Mundo ficciónIniciar sesiónCuando desperté, el suelo estaba frío bajo mi mejilla.
El olor a sangre y desinfectante me quemaba la garganta.
Intenté moverme… y el dolor me atravesó el vientre como un cuchillo. Sin mi hijo y con los papeles del divorcio a mis pies.
Cinco años después, finalmente había llegado el día.
Estaba sentada en una cafetería esperando al hombre que me llevaría a esa venganza: el padre de Brian, mi ex suegro.
Intenté que no se notaran mis nervios mientras revolvía el café, expectante por su aparición.
Hasta que un lujoso auto se detuvo frente a mí, al otro lado de la calle.
En el instante en que se abrió la puerta del coche, contuve la respiración.
Era él.
Reconocí ese rostro, lo había visto incontables veces. Pero verlo de cerca me dio un vuelco el corazón.
Era un hombre alto de hombros anchos, con una presencia imponente.
Tenía el pelo y la barba oscuros y abundantes, con algunas canas atractivas que le daban un aire maduro y sensual.
Sus ojos azules eran profundos y enigmáticos.
El traje a medida resaltaba perfectamente sus músculos bien definidos.
Él es realmente un anciano encantador.
Tosí suavemente unas cuantas veces y lo observé que él caminó hacia a la cafetería con un paso firme, con un aire arrogante y prepotente que se sintió en el ambiente.
El hombre no me conocía.
Había decidido abandonar la empresa y su familia en el momento en el que su esposa había fallecido. Pero había regresado, y la cláusula del contrato que le permitía ser el CEO de su compañía lo tenía ahora ahí, frente a mí.
El hombre caminó hasta que se sentó frente a mí y sonrió de medio lado.
—Definitivamente eres una mujer mucho más atractiva de lo que imaginé en un principio —murmuró, con la voz grave pero sincera, lanzando una sonrisa leve y modesta.
Mi cara se sonrojó involuntariamente, pero rápidamente fue eclipsada por el pensamiento de venganza, y lentamente tomé un sorbo de café.
—Buenos días, señor Mauricio —dije con calma y no me dejé intimidar por su actitud imponente.
Extendí mi mano hacia él, hizo una pausa por un segundo y luego, él la tomó.
Al instante siguiente, sus labios fríos rozaron mis nudillos con delicadeza, provocándome un ligero cosquilleo con su barba incipiente.
Retiré la mano disimuladamente, pero sabía en mi interior que probablemente muy pocas personas en el mundo podían mantener la calma en su presencia.
—Es un gusto al fin conocerla, Astrid Ortega —habló, no apartaba su vista azul de mi rostro—. ¿te he comentado que tu apellido… se me hace familiar?
—Sí —Aparté la mirada disimuladamente, tratando de desviar la atención—, me lo comentó en alguno de nuestros correos.
No estamos aquí para hablar de eso hoy.
Vinimos a negociar.
—Creo que quedó en explicarme por qué estaba buscando una esposa por contrato.
El hombre levantó la mano derecha y el mesero le trajo de inmediato una copa de vino.
Me observó como si de verdad estuviera meditando decirme la verdad o no.
—Voy a hacerte un resumen de lo que ya te he comentado en nuestros correos.
Sus dedos rozaron ligeramente el borde del vaso.
Su tono era tranquilo, pero con un control inquebrantable.
—Estuve de viaje unos cuantos años y descuidé un poco la empresa ferroviaria de mi padre. Pero cuando regresé, encontré un caos completo. Mi hijo es un inútil y no pudo mantener la compañía a flote.
Al menos era algo en lo que estábamos de acuerdo: Brian era un inútil.
—Todo el consejo de la junta directiva concluyó que era mejor que yo retomara nuevamente la presidencia de la compañía. Pero mi hijo alegó una cláusula muy importante de nuestros contratos: el presidente de la compañía tiene que estar casado, por lo menos comprometido.
Me sostenía la mirada con sus ojos azules.
