Mundo ficciónIniciar sesiónBrian me miró aterrado, como si no creyera de verdad que la persona que tenía frente a él era yo.
— Eso nunca va a pasar — soltó.
— Bien — le dije — . Entonces ve a decirle la verdad a tu papá.
Me quedé allí, mirándolo fijamente.
Lo conocía demasiado bien; su ambición lo superaba todo.
No dejaría que las acciones cayeran en mis manos.
Solté un bufido desdeñoso, me di la vuelta y salí del baño sin mirar atrás, dejándolo pateando el suelo.
Sabía que solamente necesitaba darle una buena ojeada al documento, ya que él era abogado, para entender que las repercusiones legales serían devastadoras.
Regresé a la mesa y entrelacé los dedos de mi mano con los de mi prometido.
Cuando Brian regresó a la mesa, pude ver que guardaba las copias que le había dado del contrato en su bolsillo.
Su respiración estaba acelerada, y me deleité con la sensación de verlo sufrir.
Su esposa le apretó el antebrazo en un gesto delicado, le preguntó qué estaba pasando. Pero entonces el hombre se puso de pie y golpeó con su tenedor la copa.
Todos se quedaron en silencio y clavó sus ojos en los míos.
Mauricio intentó ponerse de pie, como si sospechara que su hijo estuviera a punto de arruinar la noche. Pero yo lo apreté con fuerza del brazo.
— Quiero escuchar lo que tiene por decir — dije.
El hombre, humillado, levantó la voz.
— Quiero aprovechar que estamos todos reunidos para darle una bienvenida a Astrid. Me alegra mucho que papá al fin se esté dando una nueva oportunidad.
Para muchos, simplemente parecía un discurso tranquilo. Pero yo lo conocía muy bien. Yo había estado embarazada de él; sabía todo el esfuerzo y la humillación tan terrible que tenía que estar atravesando. Y aquello me hizo sentir que todos esos meses de preparación valieron cada maldito segundo.
Bebí de mi copa de vino y lo amenacé con la mirada. Él sabía que era lo que tenía que decir.
— Espero — titubeó — espero que te sientas bienvenida, y espero poder llamarte pronto… mamá.
La palabra "mamá" en su boca sonó como un escupitajo de veneno. Se sentó pesadamente en la silla.
— ¿Y eso qué fue? — preguntó Mauricio mientras seguía comiendo, disimulando su sorpresa — Qué extraño. Jamás imaginé que mi hijo haría una cosa como esas. De hecho, gran parte de todo esto era para terminar de fastidiarlo.
— Lo fastidiaremos — le dije con seguridad — Ya verás que sí. No te olvides de nuestro trato. Te lo recuerdo, ya no puedes echarte para atrás. Firmaste el papel.
Pero él sonrió con elegancia.
— Claro, no tienes que recordármelo. Pero tal vez deberías recordar que tú también lo firmaste. Tampoco puedes decir ahora que no.
Pero yo estaba muy segura de mi decisión. Aquello era apenas la primera moneda de una enorme alcancía de venganza.
Cuando levanté la mirada, los ojos de la nueva esposa de Brian estaban sobre mí.
No la olvidaba. No olvidé cuando era la amante de mi esposo, cuando no le importó que me ataran y me amordazaran y me encerraran en una habitación hasta que arrancaran a mi hijo de mi vientre.
Todavía está en mis pesadillas el momento en que la mujer tomó el frasco en el que habían dejado los restos de mi hijo y los miró con asco.
Sonreí hacia ella y levanté la copa a modo de brindis. Pero ella me apartó la mirada.
Ambas sabíamos lo que eso significaba: que ella tampoco escaparía de mi venganza. Tampoco iba a descansar hasta que la viera desde arriba, humillada, así como en el momento en que su pie me lanzó al suelo y evitó mi huida.
Iba a arrancarle de su vida la poca satisfacción que tenían en su frustrada existencia.
Ella sería la siguiente.
Pero Mauricio estiró su mano, sujetándome por el mentón y desviando mi mirada hacia él.
— Pero creo que he olvidado descuidadamente contarte algo sobre nuestro trato — dijo con sarcasmo — Eres joven y fuerte. Imagino que no será un inconveniente para ti darme un nuevo heredero.







