143° Donde solo queda uno.
La alarma lo cambió todo.
El sonido era ensordecedor, agudo, constante. Rebotaba contra las paredes de piedra y metal, amplificándose hasta volverse casi insoportable. Durante un segundo pensé que me rompería los tímpanos, que me dejaría sin capacidad de reaccionar, pero no.
Lo que hizo fue otra cosa.
Vació el lugar.
Los guardias comenzaron a moverse.
Rápido.
Desordenado.
Confundido.
Se alejaron de la zona central, siguiendo protocolos que no entendíamos, pero que en ese momento no importaban.