantos problemas?
Brian caminó hacia mí. Yo seguía atada al catre, temblando, cubierta de sangre. Se inclinó cerca de mi oído.
—¿Ves? —susurró—. Solo fue un dolorcito… para evitar un gran problema.
Mi pecho se agitaba violentamente y tenía la boca tan seca que no podía hablar.
Horas después me abandonaron en un callejón oscuro sin zapatos.
El frío cortante me hizo volver en mí y me obligué a levantarme, apoyándome contra la pared.
Con la sangre aún corriendo entre mis piernas, el pavimento estaba helado bajo mis pies descalzos.
Caminé, No sé cuánto tiempo.Una hora o tal vez más.
Cada paso era un cuchillo atravesándome el cuerpo, Pero seguí caminando. Porque detenerme significaba morir. Finalmente, unas luces aparecieron frente a mí.
En ese momento, pensé: «Déjame morir, déjame estar con mi bebé».
Lo siento mucho…
Cerré los ojos y esperé la muerte.
De repente, el coche frenó de golpe y abrí los ojos lentamente.
La puerta se abrió. Un hombre alto salió del vehículo.
No pude ver su rostro con claridad y no pude sostenerme más y caí hacia atrás.
Por un segundo pensé que todo había terminado, Pero entonces unos brazos cálidos me rodearon.
—Astrid… Dios mío… — Levanté la mirada.
— ¿Raúl?
El primer impacto no fue decisivo.Ni el segundo.Ni el tercero.La pelea entre Mauricio y William no tenía nada de elegante ni de limpio. Era brutal, directa, sin espacio para errores… y, aun así, había algo profundamente distinto entre ambos.Se notaba.Se sentía.William era mejor.No más decidido.No más furioso.Mejor.Cada movimiento suyo tenía intención. No desperdiciaba energía. No reaccionaba por impulso. Parecía estar dos pasos adelante, incluso cuando Mauricio atacaba con toda la fuerza que tenía.Y eso… era aterrador.No era solo la técnica. Era la calma.Una calma antinatural en medio del caos.Mientras Mauricio respiraba con dificultad, con el pecho subiendo y bajando de forma irregular, William parecía intacto. Su respiración era medida, controlada, casi indiferente. Como si no estuviera peleando por su vida, sino ejecutando algo ya decidido de antemano.Mauricio lanzó un golpe directo al rostro.Un golpe cargado de rabia, de desesperación, de todo lo que le quedaba.Wi
La alarma lo cambió todo.El sonido era ensordecedor, agudo, constante. Rebotaba contra las paredes de piedra y metal, amplificándose hasta volverse casi insoportable. Durante un segundo pensé que me rompería los tímpanos, que me dejaría sin capacidad de reaccionar, pero no.Lo que hizo fue otra cosa.Vació el lugar.Los guardias comenzaron a moverse.Rápido.Desordenado.Confundido.Se alejaron de la zona central, siguiendo protocolos que no entendíamos, pero que en ese momento no importaban.Porque lo que sí importaba era esto:William estaba solo.Mauricio lo entendió antes que nadie. — Ahora — dijo.No gritó.No hacía falta.Y entonces nos movimos.Entramos.Rápido.Sin mirar atrás.La cueva se abrió ante nosotros como una boca que ya no podía esconder lo que contenía. La iluminación interior era artificial, fría, con tonos azulados que hacían que todo se viera aún más inhumano.Lo vi.De pie.En el centro.William Wilson.No estaba huyendo.No estaba ocultándose.Estaba… espera
El muelle estaba casi desierto.A esa hora, la ciudad parecía contener la respiración, como si supiera que algo estaba a punto de romperse. El sonido lejano de las olas contra la madera era lo único constante, lo único real en medio de todo el caos que llevábamos dentro.Caminábamos en silencio.No por falta de cosas que decir.Sino porque ya no había nada útil que decir.Mauricio iba adelante, firme, concentrado. Michael a su lado, con esa forma suya de moverse que parecía más una extensión de su voluntad que de su cuerpo. Yuan y los demás cerraban el grupo.Y Santiago…Santiago caminaba unos pasos más adelante, guiándonos.Eso, en sí mismo, ya era extraño.Hace apenas unas horas… era el enemigo.Ahora…Era la única razón por la que sabíamos a dónde ir. — Es aquí — dijo finalmente.Nos detuvimos.Miré alrededor.No había nada.Solo roca.Agua.Oscuridad. — ¿Seguro? — preguntó Dennis, con evidente desconfianza.Santiago no se molestó en responderle.Señaló hacia una sección especí
Mauricio no levantó la voz.No lo necesitaba. — Nos reordenamos — dijo simplemente — . Esta misma madrugada vamos a interceptarlo.El peso de sus palabras se sintió en toda la cabaña. No había espacio para dudas, ni para discusiones largas. Lo que Santiago había dicho había cambiado todo. Ya no se trataba de sobrevivir. Ya no se trataba de reagruparse.Se trataba de atacar.Y hacerlo ya. — No podemos improvisar — añadió Dennis — . Si fallamos, no habrá segunda oportunidad. — No vamos a fallar — respondió Mauricio, sin mirarlo.Era una afirmación. No una esperanza.Y eso, de alguna forma, era más aterrador.Comenzaron a moverse.Rápido.Organizado.Como si todos hubieran estado esperando ese momento desde hacía tiempo.Yuan sacó un pequeño maletín escondido entre las tablas de la cabaña. Dentro había armas desmontadas, piezas limpias, cargadores envueltos en tela.— los dejé hace años acá. — Esto no es suficiente — murmuró. — No lo será — respondió Mauricio — . Pero nos servi
Último capítulo