8° Un hombre diferente.

Todo se salió de mi control, sentí como escapaba de mis manos.

Sobre todo mi exsuegro. 

El hombre que tenía en este momento era diferente. Podía ver la oscuridad que desprendía su mirada, como su semblante cambió, con el azul de sus ojos destellando como los de una víbora, levantó el mentón cuando habló  y hasta su tono de voz sonó más oscuro.

—Súbete al auto —me ordenó—. Vas a ir a mi casa. Ahora eres mi prometida. Tu lugar es mi habitación, en mi cama.

quise alejarme, pero preferí mejor obedecerlo. El hombre tenía segundas intenciones y me había usado. Ambos nos habíamos usado, pero sus intenciones eran más amargas y oscuras.

Imaginarme nuevamente embarazada… el dolor, todo lo que había experimentado cayó sobre mi de golpe.

Mis rodillas temblaron con más fuerza. Y cuando el hombre lo notó, delicadamente apoyó su mano en mi cadera para sostenerme, en un gesto amable pero firme que me produjo  un escalofrío.

Pensé que había superado el trauma de perder a mi bebé. Enfrentarme a la posibilidad de embarazarme nuevamente hizo que todo regresara de golpe.

Su mano en mi cadera se sintió cálida y fuerte.

Cuando me metió al auto, se sentó en la parte de atrás y le ordenó al chofer que acelerara. en tono firme y autoritario.

—Debo ir a mi casa por mis cosas —le dije.

Pero él chasqueó la lengua. Tenía un semblante autoritario, con las piernas abiertas y los brazos extendidos sobre el respaldo del asiento.

—¿Quién eres? —le pregunté.

Pero el hombre no contestó, su sonrisa fue la única respuesta. 

Cuando llegamos a casa, Brian ya estaba ahí, en la sala principal.

Estar nuevamente en ese lugar hizo que toda la seguridad que había acumulado durante estos años de venganza se esfumara como una sombra espantada por la luz.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Brian—. ¿Tienes el descaro de traerla a nuestra casa?

Pero cuando Mauricio levantó el mentón hacia él, incluso el arrogante de Brian agachó la mirada.

—Es mi prometida. Y esta será su casa también. ¿Dónde quedó el bonito discurso de hace rato, cuando la llamaste "madre"?

Brian no contestó. Sabía que no le convenía decirle a su padre que nosotros nos conocíamos, que de hecho habíamos estado casados, pero yo solo esperaba el momento en que sucediera.

La mano de Mauricio se afianzó a mi codo y me empujó por las escaleras. Cuando entramos a la habitación —amplia y ostentosa, con una enorme cama con dosel y el suelo alfombrado—, Mauricio dejó escapar un suspiro cuando se sentó en el borde de la cama.

El colchón se hundió bajo su enorme peso. Palmeó delicadamente la cama a su lado, como si yo fuera un cachorro obediente. Pero yo me quedé ahí de pie, sin obedecer.

—Si así quieres que suceda esta conversación, bien, hubiera preferido que tú misma me lo dijeras, pero si es lo que quieres entonces lo preguntaré yo mismo - me quedé petrificada esperando la pregunnta - Quiero que me digas de dónde conoces a mi hijo. 

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