Mundo ficciónIniciar sesiónÉl juró no volver a sentir nada. Ella es la única melodía que no puede silenciar. Dante Volkov, ex militar y dueño de la firma de seguridad más letal del país, vive recluido en una fortaleza de cristal y acero. Su regla de oro es nunca involucrarse con sus protegidos. Pero Isabel Castaño no es una protegida común. La joven violinista, cuya carrera fue truncada por un "accidente" que la dejó con una leve cojera y el alma rota, es la única testigo que puede hundir a un Fiscal corrupto. Cuando el equipo de Dante falla en protegerla, su instinto de cazador se activa. Lo que empieza como una vigilancia obsesiva a través de cámaras se convierte en una necesidad física de tenerla cerca. Dante la traslada a su hogar, sin saber que el silencio de su vida está a punto de romperse para siempre.
Leer másIsabel
El frío de Nueva York me cala los huesos al salir del conservatorio de música.
Nuevamente el tiempo se me fue volando mientras ensayaba con el violín. Pero por fin lo he conseguido: una audición con la filarmónica.
Es todo por lo que he trabajado.
Ahora estoy corriendo con el estuche a la espalda hacia la parada donde la última ruta debe estar por pasar.
—¡No voy a llegar!
Acelero mis pasos. Una pequeña llovizna empieza a caer sobre mi.
¡Maldición!
Intento ir más rápido.
Llevo meses ahorrando para un auto de segunda mano, pero siempre parece salir alguna cosa más importante: deudas, gastos.
El autobús es mi única opción.
Solo me falta una cuadra cuadra. Veo el autobús avanzando. Si no llego, estoy pérdida.
Mañana debo levantarme muy temprano, tengo una citación en el juzgado para testificar en un caso de agresión.
De solo recordar la escena que presencié se me ponen los vellos de punta.
Sacudo la cabeza para sacar esas imágenes y corro un poco más rápido, casi puedo ver ya al conductor a través del vidrio panorámico.
Justo cuando voy a cruzar, un sonido brutal me detiene.
Giro la cabeza. Unas luces resplandecientes me ciegan. No hay tiempo para reaccionar. El rugido del motor ya está encima de mí.
Entonces llega el impacto.
El dolor estalla en mi cuerpo como fuegos artificiales
—¡Ahhhhhh!
Un grito de puro dolor sale de mi garganta justo cuando escucho el crujido de mis huesos.
Mi cuerpo sale despedido por los aires antes de aterrizar con un ruido sordo en el pavimento, sintiendo como el estuche en mi espalda se hace trizas.
Pero en lo único que mi cerebro puede pensar es en el dolor desgarrador que me llena el cuerpo, mientras que los ojos se me hacen cada vez más pesados.
A lo lejos, como si estuviera sumergida en agua, consigo escuchar el sonido de un carro alejandose y lo que parecen gritos, pero no puedo concentrarme en eso.
De hecho no puedo concentrarme en nada, porque el dolor parece estar desapareciendo mientras que el sueño me reclama.
—¡Ey, ey, chica. No te duermas! Ya viene la ambulancia.
Siento como alguien me palmea la mejilla con fuerza y con un esfuerzo inhumano consigo abrir los ojos un poco para ver a un hombre adulto viendome con preocupación. Quiero preguntarle qué tan malo es, quiero decir muchas cosas, pero cuando abro la boca algo liquido y espeso sube por mi garganta y me hace toser desesperada.
Los gritos incrementan, el ruido se hace más fuerte y yo finalmente cierro los ojos y dejo que la oscuridad se lo lleve todo.
******
Los ojos me pesan de una manera en que no lo han hecho nunca.
Es… dolorosa.
Toma todo de mi conseguir abrir los ojos, solo para tener que cerrarlos nuevamente cuando la luz se filtra por mis pestañas y consigue intensificar el dolor.
¿Qué es lo que me pasa?
Me muevo en mi lugar y un jadeo se me escapa cuando un dolor atronador me recorre la parte inferior de mi cuerpo.
Un pitido, acelerado y constante que parece ir en sintonía con los latidos de mi corazón, el mismo que he escuchado antes y que detesto con todas mis fuerzas, porque solo puede significar una cosa: estoy en un hospital.
Me obligo a abrirlos del todo y confirmo mis miedos aún con la vista borrosa, veo la habitación blanca, noto la bata que cubre mi cuerpo y a mi lado la maquina que anuncia que sigo viva.
Aunque ahora se escucha mucho más rápido.
La puerta de la habitación se abre de golpe y un grupo de médicos y enfermeras entran en tropel.