—En ese momento, cuando mi hijo me confrontó con eso, mentí. Dije que en mis viajes por Europa había conocido a una mujer y que estaba comprometido. Una mujer encantadora y real —Hizo una breve pausa, una leve sonrisa se dibujó en sus labios—. Y tú… ¿Eres encantadora y real?
Sonreí levemente, sin humildad ni arrogancia.
—Al menos soy real — le dije —Entonces lo que necesita es un matrimonio para poder conservar la presidencia.
—Mi hijo tiene derecho a reclamarla — Su voz se hizo más grave—, Pero jamás permitiré que arruine esta empresa. Entonces, díme, señorita Astrid, ¿vas a ayudarme? Sé que necesitabas el dinero para tu abuelo. Creo que esto ya no tiene que ver sólo con ser actriz, debe convertirse en mi esposa de verdad.
Hice una pausa un instante y luego tomé otro sorbo de café.
Casarme con mi exsuegro y luego, poco a poco, someterlo a mi control.
Sé perfectamente lo que tengo que hacer.
—¿No se preocupa que la diferencia de edad entre nosotros cause innumerables problemas? —Lo miré, con un tono que denotaba cierta curiosidad—. Sinceramente, usted podría ser mi padre.
Él rió suavemente, con una voz magnética y ronca.
—Pero aquí estoy. No es de extrañar que una mujer inteligente como TÚ quiera quedarse a mi lado —Dio un sorbo a su vino tinto, con una mirada fría y decidida —. Y el precio no será poco. El dinero que te doy es suficiente para pagar todas tus deudas.
—Genial —dije, apretando ligeramente los dedos—. ¿Pero esto es todo lo que puedo conseguir?
—Dinero —respondió sin dudar—. Todo lo que quieras, te lo puedo dar.
Pero yo chasqueé la lengua, tratando de disimular los nervios reales por unos fingidos, pero todo se revolvió en mi estómago.
—El dinero no me bastará. Soy pobre y el tratamiento de mi abuelo es muy costoso —Mi tono era tranquilo, pero mis palabras eran claras—. Yo quiero algo más.
Saqué el contrato que había preparado con semanas de antelación con la ayuda de Raúl y lo puse sobre la mesa.
—No solo me bastará con el contrato legal cuando nos casemos. Quiero esto también. Espero que pueda considerarlo —le comenté en un tono bajo.
Abrió el acuerdo de confidencialidad y leyó detenidamente.
Observé fijamente su expresión, intentando captar alguna emoción en sus ojos.
Pero aquel hombre permanecía tan sereno.
Tras un largo rato, finalmente alzó la vista.
Sabía que mis exigencias eran excesivas, pero cuanto mayor era el riesgo, más completa era la venganza.
—Es bastante específico…
—Lo sé —me adelanté para que no se enojara —necesito la seguridad de que no me dejará tirada en medio del trato sin ningún pago.
Tras unos minutos de silencio, extendió los documentos sobre la mesa.
—Eso era lo que necesitaba yo también —dijo —la seguridad de que tú tampoco te va a echar para atrás.
Sacó el bolígrafo de aspecto caro que guardaba en su bolsillo y firmó con destreza.
—Bien, así será —Dejó el bolígrafo, con la mirada penetrante y seria—. Pero este contrato no sólo me afecta a mí; también te afecta. Si rompes la confidencialidad o no te casas conmigo, entonces deberás pagar la multa.
—Eso no pasará —Mis manos temblaron. Estaba tan cerca de la venganza, tan cerca que podía sentirla en la punta de mi lengua—. Entonces, ¿cuándo va a suceder?
—Esta noche —dijo tranquilo —. Esta noche voy a presentarte a mi hijo y a mi familia, y a parte a los accionistas de la empresa. ¿Estás lista, Astrid Ortega?
—Estoy muy lista. ¿Y usted?
El hombre se lamió los labios con el sabor del vino tinto impregnado en ellos lo que le daba un aire a la vez peligroso y seductor.
—Lo estoy.
Pero Brian no sabía lo que le esperaba.