Una de las mujeres se me acerca y me da una sonrisa que no coincide para nada con mi estado de ánimo antes de decir:
—¡Me alegra que hayas despertado! Nos tenías muy preocupados a todos.
¿Qué? Pero de qué está hablando esta mujer…. Entonces un muy mal presentimiento se asienta en mi estómago y con la garganta seca como lija, me obligo a preguntar:
—¿Cuan-Cuánto… tiem–tiempo…?
No consigo terminar la frase porque la fragata me duele horrores.
—Tres días, llevabas tres días en coma.
Siento que la camilla en la que estoy da vueltas mientras mi cerebro intenta asimilar lo que acaba de decir. Tres días. He estado en coma…
—¿Qué… Qué fue lo que pasó? Yo….
La mujer me da una mirada que solo puede interpretarse como lástima antes de que el médico, que había permanecido en silencio, me conteste:
—Tuvo un accidente, señorita Castaño.—me dice no entiendo como demonios sabe mi apellido, pero no alcanzo a preguntar porque entonces agrega:—Un auto la arroyó mientras cruzaba la calle. Se ha fracturado dos costillas, tuvo un sangrado interno, una de sus manos se ha fracturado y su pierna…—Lo veo dudar por un instante antes de agregar: —Su pierna se partió en tres partes, hemos tenido que operar de emergencia, sin embargo es muy posible que queden secuelas.
El miedo se abre paso en mi interior y siento como la boca se me seca más de lo que ya estaba cuando pregunto:
—¿Qué tipo de secuelas?
—Es probable que quede con cojera, problemas de equilibrio y dolor agudo por un tiempo.
Siento como mi mundo se tambalea, cojera… equilibrio, dolor constante… esto… esto va a hacer que mi carrera termine incluso antes de empezar.
Sentir dolor es una cosa… pero esto es distinto. Esto es miedo.
Un miedo frío y punzante que no nace en mi cuerpo, sino en algo mucho más profundo. Bajo la mirada, intentando ignorar el temblor en mis manos, pero no puedo. Mis dedos… mis dedos.
Son mis herramientas, mi vida entera. Con ellos he construido cada nota, cada sueño, cada parte de quien soy. Y entonces lo veo en mi mente: el violín destrozado contra el pavimento, la madera partida, las cuerdas rotas… como si fuera un reflejo de mí.
Un sollozo se me escapa antes de poder detenerlo, porque lo entiendo. Aunque nadie lo diga en voz alta… aunque el médico haya usado palabras suaves… yo lo entiendo.
La música… puede que ya no me pertenezca.
Estoy a punto de hacer más preguntas, pero entonces la puerta de la habitación se abre y mi ceño se frunce cuando veo entrar a Tomás Ríos, el abogado que está llevando el caso en el que tengo que testificar.
—Abogado ¿Qué hace aquí?
El hombre de cabello de color de la miel y ojos usualmente amables, me mira con una determinación y seriedad que consigue ponerme nerviosa.
—¿Cómo te encuentras, Isabel?
Parpadeo dos veces antes de poder contestar, sintiendo un nudo en la garganta.
—No muy bien, aunque agradezco que no haya sido peor.
Porque Dios, algo me dice que pude no haber salido viva de esta.
Veo al abogado asentir antes de acercarse y sentarse en la silla libre a mi lado, sé, sin que nadie me diga, que lo que sea que vaya a salir de su boca ahora no es bueno y lo confirmo cuándo me dice:
—Isabel, me duele mucho decirte esto, pero lo que te ha pasado no ha sido un accidente.
Sus palabras quedan suspendidas por un momento y yo simplemente lo miro tratando de asimilarlas y cuándo las piezas encajan en mi cabeza magullada, siento como un escalofrío me recorre el cuerpo.
—¿Qué…?
Tomás deja salir un suspiro antes de decir:
—Ha sido un atentado, un intento de hacerte callar para que no testifiques.
Lo escucho, pero es como si mi cerebro se negara a asimilar la magnitud de todo. Veo que Tomás sigue hablando y hablando y yo solo puedo pensar en que alguien quiere matarme.
Y aunque me odio por lo que voy a decir no se que otra cosa hacer.
—Voy a retirarme—digo interrumpiendo y consiguiendo que me mire con los ojos muy abiertos—No testificaré.
Tomás aprieta la quijada y niega antes de decir:
—No puedo obligarte a hacerlo, Isabel. Pero sin ti ese hombre quedará libre para seguir lastimando a más personas.
—Lo sé, pero ahora él quiere lastimarme a mi, abogado.
—Esto no va a volver a pasar—me dice y yo lo miro sin entender, antes de que él agregue:—Voy a ponerte la mejor seguridad que hay en todo el país.
Sus ojos brillan con seriedad.
—La de Dante Volkob.
DanteEl motor de mi Cadillac ruge bajo mis pies, una vibración que se sincroniza con la furia sorda que me golpea el pecho. Cada segundo que pasa es un insulto a mi capacidad de control. El GPS marca que estoy a trescientos metros del complejo de apartamentos donde tengo a la chica.Lleva una semana, solo un como protegida de mi empresa y si hay lgo que Volko Seguridad tiene, es excelencia, sin embargo este caso no ha sido como los demás.Para empezar llevo toda la put4 semana monitoreando a la chica, algo que nunca antes he hecho, pero no puedo evitarlo.Hay algo en inocencia que atrae a mis demonios como una polilla a la luz. No puedo parar.Sin embargo hoy agradezco no haberlo hecho, porque las cámaras que he hackeado de la calle donde tenemos el apartamento fueron las que me hicieron notar los autos sospechosos vigilando y los hombres de Ramirez haciendo la identificación del terreno.No dudé en avisar a mi hombres y salir de la mansión, solo espero que no sea demasiado tarde.—
DanteSi hay algo que no soporto es que no obedezcan. No lo había en lo anterior trabajo y mucho menos lo hago ahora que soy el maldito jefe.Estoy seguro que fui lo suficientemente claro con Tomás cuando le dije que no quería involucrarme de ninguna manera con la testigo.No lo necesito. Mi odio hacia Ramirez es combustible para mi cuerpo, no necesito ver nada más.Pero por alguna razón me encuentro dudando con el dedo en el botón de eliminar en el correo, hasta que finalmente dejo salir una maldición y abro el archivo.Si tiene que ver con esa rata, es mejor saberlo todo, me dijo mientras espero que el archivo cargue y cuando lo hace me encuentro viendo de frente el rostro más inocente que he visto en mi vida, para alguien que no es un niño.Unos ojos grandes cafés y llenos de pestañas me reciben junto como una sonrisa de hoyuelos.La chica no puede tener más de 22 años.Sin darme cuenta me encuentro leyendo toda la información personal.Nombre: Isabel Castaño.Edad: 23 Ocupación:
DanteNo importa cuánto tiempo haya pasado desde que me retiré, mi cuerpo recuerda a la perfección lo que tiene que hacer.Cuándo agacharse, moverse, esquivar… atacar. No lo pienso, cuando veo como mi oponente deja descuidado el costado derecho, me lanzo y encajo mis nudillos en el punto exacto entre sus costillas, escuchando como un grito de dolor sale de su boca.En un segundo mis sentidos se agudizan y mi instinto se activa. No le doy tregua. Lo lanzo al suelo omitiendo sus gritos, y lo aprisiono en una llave. Mis brazos sobre su cuello y entonces empiezo a contar.Cuento mentalmente. Diez segundos para el sueño eterno. Quince para la muerte. Mis demonios están gritando, exigiendo sangre. Mis brazos se aprietan un poco más y escucho como el ruido a mi alrededor se hace mayor.Justo cuando la oscuridad está a punto de reclamar a Luka, alguien tira de mí.—¡Estás fuera! ¡Dante, suéltalo! La voz de Alexei se cuela en mi interior con una rapidez impresionante y siento como disipa
IsabelEl frío de Nueva York me cala los huesos al salir del conservatorio de música.Nuevamente el tiempo se me fue volando mientras ensayaba con el violín. Pero por fin lo he conseguido: una audición con la filarmónica.Es todo por lo que he trabajado.Ahora estoy corriendo con el estuche a la espalda hacia la parada donde la última ruta debe estar por pasar.—¡No voy a llegar!Acelero mis pasos. Una pequeña llovizna empieza a caer sobre mi.¡Maldición!Intento ir más rápido. Llevo meses ahorrando para un auto de segunda mano, pero siempre parece salir alguna cosa más importante: deudas, gastos.El autobús es mi única opción.Solo me falta una cuadra cuadra. Veo el autobús avanzando. Si no llego, estoy pérdida. Mañana debo levantarme muy temprano, tengo una citación en el juzgado para testificar en un caso de agresión. De solo recordar la escena que presencié se me ponen los vellos de punta.Sacudo la cabeza para sacar esas imágenes y corro un poco más rápido, casi puedo ver ya a
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